5. ¿Que me pasa?

1762 Palabras
POV Alejandro Lennox Sujetaba con firmeza la mano de April, sin saber muy bien por qué. Ella me miraba intentando descifrarme. Sus ojos, tan azules como el cielo en primavera, se oscurecieron apenas. Todo lo demás se desvanecía y una electricidad invisible comenzó a invadirme. ¿Por qué le tomé la mano? No lo sé. Fue un reflejo… no quería que se fuera. Era tan complicada. Sabía que me daría un dolor de cabeza monumental, pero aun así, la necesitaba cerca. Y entonces, algo cambió. Sus ojos se suavizaron. Ya no había rebeldía, solo una ternura inesperada que me dejó sin defensas. Pensé que todo estaba bien… hasta que no lo estuvo. Mis manos sudaban. El pecho me ardía al respirar. Las palpitaciones eran tan fuertes que apenas oía. El mundo giraba un poco más rápido y mi mano temblaba. —Alejandro, si sigues tomándome así, voy a pensar que te gusto —dijo con una media sonrisa, ladeando la cabeza—. Aunque, si tanto querías tomarme la mano, podías haberlo incluido en el contrato. El sarcasmo en su voz me sacudió. La solté de inmediato, pues el roce con su piel parecía quemar. Con la otra mano, aflojé mi corbata. —¿Tomarte la mano? No te emociones, niñita. —Entonces, ¿qué querías decirme? ¿Quería decirle algo? Fruncí el ceño. Era insolente… y fascinante. —Solo quería saber si de verdad vives aquí. —¿No me escuchaste la primera vez? Te lo dije muy claro: sí, vivo aquí. —¿Eres hija de una empleada? Si es así, puedo incluirla en el contrato. Que se mude contigo al apartamento que pienso comprar. Una mensualidad para ambas. Su rostro cambió al instante. Lo que creí un gesto amable, la ofendió. ¿Por qué? —Alejandro, te equivocaste de profesión. —¿Disculpa? —Sí. En lugar de dirigir hoteles, deberías trabajar en un circo. Tus chistes sin gracia serían un éxito. Bajó del auto, cerrando la puerta con tanta fuerza que por poco la arranca. La observé alejarse hasta perderse dentro de esa enorme casa que costaba, al menos, un par de millones. Aún sin saber qué pensar, solo conduje hacia mi apartamento. Al llegar a mi apartamento en Hudson Yards, el silencio me recibió. Todo estaba perfectamente decorado: muebles oscuros, líneas limpias, lujo en cada rincón. No porque me interesara el diseño, sino porque mis hermanas y mi madre insistieron en que el lugar “debía sentirse hogareño”. Hogar… ¿para qué? Apenas dormía aquí. Me di una ducha, me serví un whisky y me acerqué al ventanal. El reflejo en el cristal me devolvía la imagen de alguien confundido. ¿Cuándo fue la última vez que me afectó tanto una mujer? April era un caos con nombre propio. Di un sorbo, pensando en ella. No podía tenerla cerca. Tenía que alejarla. Miré mi mano. Aún podía sentir la suavidad de la suya y su calidez. Sus manos eran tan pequeñas que supe enseguida que debía ser un size seis en anillo. Tenía un rostro atrayente: piel como porcelana, ojos que parecían tallados a mano, sonrisa luminosa y una lengua filosa como su carácter. Solté una risa baja. —Eres como una gatita que saca las garras… « Gatita.» susurré saboreando la palabra. ¿Por qué ese apodo me parecía familiar? Suspiré, recordando su mirada al marcharse, recordando el que no me quería cerca de su familia. ¿Acaso venir de una familia trabajadora era una vergüenza? Y sin embargo… ¿por qué me interesaba tanto? Esa noche dormí poco. Su nombre, su voz, su risa… todo se colaba en mis pensamientos. La mañana siguiente fue una sucesión de correos y llamadas. Hasta que la puerta de mi oficina se abrió con un golpe estruendoso. —¡Alejandro! No puede ser. ¡No, no! Anastasia, mi hermana melliza, entró como una tormenta. Su sonrisa desbordaba energía; su mirada chispeaba curiosidad. Se dejó caer en mi escritorio sin pedir permiso. No le presté atención. Si la ignoraba, tal vez se aburriría. —¿Por qué me ignoras? Seguí tecleando. —¡Lo hiciste! —dijo al levantar una de mis manos—. ¡Tienes el anillo! ¡Te casaste! ¡Alejandro! ¡¿Por qué no rechazaste el contrato?! La miré sin expresión. Anastasia es la única de mis hermanos que se lanzó al mundo artístico como productora musical. Su personalidad extravagante encajó a la perfección con lo que escogió. En solo cuatro años, levantó una compañía musical envidiable. Su lista de cantantes era temida, codiciada y millonaria. —¿Y por qué habría de rechazarlo? —¡Porque aposté con los trillizos que no lo harías! Me hiciste perder cinco mil dólares. —¿Apostaron sobre mí? —Claro. Siempre lo hacemos —rió sin vergüenza. —Deberían buscarse una vida propia. —Muy aburrido, hermano. Mira lo que recibí. Levantó un sobre elegante. Al leer los nombres, sentí el estómago dar un vuelco. Náusea. Ira. Traición. En la esquina del sobre, su inicial garabateada con tinta dorada. Sintiéndola como una burla hacia mi persona. «Contrólate, Alejandro. No dejes que esto te domine.» —Pensé que eran tus amigos —dijo. —Lo eran —respondí, bajando la mirada. La rabia me abrasaba—. Puedes quemarla. —Por eso me la mandaron a mí. Sabían que si te llegaba directamente, ni la abrirías. —Exacto. Lo mismo te pregunto a ti: ¿la abriste porque esperabas una felicitación personalizada de brillantina de su parte? —bramé, con ligera molestia. —Oye, no me hables así —me golpeó con la invitación en la cabeza—. Desde que esa chica apareció, estás distinto. Quiero de vuelta a mi hermano divertido. —Sigo siendo el mismo. —Claro, y los cerdos vuelan —sonrió—. Deberías ir a esa boda. La miré como si quisiera matarla con la mirada. —¿Qué? —Demuestra que la superaste. Lléva a tu esposa. Solo… evita que sepan que es por contrato. —No pienso perder tiempo en algo que no me da beneficios. Estaba tan cargado de emociones que, si pudiera destruir el mundo, lo haría sin dudar. El teléfono sonó. Respondí sin mirar. —¿Qué? —Oh… ¿siempre contestas así o solo lo haces con tu esposa? Cerré los ojos. Me presioné el puente de mi nariz, esperando que eso me ayudara a calmarme. —April, ¿qué quieres ahora? —Pues ya sé qué apartamento quiero. Así que espero que traigas tu tarjeta… y estés listo para gastar diez millones. ¿Diez millones? Esa mujer estaba completamente loca. Suspiré con resignación y me levanté, colocándome el saco del traje. —Bien. Dime dónde estás. Pasaré por ti. Al escuchar la dirección, fruncí el ceño… estaba a una hora apartada del hotel. Una prueba viviente de mi paciencia. Una hora de camino. Una hora para ir con ella. Colgué. Anastasia me observaba con una mezcla de sorpresa y diversión. —¿Era tu esposa? —Sí. La lunática quiere algo de diez millones.—Me levantaba colocándome mi saco. —¿No enviarás a tu secretario? —Creo que queda claro, que quien irá soy yo—gruñí. —¿Vas a dejar de trabajar para ir con ella? —Sí. Voy a ir personalmente ¿Algún problema con eso?—respondí de forma muy seca. Su sonrisa se ensanchó como si acabara de ver un milagro. —No la conozco… y ya me cae bien. Durante todo el trayecto hacia aquella cafetería que parecía sacada de una comedia romántica universitaria, con sus ventanales amplios y luces cálidas, no dejé de hablar conmigo mismo como un lunático. No podía creer que estuviera haciendo esto. Yo, Alejandro Lennox. Manejando más de una hora solo porque a una niña de veintiún años se le había antojado que fuera a recogerla. «Solo lo haces para mantener contenta a tu esposa.» «No quieres que le vaya a llorar a tu abuelo.» «Sí, por eso lo haces. Solo por eso. Nada más.» «Si mandabas a Jonathan, podría ofenderce, y a los cinco minutos ya tendrías a tu abuelo preguntando por qué la estás ignorando y envías a tu secretario.» «Hazla feliz hoy. Actúa como si te importa. Luego desapareces. Meses, si es posible. Que se canse sola. Que lo termine ella.» «Si ella te pide el divorcio, no estarías rompiendo el trato.» Respiré tan profundo que parecía meditación guiada. No había tráfico. El aire estaba perfecto. La música suave. El universo entero parecía querer relajarme. Me parqueaba en un lugar cercano donde ella me indicó. Entonces … la vi. Me detuve un poco más atrás, sin que se notara mi presencia. Allí estaba April con su amiga. Pero no estaban solas. Fruncí el ceño, entrecerrando los ojos, intentando aclarar lo que estaba viendo. Y lo vi. Un tipo muy probablemente de su edad, estaba demasiado cerca. Le dijo algo y… April sonrió. Ella estaba sonriendo. Feliz. Feliz con otro. ¿Por qué? ¡Por qué! ¡¿Por qué le sonreía así a otro hombre?! El tipo le despeinó el cabello, un acto que parecía ser el más normal del mundo para ellos. April… ¡ella solo se rió y le pegó en el pecho, parecían ser amigos de toda la vida! Mis manos se cerraron sobre el volante con una fuerza que me hizo crujir los dedos. Sentí que el pecho me ardía. —¡Así que estás feliz con otro! —solté, abriendo la puerta con impulso. Salí… Me detuve… El autocontrol que tanto me costaba mantener me jaló de regreso. «Alejandro, ¿qué demonios te pasa?» «No intentes hacer una escena de película barata.» «No tienes derecho.» «Ni siquiera te cae bien.» «Ni siquiera… importa.» Volví a meterme en el auto. Respiré. Otra vez. Una. Dos. Tres veces….. Tampoco ayudó tanto. Pero al menos no salí a empujar a nadie. Saqué el teléfono para marcarle. —¿Ya llegaste? O acaso todavía no consigues un helicóptero para venir a buscarme —contestó April, con ese tono que me sacaba de quicio. Ligero, burlón. Respire una vez más y apretando los dientes, respondí. —Niñita, ven a mi auto en menos de dos segundos o me aseguro de arrastrarte aquí. —le dije. Y colgué antes de que pudiera replicar. Mi cuerpo ardía. Sentía el calor subirme por el cuello, por los brazos. «¿Por qué me siento así con esta niñita?» «¿Por qué me molesta tanto?» «¿Qué me pasa…?»
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