—Oh por Dios, estoy exhausta —dijo y exhaló al acomodarse al lado de Bárbara. —No es para menos —respondió la morena abriendo sus brazos para que se acomodara en su pecho. Ambas quedaron unos instantes suspendidas en el tiempo y sus pensamientos; con el fondo musical sublime e inigualable de Adele, uno de los gustos perfectos que compartían. Había sido una jornada demasiado demandante. —¿Quieres una copa de vino? —propuso a la ojiazul, que aún estaba en resguardo, allí en su lugar preferido. —Sí quiero —Bárbara buscó moverse y ella se lo impidió—, pero más deseo estar así, contigo —suspiró—, ¿te he dicho cuánto amo estar aquí? —dijo acomodándose y acariciando, a su vez, su mejilla en el cuello de la morena; inhaló profundo de su aroma y la apretó más a ella con sus manos en la cintur

