Como si un mago hubiera roto el hechizo mínimo que nos unía, apenas terminó la foto, él se alejó. Se alejó con esos pasos decididos, fríos, como si estuviera huyendo de algo que no entendía. Sus ojos me escudriñaron con una intensidad tal que casi dolía. Como si dentro de él sus pensamientos estuvieran peleando a gritos.
—Vaya… al menos en esta foto no pareces tan enojón. Incluso pareces enamorado —comentó Abby, burlona, mientras se acercaba con una sonrisa maliciosa.
—¿Te han dicho que eres increíblemente molesta? —bufó Alejandro, quitándole el teléfono de las manos para enviarse la foto.
—¿Disculpa? ¿Tu madre no te enseñó modales?
Él solo la miró. Esa mirada. Esa que decía: “te encerraría en una caja fuerte, desaparecería la caja y lanzaría la llave al fondo del océano”.
Ok. Confirmado. Ellos nunca se llevarían bien. Era una guerra fría a punto de volverse nuclear. La tensión entre ellos era tan densa que juraría que un solo roce podría haber generado una explosión. Como si fueran cables eléctricos pelados.
—Abby, por favor —susurré, tratando de evitar que mi amiga se convirtiera en cenizas.
—¡Es que míralo! Ni siquiera sabe ser cortés con su madrina de boda. Porque sí, técnicamente soy la madrina. Y espero un buen regalo.
Sacó la lengua como niña malcriada. Él solo gruñó y le devolvió el teléfono como si quemara. Luego me miró.
—Dame tu teléfono.
Lo saqué del bolsillo de mi vestido. Sí, mi vestido de novia tenía bolsillos. Porque soy práctica, elegante y un poquito rebelde.
—¿Bolsillos? ¿En un vestido de novia? —me observó como si acabara de decirle que sabía hacer magia.
—Sí, compactos y funcionales —respondí con emoción genuina—. Nunca subestimes el poder de un buen diseño práctico.
Y juro que por un segundo sus ojos caramelos brillaron. Brillaron como esa vez en que me salvó. Dulces, peligrosos, como un pecado disfrazado de deseo. Pero… fue un segundo. Solo uno. Luego, clic, se apagaron. Como si dentro de él alguien cerrara con llave cada emoción.
Tecleó en mi celular. El suyo sonó.
—Listo. Ahí tienes mi número. Espera mi llamada esta noche. Te traeré algo, así que no desaparezcas… porque te juro que, si lo haces, moveré cielo y tierra para encontrarte. Aunque estés en el fin del mundo.
Su voz… esa voz. Era una amenaza vestida de promesa. Un cuchillo afilado cubierto de terciopelo.
—¿En el fin del mundo, eh? —lo desafié con una media sonrisa—. ¿Y si estoy justo detrás de ti… pidiendo una pizza?
Lo descolocó. Frunció el ceño como si procesara una broma en otro idioma.
—Muy graciosa —murmuró con sarcasmo—. Mientras esperan… ¿quieren que las lleve a algún lugar?
El tono… sonaba más a “me toca hacerlo” que a “quiero hacerlo”. Lo noté. Abby también. Y supe, por la forma en que frunció los labios, que estaba a punto de lanzarle un misil verbal. Así que le apreté la mano.
—No, gracias. Vamos a comer aquí cerca.
—Ya veo… —me estudió unos segundos—. Imagino que, como universitaria, no tienes mucho dinero.
Sacó la cartera. Con elegancia ofensiva. Como si fuera parte de una película de espías. De ella, una tarjeta negra. Me la entregó.
—Usa esta. Llamaré a mi banco para que te den una a tu nombre.
—¿Una tarjeta llena de deudas? —Abby la miró como si fuera una bomba a punto de explotar.
—No tiene deudas —respondió él con tono glacial, como si hablara con dos niñas de primaria—. Es ilimitada. April, puedes usarla sin problema.
—¿Ilimitada? Qué sigue ¿Un helicóptero con tu nombre en los bordes? ¿O una boda en París?
Él la miró. Esa mirada de varita mágica homicida que quería o desaparecerla o aniquilarla. Suspira. Como si contara hasta diez para no desintegrarla. Luego, me miró.
Y su mirada… cambió. Se volvió más lenta. Más espesa. Más… mía. Se quedó en mí unos segundos que se sintieron como siglos. Había algo posesivo, salvaje. Como si quisiera tragarme viva.
Y, contra toda lógica, yo quería que lo hiciera.
—Nos vemos esta noche —dijo, con esa voz ronca que sonaba como un beso prohibido.
Y se fue. Se fue como si nada. Como si no acabara de dejarme sin aire. Mientras veía su espalda alejarse, me di cuenta de algo absurdo: ¿siempre había tenido los hombros tan anchos? ¿Siempre había caminado como un maldito dios griego vestido?
Suspiré. Ese suspiro que solo se escapa cuando estás mirando al amor de tu vida.
Ya no era April Fletcher.
Era April Lennox.
Y eso… eso me sabía a eternidad.
Me invadió una emoción tan absurda que casi me largué a llorar. Me había convertido en lo que soñé desde aquella noche: su esposa.
Su maldita y bendita esposa.
—April, ¿y si probamos esa tarjeta? Dudo que sea ilimitada… así que planeo gastar cincuenta mil dólares en quince minutos. ¿Lo intentamos?
La miré. Solo bastó mi expresión para que se calmara.
—Ok, ok, no lo haremos. Pero vas a tener que explicarme toda esta locura.
Fuimos a una cafetería cercana a la corte. El olor de pan recién horneado, café con canela y té de vainilla me abrazó. Como si el mundo me dijera: “sí, esto es real”.
Nos sentamos en la mesa más alejada. La del fondo. Como si estuviéramos a punto de hablar de una conspiración nacional.
—Habla —dijo Abby, seria—. Dudo mucho que tu padre o tu abuelo aprobaran esto. Acepté ayudarte porque somos amigas, pero desde lejos se ve que ese tipo no está bien. ¡Te sacó de la universidad a rastras! Por poco sentía que estaba en una película de dark romance. Te juro que busqué alguna cámara escondida con el título: “¿Qué harías si una chica es secuestrada en plena calle?”
Suspiré. Tomé mi té. Caliente, real. No era un sueño. Me había casado con Alejandro.
Mi Alejandro.
Mi príncipe.
Mi jaula de oro.
—En uno de mis viajes a Inglaterra conocí al abuelo de Alejandro. Mis abuelos ya lo conocían, creo que por un caso de robo en la casa. Se hicieron amigos.
—¿Y?
—Los escuché hablar de Alexander Lennox. Que no encontraban esposa para él… y cuando escuché su nombre, casi me desmayo. ¡Era mi Alejandro! Por él estudié para ser diseñadora de vestidos de novia. Quería hacer el vestido de su futura esposa. Del amor de mi vida.
Miré al techo. Como si eso ayudara a ordenar mis emociones.
—Cuando cumplí la mayoría de edad, casi fui acosada por un ebrio que quería acostarse conmigo. Estaba aterrada… y él me salvó. Me enamoré. Y cuando supe que era él, le rogué a su abuelo que me ayudara a casarme con Alejandro en secreto de mis padres. Le juré que sería la esposa perfecta.
Abby escupió el café. Literalmente.
—April, ¿estás loca? Si tus padres o tus hermanos se enteran, te encierran como a Rapunzel.
—Por eso tú no se lo dirás, ¿verdad? Lo amo. Sé que no me recuerda… pero lo hará. El Alejandro que conocí es dulce. Romántico.
Parecía que intentaba justificar a un asesino. Bueno… en este caso, a mi esposo.
Abby me miró como si acabara de decirle que me uní a una secta.
—Esto es una locura. Él es el arquetipo de CEO de película de terror, con sonrisa encantadora y traumas. Pero tú… tú pareces amarlo de verdad —suspiró—. Es como ese té de fresa que no has soltado desde secundaria. Aunque te ofrezcan mejores opciones, te quedarás con él.
Sonreí. Ese té ya era parte de mí.
Terminamos de comer, nos cambiamos y fuimos a la universidad. Pero yo no podía pensar en otra cosa que no fuera Alejandro. Mi esposo.
Mi maldición favorita.
Mi papá me llamó. Dijo que pasaría por mí. Le juré que tenía una práctica con Abby. Mintiendo. Mintiendo como toda buena esposa obsesionada que espera ansiosa el mensaje de su esposo intimidante.
A las seis, me llegó un mensaje. Dirección incluida. Sin emojis. Sin corazones. Solo coordenadas. Como una misión secreta.
¿Así sería nuestro matrimonio?
—No, solo es el primer día —susurré para mí, como si eso lo justificara todo.
El lugar era un restaurante de lujo. Rentado solo para nosotros. Madera caoba. Obras de arte. Sillas que seguramente costaban más que mi matrícula.
Caminé hasta la única mesa ocupada. Alejandro estaba ahí. Mirando su teléfono. Cuando alzó la vista, sus ojos me clavaron contra el piso.
—Siéntate. Tenemos que arreglar esto, si vas a ser mi esposa.
Me senté. Delante de él, un documento. Título: “Reglas para el matrimonio”. Y dos anillos encima.
—¿Qué es eso?
—Nuestro contrato matrimonial, April.
¿Un contrato?
Tragué saliva.
¿Estaba a punto de firmar mi sentencia… o mi cuento de hadas?
¿Me iba a encadenar al mismísimo diablo… con anillo y todo?