Capítulo seis
Echo
Echo corrió hasta el final del bloque frente a la mansión y se volteó, mordiendo su labio. La mansión estaba tan bien protegida que era casi imperceptible desde la calle, mezclándose con los otros edificios de una forma que desviaba la atención de los transeúntes. Era un hechizo ingenioso, tan bien hecho que Echo no podía verla aun cuando acababa de salir de ella.
Miró el lugar donde debería estar la mansión con algo de culpa, esperando lo inevitable. Rhys salió un minuto después, buscando en todas partes, visiblemente confundido. Echo se había lanzado un hechizo de ocultamiento, uno de los pocos que conocía, y aunque Rhys podía sentir su presencia cerca, no podría encontrarla. Ella lo observó con cuidado mientras él buscaba en la calle, cruzando entre unas mujeres que se detenían en mitad del camino para contemplarlo. Echo no las podía culpar.
Rhys era una montaña de un metro noventa de puro músculo, con cabello castaño corto y barba rojiza perfectamente recortada. Todavía llevaba su equipo táctico n***o, aunque ya se había quitado el pesado chaleco antibalas. La ropa le quedaba ajustada en los lugares adecuados, mostrando su espalda torneada y sus firmes caderas. Echo no le había visto el trasero aún, pero estaba segura de que era tan glorioso como el resto de él.
La mejor parte era que él no intentaba siquiera pestañar al grupo de chicas más jóvenes y delgadas que lo estaban mirando, sin hacer ningún esfuerzo en esconder sus intereses. Rhys era tan simple...
…Y ahora estaba a solo unos metros de ella, gracias a que Echo perdió mucho tiempo babeándose por él. Echo volvió en sí y apresuró el paso, con la culpa golpeándola de nuevo. Probablemente en cuanto se alejase lo suficiente, Rhys daría la vuelta y se iría solo. Habían tenido una especie de conexión, al parecer. La química que Echo había sentido entre ellos fue algo de otro mundo, nada que hubiera sentido antes. De un modo gracioso, le recordó un poco a la forma en que su madre había descrito cómo conoció a su padre años atrás. Amor a primera vista. “Lo miré, él me miro, y solo quisimos tenernos el uno al otro”, explicó la madre de Echo con una sonrisa y rubor en su rostro. En ese momento, la pequeña Echo de cuatro años solo pretendía reírse, aunque sentía mucha curiosidad sobre su misterioso padre.
Alejando la memoria de su madre, Echo se dio cuenta de que necesitaba elegir a dónde iría en lugar de vagar por ahí, convirtiéndose en un blanco fácil para el hombre que la secuestró antes.
Pere Mal, pensó, grabando el nombre en su mente. Le sonaba familiar, aunque no estaba segura de por qué. Un misterio aún más grande era el por qué la quería secuestrar. Ella no estaba relacionada con muchos Kith, mucho menos pasaba el tiempo en su mundo, y había reducido las visitas al mercado a una vez a la semana para comprar hierbas. Incluso se alejó de su camino para ocultar sus malditos poderes psíquicos, bloqueándolos para poder andar con bajo perfil y poder vivir una vida normal.
Suspirando, se dio cuenta de que había entrado en automático, caminando instintivamente a su casa en Mid City. Si este sujeto, Pere Mal, la estaba buscando, su casa y su trabajo serían los primeros lugares donde buscaría. Ella dio media vuelta, evitando también dirigirse a la mansión, por lo que regresó al mercado. Ella había encadenado su bicicleta montañera azul celeste cerca de la entrada que había usado antes, y a donde sea que fuera, no quería ir a pie.
Después de montarse en su bicicleta, se dirigió en dirección opuesta al Barrio Francés, pedaleando hacia la casa de su tía Ella en el vecindario de St. Roch. Ti-Elle, o Madame Ella Orren, quien era conocida y querida por todos, podría tener algunas respuestas para las preguntas de Echo. También tenía muchas posibilidades de encontrarse con una bandeja de las mejores galletas pralinés y tartas de nueces de la ciudad en la cocina de Ti-Elle. Echo miró su reloj y sonrió; eran las cuatro y treinta, hora del postre en casa de su tía.
Ti-Elle no era pariente sanguínea de Echo, pero ella y la madre de Echo habían crecido juntas. Como una rubia salvaje y una tonta morena cuyas familias compartían una casa doble en el Noveno Distrito, Ti-Elle Orren y Cadence Caballero eran inseparables. Ti-Elle había tomado a Echo en su casa después de que sus padres habían fallecido, uno seis meses después del otro, y era la tutora y madre sustituta de Echo desde que tenía seis años. Veinte años después, ella seguía teniendo el primer puesto en la corta lista de familiares y amigos de Echo.
Echo se bajó de su bicicleta en frente de la cabaña caprichosamente decorada de color neón de Ti-Elle. Llevando su bicicleta hacia el pórtico frontal, la encadenó al barandal. Ti-Elle podría ser una leyenda en el vecindario, pero una bici sin atender podría desaparecer rápido, sin necesidad de hechizos de ocultamiento. Echo levantó su mano para tocar la puerta de Ti-Elle, arqueando los labios por el letrero pintado a mano que decía “Nueva Orleans — Orgullosos de nadar a casa”. Una pequeña broma para los locales luego del huracán Katrina, aunque habían pasado diez años desde que la tormenta arrasó con la anterior casa de Ti-Elle. Nada podía derribar a esta mujer, y nada podía alejarla de su querido vecindario tampoco.
Antes de que los puños de Echo tocaran la puerta de aluminio, esta se abrió de golpe. Ti-Elle la miró, con una alegre sonrisa al ver a su querida sobrina.
—¡Chiiiiiiiiiiiicaaaaa! —cacareó Ti-Elle—. Ya era hora de que te aparecieras por mi casa. Seguro oliste las galletas, ¿no?
Echo se echó a reír y abrazó a Ti-Elle, encontrando contagiosa la alegría de su tía.
—Ya lo sabes —dijo Echo, tomando el dialecto familiar de Ti-Elle—. Llevo mucho tiempo sin comer uno de tus delicioso pralinés.
T-Elle la invitó a pasar a la casa, y Echo ensanchó su sonrisa cuando vio que estaba vestida con una tela de arcoiris con una zebra pintada. No solía llevar ropa puesta, sino que se envolvía en telas, y de vez en cuando se enrollaba sus trenzas en una chocante pañoleta, dándole una apariencia algo variada y excéntrica.
Ti-Elle se dirigió al refrigerador, y Echo se sorprendió de que tuviera uno nuevo y enorme de dos puertas. Tal aparato lucía monstruoso en la anticuada cocina, y más grande aún al lado de la pequeña mujer, quien erguida apenas llegaba al metro treinta.
—Ti —dijo Echo, rascándose la nariz—. ¿Qué es eso?
Ti-Elle sacó un cartón de leche, la favorita de Echo cuando era niña, y la puso en la mesa guiñando el ojo.
—No te preocupes. A Ti-Elle le va muy bien con su trabajo, pequeña dama —le dijo Ti-Elle a Echo.
Echo miró el refrigerador y se preguntó cuántas tartas de nueces habían pagado eso. No era que fuera de su incumbencia, pero toda la famila era insaciablemente entrometida.
—Puedo buscar mi propio vaso —dijo Echo a Ti-Elle, quien resopló y empujó a Echo a una silla.
Echo intentó no reír cuando vio que su tía tenía que usar un banquillo para bajar dos vasos del armario.
—Ahora —dijo Ti-Elle, colocando los vasos en la mesa y sentándose al otro lado de Echo—. Vamos al grano. Algo te pasa, chica. Lo puedo ver aquí y ahora.
Ti-Elle agitó su mano hacia ella sobre dos puntos del aura de Echo, dándole una mirada expectante. Antes de que Echo pudiera hablar, la mujer se quedó boquiabierta y se levantó de golpe.
—Olvidé los malditos pralinés, bebé —chilló Ti-Elle mientras sacaba una bandeja de galletas de nueces frescas del horno—. Perdería mi cabeza si no la tuviera pegada.
Echo se echó a reír y aceptó una galleta, gimoteando de felicidad con la primera mordida. La suavidad y textura de las nueces acarameladas se derritió en su lengua, le tomó un buen momento y un gran trago de leche antes de volver al asunto.
—Muy bien. Tengo unas, eh… preguntas sobre Kiths —dijo Echo, fijando sus ojos en su galleta en lugar de mirar a su tía.
Ti-Elle se quedó callada unos segundos, con una sorpresa tan clara como el día.
—Pues claro, bebé. Todo lo que quieras saber, ya me conoces —dijo Ti-Elle una vez que se había recuperado—. Es solo que nunca antes habías querido hablar de eso. Eso es to’o.
Echo mordió su labio, sabiendo que su tía estaba siendo cortés. Nunca había querido escuchar sobre la magia de ningún tipo, hasta el punto de rehusarse a hablar de ello con sus propios padres. Solo en los últimos años fue cuando Echo comenzó a tolerar el tema de sus padres, aun así, solo se limitaba a escuchar, nunca preguntaba.
—Tía Ella, no quiero que te molestes, pero creo que estoy en problemas —confesó Echo, con los hombros caídos—. ¡Y ni siquiera sé qué hice!
La expresión en Ti-Elle se oscureció instantáneamente, y se acercó a tomar la mano de Echo.
—Cuéntamelo to’o —dijo preocupada—. No te guardes na’a, ¿oíste?
Echo asintió e hizo recuento de su día, ocultando solo la intensidad de su atracción hacia Rhys.
—No sé nada de los Guardianes. Ni siquiera pensé que fueran reales. Y juro que no conozco a ningún Pere Mal —concluyó Echo.
Viendo que Ti-Elle iba palideciendo más con cada repetición del nombre, Echo tomó aire y dejó que su tía hiciera sus propias preguntas.
—¿Sigues tomando esa Capa de Bruja y las otras hierbas como te dije? —preguntó Ti-Elle.
—Por lo general, sí. Aunque obviamente no las pude conseguir hoy.
—Me preguntaba por qué veía tanto color sobre ti —dijo Ti-Elle, mirando el aura de Echo una vez más—. Y esto de aquí, este rosado y rojo… es nuevo. Ese chico Rhys debe ser muy especial, ¿eh?
Echo se puso roja, aunque estaba muy grande para avergonzarse por amoríos. Francamente, Ti-Elle era la mejor casamentera en el planeta y la última persona en desalentar a Echo de que pasara tiempo con un hombre apuesto. Aún así, Echo realmente no era capaz de hablar sobre su experiencia temprana con Rhys. Sintió como si no tuviera las palabras adecuadas para explicarlo. Considerando que Echo tenía un título en Literatura Inglesa de la Universidad de Loyola, no tener las palabras adecuadas para lo que fuera era casi inimaginable.
—Sí, él es especial —admitió Echo.
—Bueno, al menos, viniste al lugar indicado. Sabes que guardo este lugar tan bien que ni el diablo podría entrar aquí sin mi permiso —dijo Ti-Elle, cruzándose de brazos—. Sobre este sujeto… el Pere… haré unas llamadas y conseguiré información directa desde Le Marché Gris.
Ti-Elle tenía muy buenos contactos en el Mercado Gris, ya que ella solía rentar un local para vender sus postres y algunos gris-gris especiales cuando conseguía los ingredientes correctos. Aunque Ti-Elle nunca estudió lo suficiente para ser una sacerdotisa vudú por su cuenta, era muy poderosa y estaba profundamente conectada a sus creencias y a la comunidad espiritual.
—Y así, nadie se va a meté’ con mi niña —aseguró Ti-Elle a Echo, palmeando su mano—. Ve a la sala y mira tele un rato, bebé. Déjame hacer unas llamadas.
—Gracias, Ti —dijo Echo.
Ella tomó un praliné más y su vaso de leche, y dejó a su tía haciendo su trabajo. En menos de diez minutos, Echo estaba desplomada sobre el sofá azul de Ti-Elle, con sus ojos pesados listos para una siesta pospraliné. Quizás se hubiera quedado dormida unos minutos, pero cuando Echo se despertó, la televisión seguía sintonizando el mismo programa. Se estiró y bostezó, preguntándose por qué se había despertado. Seguía cansada, y no se sentía lo suficientemente relajada como para querer levantarse.
Escuchó un sonido, un suave rasguño. Frunciendo el ceño, Echo se levantó e intentó quitarse la pereza de encima. Volvió a escuchar ese sonido, como si una rama rozara contra la puerta de aluminio. Pero solo la puerta frontal estaba abierta, la rejilla metálica que alejaba a los bichos. Eso, además del hecho que no había árboles en el patio frontal de Ti-Elle.
El pulso de Echo se elevó mientras se levantaba y se asomaba por la rejilla. Una figura oscura apareció en la entrada, haciéndola saltar, ahogando un grito y colocando su mano sobre su pecho.Un momento despues, la figura se giró a ella, y Echo suspiró de alivio.
—¡Antoine! ¡Casi me matas del susto! —regañó Echo a su sobrino. Alto, apuesto y de piel clara, Antoine era la representación perfecta de todo hombre en la familia de Ti-Elle. El sobrino de Ti-Elle desheredado dos veces, Antoine, no solía estar en su casa mucho, pero Echo estaba contenta de verlo.
Él se mantuvo de pie en el pórtico y la miró por un largo rato, Echo se preguntó si Antoine había vuelto a fumar hierba de nuevo. Su usualmente amplia sonrisa y actitud simple se habían ido, dejando algo que a Echo no le gustaba mucho.
—¿Vas a entrar o no? —preguntó Echo, dándole una mirada escéptica.
—Entrar —repitió de vuelta—. Sí, sí.
Él tiró de la rejilla metálica y se arrastró cojeando, con un movimiento tan poco familiar que Echo dio unos pasos atrás. ¿Le había pasado algo a Antoine desde la última vez que lo había visto? ¿Algún terrible accidente, quizás? Obviamente, estaba fuera de sí.
—Antoine, ¿estás bien? —preguntó, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón.
—Sí, sí —dijo. Sus ojos chocolate se veían más brillantes mientras se acercaba más, y Echo empezó a sentir que algo no andaba bien.
—¿Ti-Elle? —llamó Echo por encima de su hombro—. Ti, ¿podrías venir?
Antoine se congeló, su expresión cambió a una de furia salida de caricatura.
—Sin Ti-Elle —siseó Antoine, con un tono de voz raro y disonante—. Lo lamentarás, bruja.
—¿Qué demonios, Antoine? —dijo Echo, luciendo más asustada con cada segundo.
Antoine se giró y empujó la rejilla de nuevo. Su boca se abrió para dar un grito, pero no hizo ningún sonido. En su lugar, una ráfaga de niebla roja salió de su boca, serpenteando y dispersándose en el aire. Echo se sobresaltó mientras veía cómo la niebla roja activaba los hechizos de protección en la casa, trazando las líneas de cada runa y amuleto. La niebla roja quemó los hechizos, disparando chispas brillantes y humo mientras destruía todas las manualidades de Ti-Elle.
—Oh, mierda —dijo Echo, girando y corriendo a la cocina—. ¡Ti-Elle!
Cuando llegó a la cocina, ya era tarde. Un hombre con traje de aspecto familiar estaba arrastrando el cuerpo inconsciente de Ti-Elle por la puerta trasera. Echo gritó, dándose cuenta de que había traído a sus atacantes hacia su propia familia. Corrió tras Ti-Elle, esperando que no hubiera firmado aún su testamento.