6.Es perfecto para esconder

1789 Palabras
Con el celular aún en la mano, observé cómo Alejandro cortaba la llamada sin más. Había impuesto que debía ir a verlo, pero ni siquiera se había tomado la molestia de decirme dónde estaba. Fruncí el ceño, volví a marcar su número. —Te dije que tenías dos segundos para venir, y no has llegado —contestó, seco, sin el más mínimo atisbo de cortesía. —¿Y cómo se supone que aparezca, por arte de magia? si ni siquiera me dijiste dónde estás. Porque, a simple vista, no te veo por ningún lado —repliqué con sarcasmo, mordiéndome la lengua para no decir algo peor. —Voy a bajarme del auto. ¿Puedes verme ahora? —preguntó. Y entonces lo vi. De pie, detrás de un par de autos estacionados cerca de la cafetería, con esa expresión suya que mezcla autoridad y fastidio, pero absurdamente atractivo. Levanté la mano con una sonrisa forzada y le grité: —¡Ya voy! —¿Ya llegó Alejandro? —preguntó Abby con entusiasmo. —Sí —respondí, tratando de sonar tranquila. —¿Quién es Alejandro? —preguntó Lucas, nuestro amigo y compañero, con curiosidad. —El novio de April —soltó Abby, con ese tonito juguetón que la caracteriza, pero por suerte manteniendo en secreto, que en realidad es mi esposo. —¡Vaya, April! No sabía que tenías novio —dijo Lucas, con ese aire dramático y encantador que lo hace parecer siempre listo para una telenovela. Porque sí, él era gay, y absolutamente fabuloso. —Bueno, chicas, que les vaya bien —se despidió, lanzándonos un beso al aire con una sonrisa cómplice. Abby me tomó del brazo sin previo aviso y, como buena fuerza de la naturaleza que es, me arrastró casi a trote hacia donde estaba Alejandro. Yo, por dentro, comenzaba a inquietarme. Conociéndolos a ambos… no descartaba que, en cualquier momento, termináramos en una escena que rozara un caos diplomático. —Hola —saludé, con un intento de cortesía que Alejandro recibió con la misma calidez de una puerta de acero. —Ya estás lista. Sube al auto —ordenó, sin siquiera mirarme, como si fuera parte de su agenda del día, entre una reunión de negocios y una junta con inversionistas que tampoco le agradaban. —¿No te enseñaron modales? —intervino Abby, cruzó los brazos, con las cejas arqueadas y el tono desafiante que anunciaba tormenta. —Claro que sí —respondió él, con una media sonrisa que no alcanzó los ojos—. Pero solo los practico con personas que me resultan agradables. Y tú, sinceramente, no calificas. Silencio. Breve, pero denso. Pude ver cómo Abby afilaba su lengua. Su expresión era la de alguien que está a punto de soltar una verdad tan filosa que podría romper vidrios blindados. Así que, con un gesto sutil pero firme, le di unas palmaditas en el brazo, rogando que no lo asesinara verbalmente en un lugar público. —Vamos, que no tengo mucho tiempo como para perderlo así —insistió Alejandro, abriendo la puerta del auto con impaciencia—. Soy un hombre muy ocupado. Abby, lejos de achicarse, dio un paso al frente con una sonrisa irónica, esa que usaba cuando estaba a punto de dar el golpe final. —Esperemos que con lo ocupado que estás, al menos ganes suficiente para comprarle a mi amiga un departamento decente —dijo con voz dulce, pero afilada como veneno con perfume—. No sé… algo modesto. Unos 30 millones de dólares, frente a Central Park, mínimo. Y con ascensor privado, obviamente. Alejandro alzó una ceja. Su expresión pasó de exasperación a diversión en cuestión de segundos. —Ja —soltó una carcajada seca—. Para que veas que tengo mayor capacidad que eso, le compraré uno de 50 millones. Con vista al parque, terraza panorámica… y lo mejor es que tú no estás invitada a conocerlo. —Perfecto —replicó Abby, sin perder la sonrisa—. Conociendo tu ego, debe tener tu cara en cada pared. No pude evitar soltar una risita. No por la discusión en sí, sino por el espectáculo que estos dos montaban cada vez que se cruzaban. Si alguien quería una serie digna de Netflix, bastaba con ponerlos en una habitación juntos y ver quién explotaba primero. Pero, en el fondo… había una emoción interna difícil de poner en palabras, una especie de cosquilleo en el pecho que no tenía nada que ver con metros cuadrados ni vistas panorámicas. Sabía que no era por el departamento. Alejandro podría comprarme una casa en Marte si se lo propusiera y lo haría con tal indiferencia que hasta parecería un favor menor, pero eso no era lo que realmente me conmovía. Lo esencial, lo verdaderamente valioso, era que él, en persona, se había tomado el tiempo de venir a buscarme. Que fuera él quien insistiera en adquirir ese departamento. Esa supuesta visita inmobiliaria no era más que una excusa torpe, sí, pero cargada de intención para compartir un par de horas fuera del guion que ambos fingíamos seguir. Sus gestos bruscos, sus frases cortantes, todo eso no eran más que una fachada. Una armadura que, por alguna razón, yo quería atravesar. Estaba dispuesta a todo para recuperar al “Alejandro” que conocí, ese del que me enamoré antes de que el poder, el apellido y su arrogancia se apoderaran de él. Suspiré. Me giré hacia Abby para despedirme. —Cuídate, ¿sí? Ella se inclinó y me susurró al oído, sin perder su estilo dramático: —Exprímele hasta el último centavo, pero que no se te note en la cara. Reí, negando con la cabeza, mientras ella me guiñaba un ojo. A veces me preguntaba si Abby no era en realidad una hermana separada al nacer. Me conocía demasiado bien, incluso en medio de mis decisiones más impulsivas. Sabía que esto no era un simple capricho. Que detrás de todo ese enredo emocional, yo lo amaba. Por eso me apoyaba, con su humor ácido y su corazón de oro. Ya dentro del auto, encendí el estéreo. La música comenzó a sonar suavemente. —¿Eso es… Mana? —preguntó Alejandro, lanzándome una mirada entre desconcertada y sorprendida. —¿Esperabas reguetón? —respondí, arqueando una ceja mientras buscaba otra canción en la lista. —No —admitió, encendiendo el motor— solo que realmente no esperaba que tuvieras buen gusto musical, para ser una niñita irritante. —Y yo no sabía que un magnate podia encajar con mi gusto musical —repliqué, sonriendo con malicia—. Pero aquí estamos, conviviendo civilizadamente. De fondo, la voz del vocalista de Mana con su canción “Mi religión”comenzaba a llenar el auto con un ritmo lento y nostálgico. Durante unos minutos, ninguno de los dos habló. El tráfico avanzaba despacio, pero no tanto como nuestros pensamientos. Y mientras él conducía, serio, contenido, fingiendo que no le importaba… yo lo observaba de reojo. Porque si algo tenía claro, es que esa no era una simple visita inmobiliaria. Era mi oportunidad. Mi pequeña misión no declarada. Por lo pronto, ya sabía cuál era la canción que ambos disfrutábamos, y eso, aunque sencillo, significaba mucho para mí. Era un pequeño pero firme paso en este largo camino que apenas comenzábamos a recorrer. Cuando llegamos, la agente inmobiliaria con la que yo había coordinado la visita resultó ser una mujer joven, de apariencia impecable, para qué negarlo, demasiado atractiva como para pasar desapercibida. Era una castaña de melena pulida, cuerpo escultural y un andar ensayado, dejando claro que cada paso estaba coreografiado para causar impacto. Llevaba tacones de aguja, un blazer entallado y una sonrisa que parecía más parte de su estrategia de ventas que una muestra auténtica de amabilidad. Me pareció totalmente fuera de lugar e incluso atrevido, cuando saludó a Alejandro con una coquetería descarada, ladeando la cabeza y alzando una ceja con fingida inocencia. —Encantada, señor Lennox… —dijo alargando innecesariamente la “x” final, como si fuera la nota sensual de una canción. Estaba a punto de sentirme incómoda, quizás hasta celosa, cuando algo me descolocó por completo: la indiferencia con la que Alejandro la despachó. —Señorita McGregor —respondió él con su tono habitual de “no tengo tiempo para tonterías”—, la última palabra la tiene mi esposa. Así que, por favor, consúltelo con ella. Si le gusta, cerramos el trato de inmediato. Mi ceja se arqueó tan alto que rozó la atmósfera. ¿Esposa? La agente, que claramente esperaba una conversación menos… matrimonial, pestañeó un par de veces intentando que su cerebro se reinicie procesando lo que escuchó. —Oh, disculpe. No sabía que era su esposa —dijo, dirigiéndose a mí sin demasiada convicción—. Pero dígame, señora Lennox… ¿le gustó el departamento? Me tomé un segundo dramático antes de responder, con mi mejor sonrisa falsa y tono dulce-venenoso. —Sí, me fascina. Aunque si tuviera que compartir este lugar con él a diario… probablemente no saldríamos demasiado. Ya sabe cómo son los matrimonios jóvenes: adictos a encerrarse —añadí, con una sonrisa maliciosa y un guiño cómplice dejando en claro mi postura de esposa. Alejandro soltó una risa breve que no pudo disimular ante mi comentario. Yo le dediqué una sonrisa dulce, de esas que anuncian tormenta. La agente carraspeó, visiblemente incómoda. —Entonces… ¿sí lo van a tomar? —Sí, lo quiero —respondí, dándole la espalda a Alejandro para observar la vista panorámica—. Es perfecto para esconder un cadáver.—dije en tono muy sarcástico. —Y ventanas grandes para ventilar el crimen —añadió él, acercándose a mi oído—. Aunque dudo que encuentres una alfombra que logre silenciar niñitas parlanchinas. —Oh, lo intentaré. Hay tiendas maravillosas en Marruecos y te sorprenderías lo que uno puede encontrar. La agente nos tendió los papeles con una sonrisa tensa. —Bueno… cuando estén listos, aquí están los documentos. Alejandro tomó el bolígrafo, me lo ofreció con una ligera reverencia exagerada. —¿Primero las damas, o prefieres que yo firme primero y te salve de tener que leer la letra chica? —Por favor, firma tú. Yo estoy aquí solo para asegurarme que cumplas tu palabra. Firmamos los papeles. Todo parecía claro, casi tangible. Sin embargo, mientras deslizaba la pluma de vuelta a su estuche de cuero y la agente nos ofrecía las felicitaciones de rigor, una sensación indefinible comenzó a instalarse en mi pecho. No sabría explicar por qué, pero algo en mí comprendió que en ese departamento no solo íbamos a construir recuerdos… también íbamos a ocultar verdades. Y algunas de ellas, intuía, dolerían más que cualquier mudanza.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR