Capítulo 3: Cada vez me gusta más

1997 Palabras
Narra Tomás Era temprano en la mañana cuando recibí un mensaje de Ayelen. Me despertó el sonido de mi celular y vi que era ella. - Hola, Pan, me preguntaba si querías ir a la biblioteca conmigo - decía el mensaje. No pude evitar sonreír al leerlo. Cada vez me gustaba más esta chica, así que respondí de inmediato. “¡Hola, chica mermelada! Me encantaría ir contigo. Pasaré por ti a las 7:30 am” le escribí. No pasó ni un segundo antes de que me respondiera. “¡Genial! Te espero. Beso.” Me sentí emocionado mientras me preparaba para salir. Sabía que pasaría un buen rato con Ayelen y estaba ansioso por verla de nuevo. Narra Ayelen Después de desayunar con mi papá, corrí a mi habitación para arreglarme. Estaba emocionada por mi cita con Tomás. Cuando llegó la hora, lo vi llegar con un hermoso ramo de rosas. - Buenos días, hermosa, - dijo mientras me besaba en los labios. - Buenos días, - respondí sonriendo. Me entregó el ramo de flores y le agradecí. Eran hermosas. - Puse las flores en un florero, lo dejé en la mesa y nos fuimos a la biblioteca más grande de Nueva York - ¡Wow! Cuántos libros, - exclamé asombrada. - Es la mejor biblioteca de la ciudad, la más grande, - dijo Tomás mientras me miraba a los ojos. Me acerqué al estante y vi un libro que me encantó. Era el último libro de F. Scott Fitzgerald y lo tomé. - ¿Te gustaría leer este libro conmigo? - pregunté sonriendo. - Me encanta… es un buen libro el que elegiste, - respondió Tomás. - Lo sé… es mi favorito, y también era el de mi madre, - dije con nostalgia. - Tu madre… nunca me hablaste de ella, - comentó Tomás. - Mi madre… falleció cuando yo tenía 2 años, - dije bajando la mirada con tristeza. - Lo siento mucho… no debí preguntar, - dijo Tomás apenado. - No pasa nada… leamos el libro, - respondí tratando de cambiar de tema. - Claro, vamos, - dijo Tomás. Después fuimos a sentarnos a una mesa de la Biblioteca... Y allí estuvimos, leyendo el libro y compartiendo ideas. Cada día me gustaba más estar con Tomás. No podía creer todo lo que teníamos en común. Era como si estuviéramos destinados a estar juntos. Narra Tomás Me sentí muy mal cuando Ayelen me contó que su mamá había fallecido. No sabía cómo reaccionar, pero traté de ser comprensivo y apoyarla en todo lo que pudiera. Después, cuando nos sentamos para leer el libro, no podía dejar de admirarla. Ayelen era tan inteligente y sencilla a la vez. Me encantaba su forma de hablar de cualquier tema, y nunca había conocido a una chica como ella. Era tan adulta, pero a la vez tan inocente. Estuvimos leyendo durante cinco horas, inmersos en el libro. Cuando terminamos, salimos de la biblioteca. - ¿Y ahora? ¿A dónde vamos? - preguntó Ayelen con una voz tan dulce que me provocó besarla. - Ven, quiero que conozcas un lugar - le dije con una sonrisa. - ¿Qué lugar? - preguntó curiosa. - Ya lo verás - dije misteriosamente y nos fuimos. Después de un trayecto silencioso, nos comunicábamos solo con nuestras miradas. Finalmente llegamos. - Llegamos - dije sonriendo. - Llegamos - repitió ella mirando el edificio. La llevé adentro. - Bienvenida a mi departamento - le dije. Ella se quedó mirando todo en silencio y después dijo: - Es muy lindo. Narra Ayelen Me quedé pensando por un momento. ¿Por qué me trajo a su departamento? Pero a la vez, no pude evitar sonreír. Sentí que Tomás había tenido la confianza de mostrarme donde vivía. Él me mostró cada rincón de su departamento y después volvimos a la sala. Yo no paraba de sonreír y sin pensarlo dos veces, lo besé sorpresivamente. Ambos caímos en el sillón. Pasamos horas viendo películas y riéndonos hasta que vi mi reloj y me di cuenta de que ya era tarde. - Me tengo que ir - dije sin ganas de irme. - No quiero que te vayas - dijo Tomás haciendo pucheros. - Yo tampoco quiero irme, pero... - Tu papá debe estar por llegar - dijo, interrumpiéndome - Lo sé. Lo besé y él me correspondió. - ¿Qué me pasa contigo? - pregunté, mirándolo a los ojos - ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ti? - No lo sé... pero te entiendo, porque yo tampoco dejo de pensar en ti - respondió Tomás. Me besó y yo le correspondí. Después me llevó y me dejó en la puerta de mi casa. - Gracias por traerme - dije besándolo - Nos vemos mañana, a menos que ya te hayas aburrido de mí - dije jugando con mi cabello. - Jamás me aburriría de ti - dijo Tomás acariciando mi cabello - Conocerte fue lo mejor que me pudo pasar. Lo besé otra vez. - Sabes, nunca disfruté tanto cruzar el semáforo en verde... Si no lo hubiera hecho, no te habría conocido - dije sonriendo. - Definitivamente, ese fue el mejor accidente de mi vida - respondió Tomás con una sonrisa. Nos despedimos y yo bajé del auto. Al entrar, fui a la cocina y mi papá estaba terminando de cocinar. - Ayelen, ¿dónde estabas? - preguntó preocupado - Mira qué hora es - dijo señalando el reloj - Te llamé y no contestabas. Me quedé pensando en mi respuesta por un momento y solo se me ocurrió decir: - Perdón papá, esta ciudad es muy hermosa y me dejé llevar. Se me pasó la hora. - Está bien, pero que no vuelva a pasar. - Sí, te lo prometo. No volverá a pasar. - Vamos a cenar. - Vamos - repetí. Durante la cena, mi papá me hablaba de su trabajo, pero yo no podía prestar atención. Solo lograba pensar en una persona: Tomás. Al dia siguiente Pasamos una linda tarde. Fuimos al museo, después al zoológico y por último al cine. Finalmente, fuimos a caminar por el parque. Estábamos caminando por el parque, tomados de la mano. Todo era perfecto. Sentía mariposas en el estómago y corazones en los ojos. Pero de repente, me quedé pensando. Tomás me gusta, no solo para unos besos. Me gustaría tener la dicha de llamarlo mi novio y la satisfacción de que me llame su novia. Me pregunté si sentirá lo mismo por mí. - Tomás... ¿Te puedo hacer una pregunta? - dije nerviosa. - Lo que quieras, hermosa - respondió Tomás, llevando mi mano a su boca para besarla. - Pues mira... -comencé a tartamudear- Tú me gustas, pero no solo para... -me quedé callada de los nervios. - ¿Besarnos? - interrumpió Tomás, como si supiera lo que iba a decir, como si leyera mis pensamientos. - Sí... Por eso te quiero preguntar - dije, bajando la mirada- ¿Qué somos tú y yo? ¿Cuál es el estado de nuestra relación? Tomas comenzó a reír y eso me desconcertó. - ¿Dije algo gracioso? - pregunté con una sonrisa nerviosa - No, no es eso, me río porque no puedo creer que no lo he hecho - respondío Tomas, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo. - ¿Hacer qué? - pregunté, con una expresión de curiosidad en mi rostro. - Hacerlo oficial, desde el primer día que quiero hacerlo y por una u otra razón no lo he hecho... Sé mi novia, oficialmente mi novia... Di que sí porque yo me muero porque me llames novio - dijo, sintiendo como mi corazón latía con fuerza. sonrei ampliamente y le tome de las manos. - Claro que sí, Me encantaría ser tu novia - dije, con una mirada llena de amor y ternura. No pude evitar sonreír y sentir una gran felicidad. Finalmente, habíamos dado el siguiente paso en nuestra relación. - Te amo Tomás - dije, sin poder contener mis sentimientos. - Esperé mucho para que un "te amo" saliera de tu boca, yo también te amo mi amor - respondió él, acercándose a mí para darme dulces besos. Luego de pasar un día perfecto juntos, llegamos al final del recorrido y Tomás me llevó a mi casa. Al llegar, me fui directo a mi habitación, me bañé y me puse un pijama. Me dejé caer en mi cama como toda una chica enamorada, suspirando y pensando en Tomás. Y sin darme cuenta llegó el día de mi primer día de clases en el instituto. Esperaba que fuera un buen lunes. Llegué a las puertas del instituto y todo era bello, pero si no estaba con mis amigas no era lo mismo. Al parecer, la escuela no tenía uniforme propio. lo único bueno que tuvo esta mudanza fue que conocí al chico más maravilloso: Tomás. Aunque nunca le pregunté qué carrera estudiaba, es mayor que yo así que doy por hecho que estudia en la universidad. Las horas iban pasando, ya tuve clases de Literatura, Inglés, Ciencias y Física. Solo me faltaba una clase para terminar el día: Matemáticas. Estábamos en el receso y yo me quedé adentro del aula leyendo un libro, cuando una chica rubia y una chica morocha se acercaron a mí - Hola, soy Tamara Cuesta, presidenta de la clase. Un gusto conocerte, - dijo Tamara con una sonrisa radiante. - Yo soy Tania San Martín. Es un gran gusto ser tu compañera, - dijo la chica animada. - Soy Ayelen Valencia, - dije sonriendo. - El gusto es mío. Después de presentarnos, ellos me acompañaron a la cafetería y comenzamos a hablar de la última clase que nos tocaba: Matemáticas. No entendía por qué hablaban tanto del profesor, como si fuera alguien especial. Los tres emprendimos el camino hacia el aula, y yo empecé a imaginarme cómo sería el dichoso profesor. "¿Qué tendrá de especial? ¿Rondará los cuarenta? Si las chicas piensan que es sexy, debe ser joven, ¿no? ¿Será un maestro estricto? ¿O quizás sea de esos maestros permisivos con sus alumnos? Odiaría que sea de esos profesores silenciosos que dejan tareas como si su vida dependiera de ellas, esos profesores que no explican nada y solo te mandan a investigar". No dejaba de pensar en qué estaría haciendo Tomás en ese momento. Me ha contado que trabaja, pero nunca me dijo en qué. Yo le dije que estudio, pero nunca le pude decir que estoy en mi anteúltimo año de preparatoria. No me juzguen, es que cuando estoy con él, lo que menos quiero es hablar de la escuela. Solo quiero estar con él y besarlo, besarlo y besarlo. Estaba caminando por los pasillos de la escuela sumergida en mis pensamientos a paso lento. Las dos chicas que venían conmigo ya se habían adelantado y las vi entrar al aula antes que yo. Al llegar a la entrada del aula, vi a un muchacho joven que estaba de espaldas. No sé por qué, pero aunque no le veía el rostro, se me hizo familiar. Sentí algo en mi pecho, como si mi corazón latiera con fuerza. ¿Por qué? ¿Quién será este muchacho? Él estaba hablando con dos jóvenes que parecían ser del equipo de fútbol. Los saludó y se giró para entrar a clases, pero al intentar entrar los dos al mismo tiempo, chocamos y todos mis libros se cayeron al suelo. Rápidamente, sin mirarlo bien, me agaché para recoger mis libros y él hizo lo mismo para ayudarme. - Disculpe, señorita - dijo apenado. Su voz me resultó familiar. - No hay problema... yo también estaba distraída - dije mientras recogía mis libros. Cuando fui a tomar el último libro, nuestras manos se chocaron y cuando levanté la mirada, quedé sorprendida al verlo. Noté la sorpresa en su mirada al verme. - ¿Tomas? ¿Ayelen? - dijimos los dos al mismo tiempo.
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