El amanecer comenzaba a teñir el cielo con tonos naranjas y dorados mientras Ania y Kalen regresaban al campamento. Caminaban despacio, tomados de la mano, en un silencio que no pedía palabras. Sus pasos eran livianos, pero sus almas vibraban, aún entrelazadas por la intensidad de la noche anterior. Cuando cruzaron entre los primeros árboles y comenzaron a divisar las velas de los barcos y el humo de las fogatas que aún humeaban débilmente, Kalen apretó suavemente los dedos de Ania. Ella le sonrió, con ese brillo en los ojos que solo se da cuando dos corazones laten al mismo ritmo. Al llegar con los demás, no fue necesario decir nada. El aroma mezclado de ambos hablaba por sí solo. Era una marca invisible para los humanos, pero poderosa entre los suyos. La marca de un lazo, de una unión

