CONTINENTE FERALIS
En la aldea del Bosque Rojo, la vida seguía su curso… al menos en apariencia.
Kalen continuaba con los entrenamientos sin descanso. Día tras día, nuevos guerreros llegaban desde las manadas aliadas, y cada jornada partían grupos hacia los diferentes campamentos ubicados en puntos estratégicos. Las filas de entrenamiento nunca estaban vacías.
El alfa carmesí apenas dormía. Su cuerpo aguantaba, pero su mente estaba en alerta constante. Su instinto le decía que la guerra se acercaba... y no se equivocaba.
Los días eran extrañamente tranquilos. Las madres cocinaban, los niños jugaban, los ancianos compartían historias junto a las hogueras. Pero algo flotaba en el aire.
Los pájaros cantaban menos. Los lobos no aullaban por las noches.
Y el viento susurraba advertencias entre las ramas.
El peligro ya estaba allí.
Ocultos entre los recién llegados, había aquellos que no pertenecían.
Un guerrero de mirada demasiado esquiva. Otro que no soltaba nunca su mochila. Algunos evitaban la mirada de Kalen, otros no compartían el alimento.
Espías del continente de Loren.
Callados. Camuflados.
Escribiendo informes en la oscuridad.
Midieron sus fuerzas, contaron los guerreros, analizaron las defensas.
Desde el silencio… ya preparaban la caída.
CONTINENTE DE LOREN
En la sala de guerra del Rey n***o, las antorchas parpadeaban, proyectando sombras siniestras sobre los rostros de sus consejeros. El ambiente olía a humo, ceniza y sangre seca. La tensión era palpable.
Un informante se arrodilló frente al trono de obsidiana.
—¡Señor! —informó, con voz firme—. El continente Feralis es primitivo. Apenas usan magia, dependen de su fuerza física y sus tradiciones. Tienen muchos recursos: madera, metales, agua limpia… Son territoriales, pero desorganizados. Si actuamos rápido, tendremos ventaja.
El Rey n***o sonrió, mostrando unos dientes afilados como cuchillas.
—Excelente… —su voz era como una serpiente que se arrastraba entre los escombros—. Es momento de iniciar la invasión.
—Como ordene, señor —asintió el informante, antes de desaparecer entre las sombras.
En lo alto, entre las vigas del salón, Ania observaba y escuchaba. Oculta, con el corazón martillando en el pecho, sabía que no había tiempo que perder. Su alma ardía con la promesa de venganza y su deber hacia el mundo que aún podía salvar.
Feralis estaba en peligro.
Cuando los soldados comenzaron a movilizarse, Ania descendió en silencio y se infiltró entre las provisiones. Aprovechó el caos del embarque y subió a uno de los navíos enemigos que partirían al amanecer desde la costa oeste. Oculta entre cajas y barriles, contuvo la respiración mientras el barco zarpaba.
Las aguas del mar rugían bajo el casco. El cielo era oscuro, sin luna.
Ella sabía que iba directo al corazón de lo desconocido…
Pero también sabía que no estaba sola. Llevaba consigo el recuerdo de Kail, su amor caído, y una promesa grabada en el alma:
“No dejaré que el Rey n***o conquiste otra tierra. No permitiré que nadie más sufra lo que nosotros. Kail… te lo juro.”
Mientras el navío avanzaba hacia Feralis, Ania apretó los puños y cerró los ojos.
La guerra estaba en marcha.
Y ella iba directo al encuentro con el destino.
CONTINENTE FERALIS
Una vez llegó a Feralis, Ania abandonó el navío bajo la cobertura de la noche y se internó en el bosque. Llevaba consigo mapas del continente, aunque no estaba segura de su precisión. Caminó durante dos semanas, avanzando entre montañas, ríos y senderos poco marcados. El cansancio comenzaba a hacer mella en su cuerpo.
Finalmente, encontró refugio entre las ramas frondosas de un roble enorme. Allí improvisó un escondite entre la hojarasca, protegida por la sombra y el silencio del bosque.
Esa misma noche, Kalen patrullaba los alrededores de la aldea. Un aroma desconocido lo golpeó de repente: dulce, suave, totalmente ajeno a su territorio.
Frunció el ceño.
Silencioso como un depredador experimentado, siguió el rastro. Su entrenamiento le permitía moverse entre los árboles sin hacer el más mínimo ruido. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se agazapó entre los arbustos y observó.
Ahí, entre hojas y raíces, dormía una figura acurrucada: una omega. Hermosa, extraña… y peligrosa.
—Identifícate, omega —ordenó con voz grave y autoritaria.
Ania se estremeció. Abrió los ojos de golpe, incorporándose lentamente. No mostró miedo, pero sí cautela. Reconoció de inmediato que el aroma del alfa frente a ella no era de Loren.
—Me llamo Ania. Vengo en paz, desde el continente de Loren. Traigo un mensaje urgente para los líderes de Feralis —respondó con voz firme, aunque cansada.
Kalen la observó en silencio, midiendo cada detalle.
Era pequeña, de estatura baja, con un largo cabello blanco que brillaba bajo la luna. Sus ojos esmeraldas contrastaban con su piel nívea, marcada por una cicatriz vertical en el ojo izquierdo. Su colmillo derecho estaba roto, y su vestimenta era completamente ajena a cualquier manada conocida: un top blanco de cuello alto con una armadura liviana sobre el pecho izquierdo, hombrera, brazales, abdomen expuesto, una falda plisada azul hasta medio muslo, espinilleras, botas, una alforja en la cadera… y estaba armada.
Una espada, un arco, flechas… y un guante con una piedra esmeralda incrustada en el dorso de su mano izquierda.
Peligrosamente equipada para ser una omega.
—¿Un mensaje, eh? —dijo Kalen, con suspicacia—. ¿Y cómo sé que no eres una espía?
—Si fuera una espía, ya sería demasiado tarde para ustedes, alfa —respondó Ania, sin inmutarse—. Los espías de Loren ya están en estas tierras. El Rey n***o ha comenzado su expansión. Yo llegué con el primer navío. No tardarán en atacar.
Kalen frunció el ceño. Caminó hacia ella con pasos lentos, dominantes.
—Más te vale que no me estés mintiendo, omega. En estas tierras, las omegas no tienen derecho a desafiar a los alfas, mucho menos a andar sin cuidador… y aún menos, a portar armas —extendió la mano—. Entrégalas. Vas a venir conmigo. Los ancianos decidirán qué hacer contigo.
Ania lo miró a los ojos por un instante. Luego, con calma, desenvainó su espada, entregó su arco y flechas, y dejó que Kalen tomara su guante.
Sin una palabra más, comenzó a caminar junto a él.
—Por cierto —añadió Kalen, mientras avanzaban por el bosque—, me llamo Kalen. Soy el jefe de cazadores de mi aldea. Y debo admitir que es raro ver a una omega tan… peculiar por estos lugares.
Ania lo miró de reojo. Era imponente, de al menos 1.90 m de estatura, con cabello largo y rojo carmesí, al igual que sus ojos. Llevaba un yukata n***o con detalles rojos, abierto en el pecho, dejando ver su musculatura marcada. Cada paso que daba parecía resonar con autoridad.
Nunca había visto un alfa tan...
Sacudió la cabeza, alejando el pensamiento.
Kalen sonrió con arrogancia.
—¿Te gusta lo que ves, omega?
Ania desvió la mirada sin responder.
Cuando llegaron a la aldea, varias personas los observaron. Algunas omegas cuchicheaban, otras miraban a Ania con curiosidad… o celos.
—No hagas caso de las miradas —dijo Kalen—. Solo están intrigados. Igual que yo. Ya casi llegamos. Escucha bien: más te vale decir la verdad. No nos gustan las mentiras. Y muestra respeto por nuestro líder Roem.
Entraron a la cabaña del jefe Roem.
—Roem —anunció Kalen—, encontré a esta omega. Dice ser de Loren. Asegura tener un mensaje importante para los líderes del continente. Vamos, omega. Muestra respeto y habla.
Ania dio un paso al frente.
—He venido desde Loren. El Rey n***o ha enviado navíos para conquistar Feralis. Planea reclutar o eliminar a todo aquel que se le oponga.
Roem, sentado tras su escritorio, la miró con expresión severa.
—¿Y cómo podemos saber que dices la verdad, y no eres una infiltrada enviada para confundirnos?
—Desgraciadamente… solo tengo mi palabra —respondió Ania, con firmeza.
Kalen la miró con desconfianza.
—Tu palabra no vale mucho aquí, omega. Podrías estar mintiendo para que bajemos la guardia.
—Entonces vayan ustedes mismos. Los navíos desembarcaron en la costa este. Vayan y compruébenlo. Pueden dejarme encerrada donde quieran, como garantía de que no miento —ofreció ella.
Roem cruzó los brazos, pensativo.
—Mandaremos un equipo de rastreo a la zona que mencionas. Incrementaremos la seguridad del territorio. Y, si es cierto lo que dices, convocaremos a los líderes de las demás manadas.
Se giró hacia Kalen.
—Encárgate tú del rastreo. La omega permanecerá en una de las celdas mientras tanto.
—Entendido, jefe —asintió Kalen—. Me encargaré personalmente de verificarlo.
Kalen escoltó a Ania hasta una celda de piedra en los límites del cuartel. Dio instrucciones claras a los guardias.
—No le quiten la vista de encima. Si hace algo extraño, me lo informan de inmediato.
Antes de irse, Kalen la miró una última vez.
—Espero, por tu bien, que estés diciendo la verdad.
Ania lo miró sin temor, mientras la reja se cerraba con un golpe sordo.
La celda estaba construida dentro de una cueva húmeda y oscura. El agua goteaba desde el techo, marcando un ritmo lento y constante. Apenas entraba luz, salvo un tenue haz que se filtraba desde la entrada lejana. En el suelo, unas pieles servían como improvisado camastro.
Ania se sentó contra la fría piedra, cerrando los ojos. Su mente regresó a Kail, a su calidez, a su promesa.
—Te juro que no dejaré que el Rey n***o cumpla sus planes… No importa si debo hacerlo sola. Por ti. Por tu recuerdo.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, silenciosas. Pero su determinación no vacilaba. No fallaría.
Antes de partir, Roem se reunió con Kalen.
—Kalen, sé prudente —le advirtió el jefe—. Creo que la información puede ser verídica. Como hemos hablado antes, Loren ha estado en guerra durante años, y por eso intensificamos la seguridad. Pero aún así, no podemos confiar del todo en lo que diga la omega. Verifica, no te arriesgues.
—No se preocupe, jefe —respondó Kalen—. Seré precavido. Nadie sabrá que estuvimos allí.
Con eso, partió con su grupo de guerreros.
El viaje tomó dos semanas. El camino fue extrañamente tranquilo, demasiado silencioso para el gusto de Kalen. Pero cuando finalmente llegaron a la playa del este, sus sospechas se confirmaron.
Allí estaban. Los navíos de Loren, anclados en la costa, y un improvisado campamento enemigo alzándose entre las rocas.
Desde un risco, Kalen divisó la escena: tres enormes navíos oscuros con velas negras ondeando apenas con la brisa. En la playa, una veintena de soldados trabajaban descargando cajas, armando estructuras, levantando carpas con símbolos extraños bordados en rojo. El aire olía a sal, a cuero, y a algo más oscuro... magia.
—Quédense aquí —ordenó Kalen en voz baja a sus hombres, usando gestos precisos de mano—. Voy a acercarme.
Se deslizó entre los matorrales como un lobo entrenado. Su respiración era controlada, su mirada fija. Avanzó agachado, con movimientos felinos. Llegó a pocos metros de una de las tiendas. Dos hombres charlaban en una lengua desconocida, probablemente el idioma natal de Loren.
Cuando se alejaron, Kalen entró rápidamente. El interior estaba iluminado con una piedra flotante que emitía luz roja. Sobre la mesa, mapas extendidos, marcados con precisión: puntos clave del continente, ubicaciones de manadas, rutas de acceso, zonas ricas en recursos.
Y pergaminos. Escritos en una lengua extraña. Algunos parecían moverse al mirarlos por demasiado tiempo.
Kalen tragó saliva. Por primera vez en mucho tiempo, sintió un escalofrío.
—Ania tenía razón… —murmuró.
Tomó los documentos, salió sin ser visto y regresó con sus hombres.
—Tenemos lo que necesitamos. Regresamos. Ahora.
El viaje de regreso fue silencioso. Demasiado silencioso.
Los guerreros marchaban con el ceño fruncido. Nadie hablaba. Todos sabían lo mismo: la guerra estaba aquí.
Kalen, al frente, no podía quitarse a Ania de la mente. Ella había dicho la verdad. Cada palabra. Cada advertencia. Y había arriesgado su vida para advertirles. Eso lo dejaba intranquilo. Confundido.
Cuando divisaron las torres de humo de la aldea, Kalen sintió un nudo en el estómago. No por miedo. Sino por la urgencia de actuar.