En todas estas noches que he compartido mi acolchonada morada con Elijah, no había tenido la necesidad de considerar siquiera agradecerle por los ronquidos, hasta esta noche. El constante zumbido de la locomotora que tengo por hermano me ayudó a permanecer despierta toda la noche, evitando que mi mente se desconectara y les cediera el paso a mis recuerdos. Me doy la vuelta en la cama, estirando la mano para alcanzar mi celular en la mesita de noche. Amaneció hace bastante, pero yo no he sido capaz de cerrar los ojos ni un segundo en toda la noche. Miro la hora, siete treinta de la mañana. Dios, el tiempo no corre, los segundos estirándose interminablemente, y los minutos reusándose a formarse. Me pongo de pie, aceptando que ya no me voy a dormir, y que es mejor levantarme, sin imp

