VIII: Un sueño peculiar

971 Palabras
Capítulo ocho Narración: Nikolai Daddario Su mirada era muy intensa, pero definitivamente me estaba acariciando la mejilla, sin repulsión ni miedo. —Eres más de lo que crees....—murmuró. —No te merezco...—corrí la cara, perdiendo su toque. Ni siquiera sabia lo que en realidad quería; por un lado ansiaba perderme en sus brazos, pero por el otro deseaba correr lo más lejos posible de ella. Su cabello ondeba al viento, n***o como la noche y, sin embargo, con un resplandor violeta. Estaba tan preciosa con ese vestido blanco y esos ojos...oh dioses, grises como la luna que iluminaba el contorno de su precioso rostro. —Oh, no, yo no te merezco a ti, soy una maldita afortunada —sonrió y tomo mis mejillas con ambas manos—, pero si no me quieres a tu lado y crees no poder amarme... No, yo te quiero conmigo. Y quizás ése fue el verdadero motivo de interrumpirla, porque la bese. Y demonios si sus labios no me sabían a gloria. ✻ ✻ ✻ Desperté sintiéndome muy relajado, demasiado diría yo. No tuve pesadillas por primera vez desde lo que paso con Blanca. Pero si recordaba el sueño. Sentí algo a mi lado y me sobresalte. Derecca estaba dormida en mis brazos; abrazaba mi torso y tenia la cabeza en mi pecho, sentía su cálida respiración en mi cuello. Yo la había abrazado por la cintura y mi cabeza estaba en su cabello, manteniendo nuestras piernas entrelazadas. Olía a vainilla derretida. Maldita sea, esta fue una mala idea. —Hey, despierta —la comencé a sacudir suavemente. Abrió los ojos de sopetón y gruñó al ver mi rostro. —Dioses, que inoportuno eres. Con cuidado, me separe de ella y me levante de la cama. Se sorprendió cuando cayo en la cuenta que habíamos dormido juntos. Rápidamente me dirigí al baño y me duche. Me vestí con una camisa negra con estampado de calavera, vaqueros negros y converse negros. Ella camino al baño, y antes de entrar murmuro un: "Esperáme". No iba a hacerlo, pero después de lo de ayer creí que seria bueno que lo haga. Salio quince minutos después, vestida con unos pantalones de cuero negros, una blusa de tirantes color morado con la leyenda "Stupid Society", botas de cuero hasta las rodillas, un lazo n***o en el cuello y con el cabello atado en una coleta alta. Sus ojos eran grises. «Vaya, qué preciosa», pensé. Aunque había algo que picaba al fondo de mi mente al mirar sus ojos, algo que no logré identificar. Alcé una ceja. —¿No usarás la camiseta del campamento? —pregunté. Ella también alzó una ceja. —¿Acaso tú lo haces? Rodé los ojos y salí de la cabaña, con ella siguiéndome. Algunos campistas nos miraron con la boca abierta, mejor dicho; la miraron. Claro que lo hacían, ella es bellísima. Con los labios rojos sangre, ojos decididos y cuerpo de infarto. Si mis gustos fueran otros, definitivamente ya me la hubiera tirado. Pero no era así, aunque lo de Perseo es cosa del pasado, creo que si llegue a creer que el me gustaba, ya era gay, ¿no? —Y...¿cómo dormiste? —preguntó de repente. —Bien. —¿Algo que comentar? —No. Ella suspiro. Y luego me dirigió una mirada de contenida exasperación. —Hablas tonterías entre sueños —murmuró y camino en largas zancadas al comedor. «¿Qué carajos?», pensé. Ande con la cabeza gacha mientras seguía caminando, no quería llamar la atención de nadie. Repentinamente, sentí una presencia a mi lado. —Lo siento —dijo. Alce la vista y ahí estaba ella, mirándome con culpabilidad. —No importa. —No, no —me interrumpió—, me he comportando como una gruñona. —Típico de hijos de la muerte —dije simplemente a modo de broma. Ella sonrió. —Si, exacto. Yo no soy precisamente así; creo que descubrir de quien soy hija hizo la diferencia. Asentí con comprensión. —Te entiendo. Ella me miro confundida pero no dijo nada. —A que te gano, tortuga infernal —dijo antes de comenzar a correr lo que faltaba para llegar al pabellón. ¿Y como no?, yo también fui corriendo, siguiéndole el paso. Sólo que ella olvido algo muy importante: el viaje sombra. Por lo que llegue obviamente primero que ella, ganándome una mirada fulminante de su parte mientras llegada corriendo. Ah, dioses. Aún así contó como trampa. —Te gane —canturreó Derecca por décima vez. Yo no había tenido otra elección al ver su mirada poco amistosa por mi trampa, así que regresé a dónde estaba y ella terminó llegando primero. Rodé los ojos. —Si, ya, no hagas tanto drama...te deje ganar, por pena. Rió. Tenía una dulce risa, aunque un poco profunda, le hace ver muy femenina pero diferente a las hijas de Afrodita. —Cuéntame...¿Qué cosas importantes han pasado aquí? —preguntó repentinamente. No creía que fuera buena idea, pero decidí hacerlo; le conté La Guerra de Cronos y La Guerra de Gaia. No era muy bueno contando todos los detalles, principalmente porque en muchos de esos sucesos no estuve presente, pero traté de contárselo lo más rápido posible con simples divagues de cómo fue y de manera breve. Al finalizar, ella me miro horrorizada. —O sea que cara de tierra te encerró en una vasija —murmuró con sorpresa. Hice una mueca. —Así es. —Demonios, ¿no eres claustrofóbico? Hice una mueca. —Un poco, a decir verdad. —Bueno, pues debiste de ser muy valiente para no tener ningún trauma, pero eso no lo hace mejor. Vaya, eres una bestia —me miro con admiración verdadera. Sentí mis mejillas arder. —¿Con quién vas a entrenar? —pregunté para cambiar de tema. —Terry Lightwood se había ofrecido, pero también quería pasarme por el taller de León, ya sabes, cosas de familia —hizó una mueca graciosa. Me sentí muy decepcionado. —¿No quieres ir... A los campos de fresa conmigo después de eso? —preguntó. Desvíe la vista. —Nadie quiere estar conmigo. —Yo sí —respondió de inmediato. Me encogí de hombros, pero por dentro no sabia ni que sentía, algo parecido a unos vuelcos que me hacían sentir incomodo por la desconocida sensación. —De acuerdo. —Te vez muy tierno cuando frunces el ceño —dijo mientras ‘casualmente’ comía una manzana. Me levante de mi asiento al terminar de comer y musite un: “A las cinco”. Salí de allí, esperando que llegara el momento, aunque también necesitaba estar solo. Para pensar en el sueño.
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