Pollie Robert se había encargado absolutamente de todo. Como si fuera mi caballero de brillante armadura, había organizado todo tal como yo lo habría querido. No tuve que volver a la funeraria. Se decidió que papá sería enterrado aquí, en nuestra propiedad, en la tierra que tanto amaba. No tuve que escoger flores ni música ni crear una presentación de fotos: de algún modo, Robert encajó todo eso en su apretada agenda, además de estar aquí cada noche. Me había dado espacio para respirar cuando no creía poder hacerlo. Me había dado consuelo, paz. Me quedé frente al ataúd abierto. Ya habíamos dado nuestros discursos y permitido que quienes quisieran despedirse de él se acercaran. Pero yo no podía terminar. No estaba bien; su ataúd estaba vacío salvo por su cuerpo. Me encantaría ser enter

