–Esto es ridículo –mencioné. –Lo sé. –Ni siquiera era para tanto. –Lo sé. –Si sabes todo eso porque lo aceptaste. Robert sonrió antes de contestar. –Me pagaron ochenta mil por eso. Rodé los ojos con fastidio, a veces no entiendo a los abogados y su interés extremo por el dinero. –Mejor me voy. Dejé la carpeta sobre la mesa para tomar mi bolsa. –Aún es temprano –indicó viendo la hora. Si conociera bien a Robert hasta diría que casi me pide que me quede. –Tengo que pasar con Barry, me escribió ayer. –¿Y cuándo será el juicio? ¿Me dejaras ir a verlo? Si supiera que no habrá juicio. –Lo voy a pensar –me burlé –. Nos vemos, Robert. Creo que se desconcertó porque está vez fui yo quién se levantó primero para caminar hacia las escaleras. –¿Quieres ir a la casa mañana? –escuché su

