El sonido de las gotas repiquetea sobre el cristal del ventanal. En el patio hay una quietud, como la que siempre precede a una tormenta. Estoy de pie con la bata puesta y una taza entre las manos, pero mi mente deambula lejos. Pienso en Cecilia, en cómo estará, en lo que pasará cuando Darío dé con ellos; porque él no se quedará tranquilo. El golpe en mi rostro lo confirma. Le di una propina a los de los autobuses para que cambiaran los nombres de Cecilia y Héctor. Darío sigue en el hospital, pero en cuanto salga sé que buscará a su esposa hasta debajo de las piedras, sino es que ya lo hace estando convaleciente. Hoy tenía desayuno familiar en casa de mis padres, tuve que decirles que me sentía mal y que enviaría a las niñas en mi ausencia. Mi cuñado hizo favor de pasar por ellas. De ni

