Pero no, no era mi momento de morir, estaba allí para aprender y aunque los nervios me comieran por dentro, y no supiera ni para que servía un caño, improvisé. Sentí el vaivén de la música y como buena venezolana, el ritmo estaba tatuado en mis venas, levanté la cara y solo divisé sombras, no sabía si había muchos o pocos hombres ni como lucían, aquello hizo que me tranquilizara, porque no podía ver la expresión en sus rostros. Comencé a mover mis caderas mientras me tocaba el abdomen, quería hacer un baile sensual y sexy, más no vulgar, entonces invoqué todos los recuerdos de las películas sobre night club que había visto y comencé a imitar los pasos. Serpentee como un felino alrededor del caño, lo tomé con una mano y trate de girar con mis pies aún en el piso. La música dio una nota alt

