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El guapo asesino

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venganza
independiente
decisivo
drama
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pesado
misterio
ciudad
novela policiaca
crimen
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Descripción

El agente judicial, Samuel Ugalde, debe enfrentarse a un sádico criminal que está eliminando a las mujeres de la vida galante, no sólo se enfrenta a una mente cruel y despiadada, sino que además debe aguantar los insultos y las descalificaciones del reportero del diario “Claridades”, Manuel Márquez, un sagaz periodista que de manera oportuna sigue los pasos del investigador.

No obstante, la capacidad del agente y los recursos que emplea para capturarlo, no avanza mucho en la investigación y es entonces, cuando el asesino hace una jugada que nadie se espera, mata a una de las agentes comisionadas en el caso.

La tensión aumenta llevando a Manuel y a Samuel, a enfrentarse a golpes, una lucha de titanes que se resuelve de la peor manera para todos y la situación empeora.

Gabriel, el novio de la agente asesinada, es perito y descubre la identidad del asesino, sólo que lejos de reportarlo a sus superiores, decide tomar cartas en el asunto y de esa manera vengar la muerte de la mujer que amaba.

Decidido a todo, va por el asesino y lo enfrenta…

Historias llenas de suspenso, cargadas de emociones que conmueven, personajes que luchan desesperadamente por tener la razón en la historia.

Un drama que no puedes dejar de leer, una novela que te lleva por los caminos escabrosos del submundo de la prostitución, donde se revela que la llamada “vida fácil”, tiene de todo, menos facilidad.

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Capítulo I “El Chalequero”
En el mundo entero, existieron, existen y siempre existirán, personajes que padecen de alguna enfermedad mental, alguna tara o simplemente la vida y las circunstancias los han ido llevando a transformar la morbosa fantasía de sus cerebros, en una cruel realidad que ha llenado de horror a la ciudadanía en general, aunque en especial, a las mujeres que, por lo general, resultan ser sus víctimas. Mi contacto con estos infames criminales, ha sido constante a lo largo del tiempo, ya que me ha tocado descubrir gran parte de sus historias, y sus atrocidades, he tenido que vivir, desde el descubrimiento de un cadáver, las investigaciones de lo que se va descubriendo durante las indagatorias, y créanme, a medida que se avanza, menos se puede creer en lo que ocultan esos entes malignos que tienen un compulsivo instinto de matar y sumar cuerpos. Es doloroso ir encontrando al paso de la investigación, restos de mujeres sepultadas clandestinamente, cadáveres, violados, descuartizados o eviscerados, incinerados, mutilados, en fin, toda la degradación que se puedan imaginar, de lo que un ser humano es capaz de hacerle a otro. En México, todo comienza en un mes de abril de 1888, cuando nuestra gran ciudad era conocida como “la ciudad de los palacios”, la historia da principio en una carnicería, instalada en lo que ahora es la avenida del río Consulado, cuando las calles aún no estaban pavimentadas, y el río fluía en todo su caudal, la pobreza era extrema, las necesidades agobiantes y la personas luchaban por sobrevivir, en una batalla manera desesperada, lo que provocaba hacinamientos y perdida de la moral. Bueno, pues nuestro personaje, de nombre Francisco Guerrero, con apenas 19 años, de edad, alto, delgado, de aspecto común y corriente, había sido contratado como “morrongo”, o lo que es lo mismo, ayudante de carnicero, lo cual le alegró mucho, pues no sólo tendría carne para poder llevar a su casa y alimentar a su madre y a sus hermanas, con las que aún vivía, sino que además ganaría unos buenos pesos por el trabajo que debía realizar. Lleno de entusiasmo comenzó a trabajar lleno de disponibilidad y empeño, por lo que al paso de tres meses, ya era muy diestro con el cuchillo filetero, se dice que podía destazar una res, más rápido que su propio maestro, el cual estaba complacido y agradecido de haber contratado a un ayudante como él. Fue al sexto mes de estar laborando en la carnicería, cuando comenzó a hacer amistad con una clienta que acudía con frecuencia a comprar carne. Antonia Roldan, se llamaba y todos le decían Toña, de cariño, no sólo era hermosa, sino que además poseía una figura que acaparaba la atención de todos. De edad similar a la de Guerrero, estatura media y sonrisa fácil, la coquetería era algo muy natural en ella, sobre todo por la forma de ver y expresarse. No le fue difícil a la Toña, conquistar a Francisco, con platica amable, miradas tiernas y sonrisas coquetas, muy pronto lo tuvo comiendo de su mano, él muchacho, inexperto y lleno de sueños e ilusiones, se enamoró perdidamente de ella, de tal manera que, cuando iba a la carnicería, siempre le daba carne extra. Comenzaron a salir juntos, a pasear por los llanos, a platicar, a divertirse, a convivir, Francisco por tenerla contenta, se gastaba más de la mitad de su salario halagándola y ella, feliz de la vida aceptaba todo lo que él le daba. Una tarde que se encontraban en un paraje solitario, comenzaron a besarse, como ya lo habían acostumbrado, desde días antes, sólo que, en esa ocasión, las caricias le siguieron a los besos y el carnicero enamorado, sintió el despertar de la pasión. Cuando intentó saciar sus más profundos deseos, ella lo detuvo pidiéndole que la respetara, que quería llegar virgen al matrimonio y que, aunque deseaba entregarse a él, no podía hacerlo si no estaban casados. Francisco, comprendió aquellas palabras que elevaban más a Antonia, ante sus ojos, ya que demostraba ser una mujer hermosa, cariñosa y sobre todo, llena de principios y de preceptos morales, por eso ya no insistió en que ella accediera a sus requerimientos pasionales, en su mente se anidó una idea, casarse con ella, por lo que necesitaba dinero y un lugar donde llevarla a vivir. No obstante, sus sueños estaban muy lejos de poder realizarse, no ganaba lo suficiente para poder independizarse, ni podía juntar una buena cantidad de dinero en el corto tiempo, no obstante, su noviazgo continuaba y el deseo aumentaba en su cuerpo, aquello lo desesperaba y lo motivaba a encontrar una solución. Tenía que descubrir la manera en que él y Antonia pudieran estar juntos, amándose y entregándose tanto como Francisco, lo deseaba, sin ofenderla con ello. La Toña, seguía dándole la misma excusa cada vez que él quería avanzar más con sus caricias intimas, y con eso lo frenaba un poco, desesperado por no poder conseguirla, una mañana que ella fue a la carnicería por su carne, le dijo que no lo iba a poder ver esa tarde, como siempre, ya que iría a visitar a una tía enferma. Aquello lo entristeció y le dijo que primero estaba la familia, que fuera a verla, sólo que, al atardecer, se sintió nostálgico y decidió ir a la casa de Antonia, quería ver la fachada, aunque sólo fuera eso, para recordarla y reconfortarse. Grande fue su sorpresa, cuando al llegar a la esquina de la casa de la Toña, la vio entrar con un “lagartijo”, como se les decía a los que tenían cierto poder adquisitivo, al verlos juntos, una ira incontrolable se anido en su pecho. Buscó la forma de poder espiar al interior de la casa y se dio cuenta que desde un árbol se podía ver casi todo el interior, sin pensarlo, siquiera, se trepó y desde ahí fue testigo de las relaciones sexuales que Antonia, su amada, a la que creía “inmaculada”, tenía con aquel personaje, entregándose como una cualquiera. Estuvo a punto de gritarles que se detuvieran, quería ir a enfrentarlos, a reclamarle a ella su proceder, sólo que, por alguna razón, decidió esperar, tenía que desquitarse de aquella ingrata mujer que lo engañaba de esa manera tan ruin y vulgar, definitivamente ella tenía que pagar por haberle mentido y por no darle, lo que él se había ganado, y que con gusto entregaba a un infeliz riquillo. Dolido y decepcionado, se retiró a su casa cavilando sobre todo aquello que había visto y llegó a una conclusión, Antonia, tenía que ser de él, por las buenas o por las malas, ya no lo iba a detener con su engaño de mujer “pura”. Al día siguiente, la atendió en la carnicería con la misma amabilidad de siempre y quedaron de verse por la tarde, aunque ella le dijo que sólo lo vería media hora ya que debía ir a ver si su tía ya se encontraba mejor de salud. Francisco, aceptó sin ninguna objeción, aquello era parte de su plan, debía dejar que ella se confiara, cuando a la hora de costumbre se reunieron, la Toña se sorprendió de que él fuera vestido con un chaleco sobre su camisa, ya que no lo acostumbraba y eso lo hacía verse más atractivo. Comenzaron a caminar por la orilla del río Consulado y en un paraje, se sentaron a platicar, él comenzó a besarla y ella le correspondió, las caricias fueron más intensas y atrevidas, la Toña, trataba de controlarlo, como siempre lo había hecho, sólo que esta vez, Francisco estaba decidido a llegar hasta el final. Cuando ella intentó alejarlo dándole una cachetada con violencia, Francisco no dudó en devolvérsela con todo su coraje y le gritó a la cara: —Es mejor que no te resistas o te voy a dar una madriza que nunca olvidarás. Ella lo vio asustada, no comprendía nada de aquello, Guerrero no era así. —¿Por qué me tratas de esa manera? Yo te amo, pero tú… —dijo ella —Yo te vi dándole a ese infeliz “largartijo” lo que me has negado a mí, ahora vas a ser mía por las buenas o por las malas… tú elijes… Antonia, supo que estaba perdida y si no quería que él la lastimara, lo mejor era cooperar, ya después se desquitaría y lo haría pagar por todo lo que le hiciera en contra de su voluntad. Al ver que ella ya no se resistía, Francisco, acarició aquellas hermosas curvas a placer, se regodeo besando y chupando la piel ese cuerpo hermoso y bien formado, que tanto le gustaba. Y cuando por fin pudo poseerla, un pensamiento cruzó por su cabeza: —“¿Por qué accedió tan fácil? Esta desgraciada me quiere denunciar para mandarme a la cárcel… sí, segurito que eso es lo que piensa hacerme”. Y mientras la poseía, con toda su pasión acumulada por largos días, sacó el filoso cuchillo que llevaba oculto entre sus ropas y lo puso sobre el cuello de la Toña, la cual, completamente aterrada le dijo: —No me mates… no diré nada… te lo juro… ya no volveré a ver a ese infeliz… seré tuya para siempre… pero no me mates… Al ver el rostro aterrado de ella y al escuchar sus palabras supo que no se había equivocado, Antonia, pensaba llevarlo a la justicia, , sin pensarlo siquiera, le cortó el cuello con un limpio tajo y cuando ella moría, él alcanzaba el clímax. Cuando se dio cuenta de su macabra obra, Francisco, por un momento, no supo que hacer, ¿cómo deshacerse de un cuerpo? ¿qué hacer con un cadáver? En un momento de claridad, Francisco piensa en ocultar su obra, por unos segundos siente temor de ser sorprendido, no teme a la policía, su preocupación está centrada en la posibilidad de volver a hacerlo, quizás, piensa Francisco, arrojarla a las orillas del Río Consulado es la zona perfecta para deshacerse de su macabra obra. Al final, optó por cavar una tumba poco profunda y sepultar a la que fuera el gran amor de su vida. La mujer que lo hiciera creer en la posibilidad de formar un hogar En ese momento, nacía la leyenda del “chalequero”, mote que se origina debido a su peculiar vestimenta de pantalones estrechos, fajas multicolores y chalecos con agujetas o chaquetas charras. Desde su primer homicidio, Guerrero, jamás tuvo reparo en tratar de ocultar su misoginia y, ni siquiera, sus asesinatos, aun así, estuvo casado, procreó 4 hijos con su esposa, llamada María, y otros más extramaritales, y tuvo muchas amantes, las cuáles de hecho, llegaron a mantenerlo, se cree pudo fungir como proxeneta. En varias ocasiones se cuenta que se le pudo ver alardeando de sus crímenes; en su barrio, “el chalequero”, vivía en la colonia de Peralvillo todos sabían lo que hacía, pero nadie lo denunciaba por miedo. Paradójicamente, Guerrero se declaraba un católico devoto a la virgen de Guadalupe, y contaba orgulloso haber sido en su infancia sacristán. Se cree que cometió más de 20 crímenes violentos contra mujeres, tanto las que seducía en la carnicería, como las que trabajaban como prostitutas en las calles. El modus operandi de Francisco, era sencillo, caminaba por las calles del centro de la ciudad donde abordaba a mujeres de mala reputación y les proponía sin más rodeos un encuentro s****l, posteriormente, dependiendo de la disposición de cada víctima para satisfacer los deseos del homicida, Guerrero, saciaba su libido y sus ansías de matar; las violaba varias veces, y las apuñalaba hasta la extenuación, para finalmente degollar salvajemente a sus víctimas. Y si en un principio, cavaba tumbas poco profundas, para esconder sus delitos, después, ya no le importaba tirar sin recato los restos mortales de su víctima en los alrededores de Río Consulado. La policía de ese tiempo, al ir descubriendo cadáveres en esa zona, montaron un intenso operativo y lo capturaron, justo cuando estaba a punto de degollar a su víctima número 15, no ofreció resistencia y se entregó pacíficamente sabiendo que todo estaba perdido, lo habían agarrado con las manos en la masa.

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