Sergio observa la comida con cierto desagrado. Toma un bocado, pero frunce el ceño mientras saborea. —¿No te gusta? –pregunto preocupada. Yo amo la tortilla española con papas y cebolla. Pero el deja el tenedor sobre el plato y se reclina en su silla. —No, no es que no me guste, pero... –hace una pausa–, es solo que se me antojan unas medialunas calientes con dulce de leche y un café cortado. Acá todo es tan... ¿pesado? Es como si te estuvieran dando la comida principal del día a las ocho de la mañana. Suelto una pequeña risa. La tensión anterior se ha disipado. Con Sergio es sencillo pasar de una emoción a otra. —Este desayuno te da energía. Pero puedo pedirle a Rosa que te traiga lechera y un cuernito. —No es lo mismo. —Suelta un suspiro—. Da igual. Hay que adaptarse. En ese mome

