Samantha
1 día...
1 día ha pasado desde que vi a mi secuestrador por primera vez, desde entonces no he vuelto a saber de él.
Pero sé que él si, hay cámaras dispersas por toda la habitación.
Esta situación me avergüenza, me siento súper incómoda aquí. He optado por pasar la mayor parte del tiempo llorando en el baño, ya que en la habitación me siento observada, juzgada...no consigo estar tranquila.
Aún no sé quién es, qué hago aquí o qué planea hacer conmigo y eso me está torturando, no puedo más con la preocupación.
—Buenas tardes, aquí está su comida— saluda y como desde el primer día, deja mi comida la cual ni siquiera estoy tocando...he conseguido mantenerme a jugos, me siento débil, pero no he tenido apetito.
—Señora—le hablo, pero esta me ignora, al igual que ayer.
—Señora, le estoy hablando— presiono, tratando de llamar su atención, pero sigo sin obtener respuesta, deja la bandeja y se va dejándome encerrada.
Llena de rabia y desesperación, comienzo a golpear la puerta.
—SEÑORA—grito mientras golpeo repetidamente—SEÑORAAA—continúo, pero no recibo respuestas—Usted sabe que yo no debería estar aquí, y está ayudando a estos criminales—trato de persuadirla—eso la hace cómplice, por lo tanto, parte del delito—pero aún nada.
La desesperación inunda mi cuerpo, halo mi pelo con fuerza mientras camino de un lado a otro por toda la habitación.
—¡Mierda, sáquenme de aquí!—vuelvo a golpear la puerta desesperada, lágrimas de angustia y frustración ruedan por mis mejillas.
—¡Sáquenme de aquí!—continúo gritando.
Yo no merezco estar aquí, no he hecho nada, no he sido mala, nunca he faltado con nadie.
—NECESITO QUE ALGUIEN ME HABLE O TERMINARÉ CON MI VIDA—amenazo—total, no podrán hacer nada conmigo si dejo de existir—continúo, pero no consigo obtener respuesta alguna. Nadie me cree capaz, ni siquiera él…
En busca de llamar su atención, tomo el cuchillo que ha sido depositado en la mesita de noche hace minutos, finjo acercarlo a mi brazo.
Es cuestión de segundos para que la puerta se abra con un trajeado hecho furia.
—¡Eres una maldita loca!—reclama mientras me agarra fuerte del brazo—¿cómo se te ocurre tratar de tentar en contra de tu vida?—sigue quejándose mientras sale de la habitación conmigo a rastras—te diré quien soy, así te dejas de estupideces inmaduras—se detiene de golpe—pero esto—dice arrebatándome el cuchillo con cierta agresividad—esto te saldrá caro.
Sigue caminando por toda la casa cada vez intensificando más el agarre en mi brazo.
—¡Auch!—me quejo, pero no recibo respuesta o algún cambio en la fuerza aplicada—¡Oye, me estás lastimando!—trato de hacerlo entrar en razón mientras golpeo su espalda, necesito hacerle entender que debe relajar su agarre.
—¡Qué irónico!, ¿tú no te querías suicidar?—pregunta sarcásticamente, sin embargo hace caso a mi petición.
Llegamos a un despacho y me suelta de un tiro en un sofá.
—¿Quién eres?—pregunto mientras lo observo servirse Whiskey.
—Alexander—dice obvio.
—No, ¿quién eres?—recalco mi pregunta.
—Alexander.—es lo único que contesta.
—¿Qué hago aquí?—pregunto mientras siento como una pequeña lágrima se escapa de mi ojo.
Siempre he sido una persona muy sensible, todo me hace llorar: si estoy triste, lloro; si estoy enojada, lloro; si no sé cómo sacar lo que siento, lloro; si estoy desesperada, lloro. A estas alturas, no sé si es un beneficio o simplemente una muestra de lo débil que puedo llegar a ser.
Estoy frustrada, me siento impotente.
—¿Planea venderme?— continúo preguntando.
—No Samantha, no planeo venderte, ¿acaso no estás viendo a tu alrededor?—pregunta ofendido—es obvio que no necesito dinero. Estás aquí porque yo lo decidí, porque te vi y decidí adueñarme de cada parte de tí, porque quiero que hasta el mínimo respiro tuyo me pertenezca.
—Alexander...—trato de hablar, pero me veo interrumpida por el mismo.
—Se escucha hermoso mi nombre en tus labios.
Ruedo los ojos.
—Me quiero ir a casa—trato de mantenerme serena, pero de nuevo empiezo a llorar—extraño a mis padres, ellos deben estar preocupados por mí, por favor, déjame irme—me tiro al piso rogándole, esta situación es vergonzosa, me estoy humillando.
—Y extrañas a tu novio—finaliza.
— Si quieres no lo vuelvo a ver—digo sincera, a pesar de la conexión que tuve con Andrew, si alejarme de él es el precio que debo pagar por mí libertad, no lo pensaré dos veces—solo déjame en la calle, regreso a casa y finjo que nada de esto pasó—trato de negociar—no te voy a denunciar—miento.
—Samantha, estamos en Italia—me dedica una sonrisa macabra—lo único que tienes es a mí—se agacha y retira un mechón que tenía pegado en la cara gracias a mis lágrimas—a tus padres no los volverás a ver—asegura con satisfacción.
Le doy un manotazo, lo último que quiero es tenerlo cerca de mí, su persona me repugna, es un monstruo vestido de clase y sofisticación, nadie normal decide secuestrar a una persona por pura diversión y se burla de ella en su cara.
Vuelve a sonreír y se acerca un poco más a mí.
—Tendrás que acostumbrarte a estar aquí conmigo—toma mi barbilla y deposita un beso fugaz en mis labios, lo que hace que todos mis sentidos de alerta se activen, ¿y si este hombre planea aprovecharse de mí?, es obvio que es un enfermo.
Abro mi mano e impacto su cara con toda mi fuerza. No dejaré que me toque.
—¡Eres una idiota!—sonríe descabelladamente—al parecer no te ha quedado claro quién manda aquí, a quien le tienes que hacer caso. Conmigo no te pases de lista.
Se coloca la mano en la mejilla donde recibió el golpe, y se acerca a un teléfono local que yace en el escritorio.
—Gastón, ven al despacho en seguida—es lo único que dice.
Es cuestión de segundos para ver entrar al hombre que orquestó mi secuestro, le dedico una mirada de odio, en estos momentos quisiera volver a tener el cuchillo en la mano.
Este tipo de personas que se venden por dinero son las que le dan el poder y el derecho a enfermos de hacer lo que quieran cuando quieran, sin importar a quienes les afecta.
—Llévala a la casa del patio.
El hombre, quien ahora reconozco como “Gastón”, lo mira incrédulo.
—¿Debes estar relajando verdad?—pregunta con total confianza.
—Llévala—repite con total seriedad.
—¡Alexander!—contesta Gastón tratándolo de hacer entrar en razón—ella no soportará ese lugar—por la confianza de sus palabras, puedo decir que tienen una relación más fuerte que “jefe y trabajador”.
—Necesita ser educada.
Es lo único que agrega antes de girar su rostro y mostrarle la marca roja de mi mano.
Gastón no vuelve a contestar, me toma y alza como saco de papas.
—¿Qué?, ¡nooo!—exclamo pataleando en su hombro, trato de golpearlo, pero ni se inmuta; parezco una pluma a su lado. Es un hombre alto y muy fuerte, por lo que decido rendirme al intento de causarle algún daño físico, y tratar de llegar a un acuerdo verbal—Gastón por favor—trato de convencerlo.
—El jefe dió una orden—es lo único que contesta.
Imbecil cabeza hueca.
Salimos de la mansión hacia el patio donde nos recibe una extensa piscina, es un patio muy moderno y bien ambientado, si me deja por aquí, tal vez pueda encontrar una salida o esconderme hasta idear un plan. El lugar es enorme.
Sin embargo, todo pensamiento e idea descabellada abandona mi cabeza, cuando veo que nos alejamos de la mansión y nos perdemos por un sendero lleno de árboles, esta parte de la casa me da malas vibras—señor por favor—trato de convencerlo una vez más, esto no me gusta para nada. Al fondo puedo ver una casa abandonada terrorífica, parece que nunca se ha dado mantenimiento allí, está despintada, luce húmeda, es puro block cubierto de hiervas y moho, parece un proyecto a mitad.
Y como si mi situación no pudiera empeorar, escucho ruidos de animales extraños, como cuervos o algo así, esto está muy alejado de la casa principal, desde aquí no logro verla. Por lo tanto, está lejos de alguna salida.
A medida que nos vamos acercando me arrepiento de haber agredido a mí secuestrador.
Quiero irme a disculpar con Alexander.
Llegamos al lugar y es aún peor por dentro…