Capítulo 11

914 Palabras
En la mañana es la misma rutina, a las cinco de la mañana llegamos a hacer el rosario, todas estamos de rodillas y como estamos castigadas nos toca repetirlo una segunda vez, para mí no es problema, pero las chicas empiezan a quejarse del dolor en las rodillas, apenas acabamos y se sientan estirando los pies. Se miran unas a otras y después a mí. No entiendo lo que sucede con ellas. ¿Acaso quieren hacerme alguna pregunta? Nos levantamos y terminamos nuestras oraciones y en silencio salimos de la catedral. Me dirijo a mi habitación para llamar al sacerdote; necesito comunicarle lo que investigué. El teléfono de mi trabajo parece una caja, tiene tres botones y es táctil, está programado para realizar llamadas y recibirlas de ciertos números, es solo poner las coordenadas para realizar la llamada. Suena al segundo timbre. —Buenos días, sacerdote —-le digo guardando todo mi respeto. - Rom, buenos días, ¿tienes noticias? - ¡Apolo Morata! ¿Es él?—le pregunté. - Sí, investiga todo lo que hace, con quién trabaja, quiénes son las personas a su alrededor, y espera órdenes - cuelga la llamada, siempre hace lo mismo. —-Así que eres mi misión—pienso. Me siento en el suelo frente a mi cama y saco mi computadora portátil, digitando el nombre de Apolo Morata para buscar en el mundo bajo, todo lo que este hombre hace. Encuentro con la muerte reciente de su padre y los negocios ilícitas que ya sabía qué hacía. Me detengo un momento para pensar en él, en la manera de hablar, la forma en que espero a que yo quisiera tener una conversación. Este hombre realmente no parece malo, no parece a los hombres que estoy acostumbrada a matar. En realidad, no me dio ni un signo de ser mala persona. Si es mafioso y tiene negocios ilegales, pero no trafica con mujeres ni niños, ¿qué habrás hecho para que estés en la mira de la iglesia? El día continúa, y suena la alarma para el almuerzo. Esta muy tarde, me he saltado el desayuno. En el almuerzo me acerco a las tres chicas que me llaman, una de ellas es Sam. Apenas estoy aprendiendo los nombres, no presté atención la primera vez que los dijeron, pero ahora ellas pueden ser una clave fundamental en la investigación. —Nunca nos habían descubierto —dice Mía—. Alguien tuvo que decir algo, seguro que alguien fue a llamar a la madre —dice muy despacio en un susurro. - Podemos intentarlo esta noche —habla Sam y la miro—. Nos quedamos a ver quién la llama —susurra. Estas chicas ya no me parecen tan brutas ni huecas, empiezan a caerme muy bien, son divertidas. - Pueden descansar esta noche, hacerle creer a la madre que solo fue un acto de rebeldía y que no vuelve a pasar. Apaciguar las aguas, le dicen —le levantó los hombros y continuó comiendo. - Noa, tiene razón, podemos portarnos bien por lo que queda de semana. Todo va a volver a la normalidad — miró a Mía mientras habla. La conversación quedó así: unas susurran y otras asienten. Y yo continuo comiendo, necesito entrenar esta noche y para eso tengo que alimentarme muy bien. La tarde transcurre y la cena llega. Las chicas están planeando la manera en descubrir a la soplona, hacen algún tipo de plan para ello y de verdad que tienen buenas ideas. Entro a mi cuarto y tomo un baño, estoy tan relajada que siento unos pasos aproximarse. Me levanto despacio y tomo mi arma, escucho cómo le ponen seguro a mi puerta. ¿¡Me están echando llave!? Me da un poco de risa, nunca me ha detenido una cerradura si quisiera salir, pero quizás las chicas no están tan tranquilas, ni modo — levantó mis hombros—. Dejo mi arma y vuelvo al baño, quiero seguir relajándome. Después de que la catedral está en completo silencio, abro la puerta muy lentamente para subir a la azotea y entrenar. Una semana pasa y cada noche a las siete en punto llega alguien a echar llave a mi puerta, pero hoy voy a tener que escaparme y eso me emociona un poco. Mis habilidades con las cerraduras son muy buenas, pero tengo que pasar la seguridad sin ayuda y sin dejar que me vean. Hoy es sábado y necesito recolectar información. Llegó a la casa de Ana Clara y sonrió al verme. - Oye, chica, ha pasado una semana desde que te vi la última vez, pensé que ya te habías ido - me dice quitando su delantal. - Nos pillaron y nos castigaron, apenas pude volarme para venir. Necesito que me acompañes, quiero comprar ropa porque voy a ir a las carreras hoy - le digo muy despacio solo para que ella escuche. - ¿Por qué no vamos a una fiesta? ¡Morata, me invito! —Me mira con ojos de cachorro, me hizo recordar a mi amigo Luca, siempre los ponía cuando quería que hiciera algo — pero tienes que llevar un vestido y tacones, está en una de sus mansiones. Es una oportunidad perfecta para empezar a investigar, pero nunca he usado tacones. - No sé usar tacones - le digo descargándome en la pared. - Consigamos el vestido y los tacones, te voy a enseñar - me toma de la mano para salir de la tienda.
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