Capítulo 1
Annelise Lior
La chimenea crepitaba frente a mí con una crueldad casi consciente, como si cada chispa disfrutara recordándome aquello que el fuego me había arrebatado tres años atrás.
Permanecía sentada en el sillón más antiguo de la mansión, el favorito de Julien. Desde allí solía revisar los informes del viñedo mientras yo le servía una copa del mejor merlot de nuestra cosecha y fingíamos que el mundo terminaba en aquellas paredes de piedra. Ahora el asiento era demasiado grande para una sola persona, demasiado frío para una casa que alguna vez rebosó de risas y demasiado vacío para un corazón que jamás había aprendido a sobrevivir sin él.
Apoyé una mano sobre mi frente para contener el mareo que amenazaba con hacerme perder el equilibrio. Con la otra sujetaba la notificación judicial con tanta fuerza que mis nudillos habían adquirido un tono blanquecino. El papel temblaba entre mis dedos, aunque ya no sabía si era por la respiración entrecortada que luchaba por controlar o por el miedo que se abría paso lentamente en mi pecho.
Mis exsuegros.
Los padres de Julien.
La única familia que creí conservar después de la tragedia.
Me estaban demandando.
Un sollozo escapó de mis labios sin que pudiera contenerlo y rompió el silencio solemne que envolvía la mansión. Afuera era Nochebuena. En todo Napa Valley las casas resplandecían bajo las luces navideñas, las familias brindaban, los niños reían y las mesas rebosaban de vida. Allí, en cambio, solo existíamos la chimenea y yo: el fuego consumiendo lentamente la leña mientras mis lágrimas terminaban de consumir los últimos restos de la mujer que alguna vez fui.
—¿Por qué...? —susurré con la voz quebrada, aunque sabía que nadie respondería.
Mi mirada descendió otra vez hasta el encabezado del documento. El apellido Delacroix destacaba en la parte superior con una frialdad insoportable. Aquel apellido que un día pronuncié con orgullo, convencida de que también me pertenecía, era ahora la firma que amenazaba con arrancarme el último vínculo que conservaba con Julien.
Ellos sabían perfectamente cuánto había luchado por mantener aquel legado con vida. Durante tres años cumplí cada una de sus condiciones sin una sola protesta. Mes tras mes deposité la cantidad exacta que exigían, siempre puntual, siempre transparente, sin apropiarme jamás de un centavo que no me correspondiera. Hice todo lo que me pidieron... incluso acepté la condición más cruel de todas.
Aquella noche, cuando me entregaron la administración de la hacienda, me obligaron a prometer que, si algún día volvía a enamorarme o permitía que otro hombre ocupara un lugar en mi vida, renunciaría a todo cuanto Julien me había dejado.
Acepté.
No porque fuera justo, sino porque no tenía elección. Necesitaba conservar el viñedo. Necesitaba los ingresos que producía. Mi verdadera vida dependía de aquella tierra, y ellos lo sabían.
Pero jamás rompí mi palabra.
Dios era testigo de ello.
Durante tres años no hubo otro hombre. No hubo nuevas ilusiones, ni citas, ni manos buscando las mías. Viví encerrada entre aquellos muros, dedicada únicamente a preservar el sueño que Julien había construido con tanto esfuerzo, convencida de que el sacrificio tendría algún sentido.
Y, aun así, no era suficiente.
Abracé la notificación contra mi pecho con desesperación, como si pudiera deshacer las palabras impresas entre el latido frenético de mi corazón.
—¿Qué más quieren de mí? —murmuré con la voz rota—. ¿Qué más tengo que perder?
La respuesta llegó sola, silenciosa e implacable.
Todo.
Pretendían quitarme el único vestigio que aún conservaba de él: el legado que me confió en sus últimos días, la última promesa que alcanzó a hacerme antes de que el fuego lo redujera todo a cenizas.
La casa entera se estremeció cuando una ráfaga de viento golpeó los ventanales, haciendo vibrar los cristales con un lamento profundo. Apenas lo percibí. Permanecía inmóvil, incapaz de apartarme del lugar donde mi mundo acababa de romperse por segunda vez. La demanda se deslizó lentamente entre mis dedos hasta descansar sobre mi regazo, como si incluso aquel papel hubiera adquirido un peso imposible de sostener.
Mi mirada se detuvo en la última página. Recorrí con la yema de los dedos la firma elegante e impecable que cerraba el documento.
Caleb Thorn.
El nombre no despertaba ningún recuerdo. Nunca lo había oído, nunca lo había visto, pero bastaba contemplar aquel trazo firme para imaginar al hombre que lo había estampado allí. Un abogado acostumbrado a ganar. Frío. Meticuloso. Implacable. Si había aceptado representar a los Delacroix, era porque estaba dispuesto a despojarme de todo cuanto aún conservaba.
Cerré los ojos y permití que las lágrimas corrieran sin intentar detenerlas. No era él quien me asustaba. No podía temerle a un desconocido cuyo rostro ignoraba. Lo que realmente me aterraba era descubrir que ya no me quedaban fuerzas para soportar otra batalla. Durante tres años había vivido sosteniéndome sobre las ruinas de mi propia existencia, convencida de que el sacrificio había valido la pena. Ahora, aquel documento amenazaba con derrumbar el último pilar que mantenía mi vida en pie.
Aun así, entre todo aquel dolor, algo se resistía a quebrarse.
La hacienda nunca había sido únicamente una herencia. Era el refugio donde aún podía sentir la presencia de Julien en el aroma de las barricas, en las hileras interminables de viñedos, en el crujido de la madera vieja bajo mis pasos. Era el lugar donde descansaban mis promesas, mis culpas y los recuerdos de una vida que el fuego me había arrebatado demasiado pronto. Y, sobre todo, era la única protección que aún conservaba para aquello que nadie debía descubrir.
Levanté la vista hacia la chimenea. Las llamas bailaban detrás de la rejilla de hierro proyectando sombras temblorosas sobre las paredes del salón. Durante un instante, el resplandor anaranjado dejó de parecer acogedor. Se transformó en una imagen demasiado conocida, demasiado cercana. El calor que desprendía era insignificante comparado con el infierno que había vivido aquella noche, pero aun así sentí un ardor insoportable trepándome por el pecho, como si las llamas hubieran encontrado la forma de alcanzarme otra vez.
Me abracé a mí misma mientras una nueva lágrima resbalaba por mi mejilla.
No.
No permitiría que me arrebataran lo único que Julien aún me había dejado.
No mientras pudiera respirar.
No mientras mi secreto siguiera dependiendo de aquellas tierras.
Mis ojos permanecieron fijos en el fuego hasta que el presente comenzó a desdibujarse. El crepitar de la leña dejó de sonar como una chimenea encendida y se convirtió en otro ruido. Uno mucho más feroz. Más violento. Más devastador.
El mismo rugido que había escuchado la noche en que las llamas cambiaron mi vida para siempre.
Y, antes de poder impedirlo, el pasado volvió a envolverme.