Un ruido en la ventana me asustó una vez más. Dios, ¿Qué hice para merecer esto? Vi la hora. 3:30. Genial. Debe ser el viento me dije a mi misma. Pero no, el ruido seguía, como si alguien estuviera lanzando piedrecillas a la ventana. Levanté la vista y evidentemente de eso se trataba. Muy fastidiada me puse de pie, creí que ya le había dejado claro a Nicolás que no lo quería volver a ver.
—¡Que te largues de mi vida! —grité y me sorprendí al verlo ahí con la cara llena de confusión —¿Noah?
—Bueno solo te quería pedir un favor, pero creo que no andas de humor. Mi error, creo que las 3:30 no son la mejor hora para tocar ventanas.
—¿Qué se te ofrece? —resoplé.
—¿Puedo subir? Es algo incomodo conversar gritando y tengo que cuidar la voz.
Asentí. Debí haber tomado una de las pastillas para dormir de mamá y nada de esto habría pasado. Vi como Noah trepaba hacia mi ventana, la sencillez con la que lo hacía era increible… me preguntaba si alguna vez habría hecho parkour o alguna de esas cosas.