Mientras tanto, en una región más boscosa al sur de Corino, Maki y Fyodor avanzaban con pasos calculados por un sendero cubierto de raíces nudosas y hojas húmedas. El aire estaba saturado de humedad, espeso como la seda mojada, cargado con el aroma embriagante de flores salvajes, resina y algo más... algo antiguo. Cada pisada parecía alertar a los árboles, cuyas ramas se entrelazaban arriba como si quisieran impedir el paso de la luz del sol. Las sombras danzaban entre los troncos, como si el bosque mismo tuviera ojos. —Esto es demasiado silencioso —susurró Fyodor, tensando la mandíbula, con una mano firme sobre la empuñadura de su espada. Su respiración era lenta, pero su cuerpo estaba alerta. —Demasiado... —replicó Maki en el mismo tono, con los ojos entrecerrados. Sus sentidos estaban

