Faltando cinco minutos para las doce aparece el señor Borges en la entrada de la cocina, en la cual todavía sigo sentada al haber decidido permanecer aquí mientras Anthony regresa. Me siento ajena a todo, como una intrusa recorriendo el lugar sin que él esté aquí para enseñármelo. Para mí, mi apartamento es algo así como sagrado. Es donde soy realmente yo, sin etiquetas, sin presiones, sin compromisos sociales. Mi mundo. Así que, a pesar de que este lugar es tres o cuatro veces más grande que mi apartamento, para mí sigue siendo el lugar privado del señor Saint. Es una invasión lo que siento que estoy haciendo al curiosear por ahí. —Señorita Corelly —me llama el señor Borges—. Buenos días. Me doy vuelta hacia él. —Señor Borges —respondo a modo de saludo. —El señor Saint llamó a a

