—Señores Lennox, ¿cuándo desean hacer la mudanza? Así podríamos coordinar con el edificio.
La agente nos entregaba la llave. Su tono intentaba sonar lo más profesional posible, pero en sus ojos pude ver cierta molestia hacia mí en el momento en que Alejandro se distrajo mirando los ventanales.
—Cuando mi esposa decida. Debo mantener al amor de mi vida contenta para no terminar durmiendo en el sillón.
Pude notar el ligero tono de broma en su voz, relajado, como si la hostilidad que había mostrado hacia mí desde el día de nuestro matrimonio se hubiera desvanecido por un instante. Me miró. Esos ojos color caramelo tenían una profundidad tan envolvente que podrían bastar para desestabilizarme.
Él era el huracán, el terremoto, el tsunami… y yo, solo una pobre flor intentando sobrevivir a sus embates. Pero esta flor también tenía espinas.
Aunque no se lo dejaría saber.
—Entonces, espero verte mañana con las manos listas para decorar. No puedo vivir sin ti, ¿recuerdas?
Mi comentario hizo que alzara una ceja; pude ver una diminuta sonrisa en una de las comisuras de sus labios. Y entonces… todo desapareció.
Una chispa me recorrió la espalda: helada y cálida a la vez. Sus ojos penetrantes me sacudían de una forma que me dejaba sin defensas. Sabía, con certeza, que si me permitía ser tocada, me derretiría en sus manos.
¿Lo dejaría?
Sí.
Deseaba hacerlo.
El carraspeo de la agente hizo que la burbuja entre nosotros explotara.
—Comprendo. Son libres de hacer lo que deseen. Me retiro.
Noté cómo salía con rapidez, intentando conservar algo de elegancia. No había en ella ni una pizca de deseo de seguir allí. Daba la impresión de que huía del aire que entre nosotros se formó, y para ella era altamente tóxico. Al escuchar la puerta cerrarse, Alejandro volvió a mirarme con detenimiento.
—¿Mañana? —Alzó una de sus cejas, mostrando una sonrisa ligera, pero que parecía divertirse.
—Así es. ¿Algún problema? —respondí con elegancia en la voz.
—Para nada. Solo que estaré algo ocupado.
Su voz sonó lejana, como un susurro cargado de mentira… o tal vez de algo más.
—¿Ah, sí? Pues tendrás que hacer un espacio en tu agenda para ayudarme.
—No puedo. Estaré muy ocupado.
—Oh, ya veo… Entonces tendré que pedirle ayuda a Abby.
—No la quiero en mi casa. —Su voz fue un mandato. Sus ojos, entrecerrados, me escudriñaban como si quisieran diseccionarme.
—Bueno, es eso… o pedirle ayuda a mis amigos.
—¿Amigos? ¿Como el chico que vi?
Su voz sonó gruesa. Olía a peligro. A amenaza. Sus ojos brillaban con ese resplandor que anuncia que está a punto de destruir algo.
—Bueno, tal vez sí —respondí con suma inocencia—. Ya que mi esposo estará tan ocupado, tendré que pedir ayuda a mis amigos hombres… ya sabes, para que me ayuden a mover los muebles.
—Puedes pedirle eso a los hombres de la mudanza.
—Es que me tomaría mucho tiempo, no podría. Además… —sonreí con ironía—. Si no puedes cargar un mueble, admítelo. No tienes por qué ocultarlo.
Sus ojos, que normalmente son claros, se oscurecieron, anunciando que una tormenta se avecinaba.
—Mañana vendré a las tres con mi secretario. Así te aseguras de no traer a ningún hombre aquí. Vamos, te llevaré a casa.
—¿A casa? Eso es imposible. Mis padres están allí.
—¿Y? Eres mi esposa. ¿Acaso me estás ocultando?
—Tal vez sí. No necesito que sepan que estoy casada con un ogro.
—¿Ogro? —Dio un paso imponente hacia mí. El aire entre nosotros cambió de forma tan brusca que me dejó sin aliento.
Mi cuerpo reaccionó a su cercanía. Se acercaba más. Su andar imponente me hizo retroceder. No por miedo, sino por reflejo. Caminé hacia atrás hasta que choqué contra la pared. Él levantó una mano con tortuosa lentitud y la apoyó al lado derecho de mi cabeza. Sonrió. No con alegría, sino con esa sonrisa que dice: “te tengo justo donde quiero”.
—April, ¿acaso te avergüenzas de mí? Déjame decirte que soy un partido demasiado bueno.
—Alejandro… —Intentaba respirar con lentitud, obligando a mis neuronas a mantenerse cuerdas—. No seas tan egocéntrico. Tal vez no lo seas tanto.
Frunció el ceño, sin poder creérselo.
—Tengo mucho dinero.
Rodé los ojos. ¿Acaso estaba diciendo lo que creía que decía? El dinero era lo último que me importaba. A pesar de que mi cuerpo temblaba por él, mi mente estaba totalmente en blanco en ese momento.
—Alejandro, si quisiera tener dinero, me habría casado con un cajero automático. Le pondría rueditas y me lo llevaría a donde fuera. Yo no me casé contigo por tu dinero.
Mis palabras lo descolocaron. El tono que usé pareció confundirlo. Quiso decir algo, pero su teléfono comenzó a sonar de forma insistente. Sin moverse de su posición, revisó quién llamaba. Al ver el nombre en pantalla, hizo una mueca.
—Es importante, es mi madre. ¿Segura que no quieres que te lleve a casa?
—No. Yo llegaré sola. Solo recuerda que debes venir.
Por unos segundos se quedó mirándome, sin saber cómo despedirse. Al final bajó la mano y pronunció un “hasta luego”. Su tono de voz era suave, tan suave que parecía acariciar una rosa.
Salió… y con él se fue la presión que llenaba la habitación.
Por fin pude respirar.
Llevé mis manos al pecho, sonriendo mientras miraba el enorme ventanal. Vi mi reflejo bañado de luz; la posición del sol iluminaba justo ese rincón.
—Alejandro… haré que te enamores de mí sin que te des cuenta.
Después de ese encuentro, decidí que no podía perder tiempo. Si quería que Alejandro se enamorara de mí, debía actuar. No con palabras, sino con acciones. Y qué mejor forma de empezar que decorando el lugar que, de algún modo, ya sentía mío.
Ese mismo día ordené algo a través de una aplicación para comer, mientras en mi cuaderno dibujaba lo que me gustaba de esta casa. Incluso, en mi imaginación juguetona, visualicé un cachorro moviéndose de un lado a otro. Sin poder evitarlo, sonreía de alegría, pues solo tenía que planear con actos lo que deseaba. Mi madre, una que otra vez, me relató cómo mi padre la enamoró. Y yo, hija digna de su apellido, haría lo mismo con Alejandro.
Me comía mis fideos chinos frente al ventanal. Mi reflejo me daba la bienvenida a este mundo, el que sería mi mundo. Tras limpiar, bajé de mi piso al que me aseguraría de convertir en nuestro hogar. Tomé un autobús que me llevaría a casa y, mientras el tiempo pasaba, utilizaba la supuesta tarjeta de mi flamante esposo.
Desde mi teléfono comencé a ordenar un juego de habitación, cuadros, sala… todo lo que pudiera llegar al día siguiente y fuese lo suficientemente costoso para recibir una llamada de mi esposo gritando qué estaba haciendo…
Pero no hubo nada. Así que compré todo lo que, según la aplicación, llegaría para mañana. Al llegar a mi casa, intenté no interactuar demasiado ni con mis hermanos ni con mis padres. Sabía que, si notaban mi emoción, descubrirían que algo había pasado.
Durante la noche, tras cenar, quería escribirle un mensaje de buenas noches a Alejandro, pero decidí no hacerlo.
¿Por qué?
Pues con lo que tenía planeado, haría que él fuera el que tuviese la iniciativa de enviarme mensajes todas las noches.
Esa noche dormí lo justo. Salí en mi horario habitual, a las ocho de la mañana. Pero no iría a la universidad… ¡claro que no!
Tenía algo más importante que hacer.
Misión: enamorar a Alejandro.
Decoraría el apartamento de una forma tan espectacular que apenas pudiera respirar al verlo.
Abby se apuntó para ayudarme, así que no estaría sola. Al llegar al apartamento, Abby miró todo de lado a lado e hizo una mueca.
—Vaya… el señor “puedo comprarle uno de 50 millones” sí cumplió. ¿Cuánto le quitaste por esto?
—En total gastó ochenta millones de dólares, sin incluir los muebles, que costaron treinta mil más.
—April, estoy orgullosa de ti —sonrió Abby de oreja a oreja.
Una hora después llegaron algunos muebles. Abby me ayudó a mover los más ligeros. Había traído un pequeño altavoz, donde me encargué de poner “Oye mi amor”, de Maná. Entre risas y bromas, movíamos electrodomésticos y cajas. El tiempo volaba. Me sentía como una pequeña delincuente que faltó a clases por algo que le causaría un infarto a mi padre… pero no me importaba.
En este momento…
En este preciso momento, era completamente feliz.
Había adquirido algunos cuadros, los cuales coloqué donde quería. Dejaría a Alejandro con el trabajo duro de colgarlos. Nos sentamos en el suelo para descansar; habíamos estado en constante movimiento y ya me empezaban a doler los pies. Mientras descansábamos, la puerta sonó. Abby detuvo la música, que sonaba desde mi celular.
—¿Ya llegó Alejandro?
Miré la hora. Eran las doce. Estábamos tan ocupadas que no lo notamos.
—Dijo que vendría a las tres —murmuré, ligeramente pensativa, pues en eso habíamos acordado.
—¿Y si es un vecino sexy? ¿Te imaginas… como en las series de Netflix? Terminas con un hombre fortachón que quiere una noche contigo —se levantó.
—Abby, eres muy creativa —ella me ofreció su mano para levantarme.
—Lo sé. Por eso seré una gran diseñadora —sonrió.
Ambas reíamos tras la broma, hasta que escuchamos que la puerta se abría… y luego se cerraba.
Mi mirada se alzó. Frente a mí estaba una mujer de cabello n***o azabache, ojos azul verdoso y una sonrisa cómplice. La miré sorprendida, mientras Abby tomaba su teléfono como si fuera un arma.
—¿Quién eres y qué quieres? ¡Aléjate! Soy cinta negra en karate, puedo matarte.
—¿Matarme? No quiero morir. Solo quiero embriagarme —la mujer levantó dos botellas de champán, sonriendo—. Soy Anastasia, tu cuñada.
Mi rostro debió ser un poema, porque ella rió ligeramente. Tenía esa misma sonrisa misteriosa de Alejandro: la de “haré que hables aunque no quieras”.
—¿Qué? Cuando fue a casa de mamá ayer y actuaba con tanto secretismo, no pude evitarlo. Mientras fue al baño, aproveché para robarle la dirección de su celular… y la copia de su llave. Solo quiero que seamos amigas.
—¿Embriagándonos a las doce del día, un viernes? —preguntó Abby, a la defensiva.
—Pues eso también —rió Anastasia—. Una buena mudanza lo necesita.
Mis ojos se posaron en ella. Parecía una bomba de tiempo disfrazada de libertad… pero, detrás, había alguien dispuesta a todo para descubrir la verdad.
—Vamos, cuñada. Solo quiero que nos llevemos bien. Además, si tomas conmigo… tal vez te pueda decir cosas que te interesen sobre Alejandro —me guiñó un ojo.