4.Ahora estás casado… conmigo

1623 Palabras
Sostenía el papel entre las manos; aunque era liviano, contenía el peso de todo lo no dicho.Lo examiné con la atención de una abogada, buscando errores, dispuesta a encontrar en cada palabra una pista, una r*****a, una verdad incómoda. Me encontré con lo siguiente: 1.La parte A (Alejandro) y la parte B (April) acuerdan no interferir en la vida personal del otro. Aquello complicaba mis planes de enamorarlo, pero facilitaba, al menos temporalmente, mantener en secreto este matrimonio frente a mi familia. 2.Durante la vigencia de este contrato matrimonial, se prohíbe a April Fletcher mantener relaciones sentimentales con terceros o incurrir en actos de infidelidad. ¿Acaso él pensaba que yo podía serle infiel? Levanté la mirada por unos segundos, notando que me observaba con una concentración impresionante. Volví a bajar la mirada para continuar leyendo. 3.Como única compensación por el tiempo que dure el matrimonio, se otorgará a April Fletcher un apartamento, considerado un “regalo”, sin derecho alguno a acciones, herencias ni beneficios económicos adicionales. Al leer esta cláusula, no pude evitar alzar una ceja. Resultaba insultante. ¿Acaso este iluso pensaba que yo me había involucrado por dinero? Qué equivocado estaba. Mi padre poseía una fortuna que, si bien aún no era mía, algún día lo sería,posiblemente superaba las pretensiones ostentosas de Alejandro Lennox. Además, yo misma ya había fundado mi propia marca de diseño: una empresa naciente, pero con cimientos sólidos. Claro, eso nadie lo sabía todavía. 4.Será obligatorio asistir a una reunión familiar mensual, en la cual ambas partes deberán aparentar ser una pareja feliz. Asimismo, se realizarán visitas semanales a ambas familias. Mi corazón dio un salto violento. No, esto era inaceptable. Sobre todo para mí padre. Él no debía enterarse de este matrimonio ficticio, mucho menos la verdadera razón que me había llevado a casarme con un hombre que parecía despreciar el amor y todo lo que este conlleva. Sin dudarlo, protesté. Saqué un plumón n***o de mi bolso, taché la cláusula y escribí con firmeza: «Se asistirá a una reunión familiar mensual en la que se simulará ser una pareja feliz, además de visitas semanales únicamente a la familia Lennox. La familia Fletcher permanecerá al margen de este acuerdo. El matrimonio será tratado con absoluta discreción. La parte A (Alejandro) no podrá visitar el domicilio de la parte B (April), limitándose la comunicación a llamadas telefónicas o mensajes.» 5.Queda estrictamente prohibido cualquier tipo de contacto físico que pueda generar un vínculo emocional o alterar el equilibrio afectivo de la parte A (Alejandro). Únicamente se permitirá realizar gestos públicos previamente acordados, estrictamente con fines de apariencia ante terceros. Entre estos se incluyen: • Un máximo de tres besos breves durante las reuniones familiares. • Tomarse de las manos únicamente en presencia de familiares o allegados, cuando sea necesario mantener la fachada de pareja. Cualquier manifestación física que exceda estos límites queda terminantemente restringida. No pude evitar soltar una carcajada al leer la última cláusula. Era tan ridícula que, por un momento, más que indignación, me provocó una insólita curiosidad. Al terminar de revisar el documento, lo deslicé hacia él con las modificaciones marcadas. Lo tomó, lo hojeó con detenimiento y alzó una ceja inquisitiva. —¿No querrás más dinero? —preguntó con arrogancia, una que parecía estar ofreciendo una limosna. Reí, esta vez con un dejo de sarcasmo. Sin perder la compostura, le restregué la respuesta con una sonrisa venenosa. —No lo necesito, Alejandro Lennox. Lo único que exijo es la modificación del apartado número cuatro. Es mi única condición no negociable. Este matrimonio será un secreto para mi familia. No quiero que se involucren, ni directa ni tangencialmente. Él me observó con esa mezcla de soberbia y fastidio que parecía natural en él. —Mira, me parece sensato. Así no tendrás que andar presumiéndome por ahí que me tienes de esposo. Porque, por si no lo sabías, soy uno de los solteros más codiciados del país. —Eras, querido. El verbo está en pasado. Ahora estás casado… conmigo. Qué tragedia para tus fanáticas, ¿verdad? —dije, dándole una palmadita fingidamente condescendiente en el brazo—. Por cierto, tengo una pequeña duda. ¿Cuál es la verdadera razón de la cláusula cinco? ¿Acaso eres gay? El aire pareció tensarse. Por un segundo, su mandíbula se endureció y la incomodidad fue evidente en su mirada. Se quedó viéndome con una mezcla de asombro y rabia contenida. Yo mantuve mi sonrisa intacta, mirándolo directo a los ojos. —Eso es algo que no te incumbe, niñita insolente —masculló entre dientes—. Tu única obligación aquí es firmar y cumplir. Sin preguntas. —Vaya, qué mandón me saliste. ¿Siempre das órdenes como si el mundo estuviera a tus pies o es un defecto exclusivo para tu esposa por contrato? —Y tú eres excesivamente respondona. Francamente, deberías considerar tomar un curso intensivo de autocontrol y discreción… antes de que agotes por completo la poca paciencia que me queda. —Pues fíjate que no. Si estabas esperando una esposa sumisa, dócil y eternamente silenciosa… te equivocaste de mujer. Yo no sé callarme, mucho menos cuando algo me parece absurdo. Me sostuvo la mirada con seriedad, los labios apretados. Esa vena que se marcaba en su sien me dio una especie de victoria silenciosa. —Firma de una vez, April —murmuró con voz grave y contenida—. Estoy llegando al límite de mi tolerancia. —Muy bien, señor Impaciencia. Solo espero que estés preparado para lidiar con la mujer con la que te acabas de casar… porque no pienso marcharme sin dejar una marca imborrable. Tomé la pluma con dramatismo innecesario, levanté la barbilla y estampé mi firma en su precioso y estructurado contrato. El matrimonio ya era oficial. Legalmente, el contrato me convertía en su esposa; emocionalmente… era una bomba de tiempo firmada con tinta y orgullo, lista para estallar en el momento menos esperado. —Ten, estos son los anillos que usaremos. Debes llevar el tuyo siempre que asistamos a reuniones familiares —ordenó con tono imperativo, sin mirarme demasiado. Tomé el fino aro de oro blanco, delicadamente incrustado con pequeños diamantes. Me lo puse en el dedo; para mi sorpresa, me quedaba perfecto. Un destello de emoción se filtró en mi rostro antes de que pudiera ocultarlo. Él lo notó. Y sonrió. Esa sonrisa de autosuficiencia masculina que dice “te tengo donde quiero”. —Eso es todo. Podemos retirarnos —manifestó con autoridad. Lo miré con incredulidad y un toque homicida en la mirada. —¿Y no vamos a comer? ¿O es que, además de amargado, eres tacaño? —le solté con una ceja alzada, acorralándolo con mi ironía. Él me miró con esa arrogancia heredada de los dioses del ego y respondió: —Puedes pedir lo que desees. Luego te llevaré a casa. Y, para que veas qué tan generoso soy, te dejaré escoger la ubicación del departamento que te regalaré. Cualquier parte de la ciudad que te guste. Solté una carcajada y, sin prestarle más atención, me concentré en decidir qué comer. Debía admitir que la cena superó mis expectativas. La comida era exquisita, a tal punto que no pude evitar mostrar gestos de satisfacción, algo que Alejandro notó. —¿Qué? —murmuré entre dientes, rodando los ojos mientras saboreaba el postre. Me miró fijamente, sin despegar los dedos del borde de su copa de vino mientras dibujaba círculos. —¿Tú siempre comes así? —preguntó de pronto, observándome con cierta burla. —¿Así cómo? —repliqué con aire distraído. —Así, como si no hubieras probado bocado en todo el día. —¿Estás insinuando que soy una glotona? —pregunté con voz pausada, cortante. —Yo no lo dije… tú lo asumiste —respondió, con una sonrisa sarcástica dibujándose en sus labios. —Pues déjame informarte —comencé a hablar, dejando los cubiertos con un pequeño golpe sobre la mesa—: sé que lo menos que te importa es mi itinerario, pero debes saber que hoy no había comido absolutamente nada. Mi desayuno fue un té y un par de rollos de canela… y gracias a ti, fui sacada abruptamente de la universidad para ser arrastrada a la corte y casarnos. Él alzó una ceja, consultó la hora en su fino reloj sin mostrar el más mínimo remordimiento o importancia a lo que acababa de decir. —Ya es tarde. Debo marcharme. Apresúrate; te llevaré a casa. Asentí con un suspiro resignado. Dejar que me llevara me serviría para demostrarle, sin palabras, que no necesitaba su dinero. No lo haría por orgullo: simplemente era un hecho para que saliera de su error. Cuando el auto se acercó a mi zona residencial, noté un cambio sutil en su expresión. Había interés. O sorpresa. O ambas. —¿Vives por aquí? —Así es —dije con calma—. Mira, aquella es mi casa. Señalé discretamente la propiedad, ubicada en una de las zonas más exclusivas de Queens. Pero, antes de que se acercara más, me adelanté: —Déjame aquí. No quiero que nadie me vea llegar contigo. Él frunció el ceño, ladeando la cabeza con arrogancia. —¿Te avergüenza que te vean conmigo? Reí, con la tranquilidad de quien sabe exactamente cómo provocar. —Puede que sí —le mostré una vez más mi hermosa sonrisa, tenia la intención de bajarme sin dejarle espacio para protesta… cuando algo pasó. Bajé la mirada con cautela y encontré la mano de Alejandro aferrada a la mía. En ese gesto leve, casi tembloroso, estaba su intento de retenerme un segundo más en su mundo. —Espera, no te vayas aún. Hay algo que debo preguntarte.
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