El billar del campus era un rincón semiescondido donde los universitarios iban a relajarse entre clases, con luces bajas, música indie suave y mesas desgastadas que guardaban historias secretas en cada rayón.
Travis se inclinó sobre la mesa, apuntando con precisión. Vestía su camiseta blanca medio sudada del entrenamiento y una gorra hacia atrás. Su mirada estaba enfocada… hasta que la puerta se abrió.
—Ey, ey, ey… —murmuró Sam, enderezándose—. Cambio de clima.
Travis levantó la vista justo cuando entraban tres chicas. Todas del equipo de voleibol. Todas amigas de Hana. Y todas con mirada evaluadora.
La que iba al frente, una castaña con cara de “sé perfectamente lo que estás pensando”, levantó una ceja al ver a los chicos.
—Vaya, el comité de testosterona reunido —comentó con tono burlón.
—Y el escuadrón de Amazonas también —respondió Diego con una sonrisa. Siempre listo para el juego verbal.
—¿Ya se recuperaron de la paliza que les dimos en el último torneo mixto? —añadió la de rizos apretados, acomodándose junto a la barra.
—¿Ya se les bajó el ego? —replicó Travis, sin dejar de sonreír, mientras hacía su tiro con éxito rotundo.
—Wow —dijo una de ellas, entre risas—. Hasta cuando juega al billar tiene la necesidad de impresionar.
—Travis no impresiona —saltó la castaña con tono picante—. Travis presume.
El aludido se apoyó en su taco de billar, con esa sonrisa de medio lado que era su marca registrada.
—¿Y acaso no funciona?
Las chicas se miraron entre sí. Una se encogió de hombros.
—Supongo que depende de a quién estés intentando impresionar.
El aire se tensó apenas un segundo.
El nombre no fue dicho, pero flotó entre todos como perfume invisible.
—A mí no me parece nada impresionante —dijo una más bajito, pero lo suficientemente fuerte para que se escuchara.
—¿Y tu amiga? —preguntó Diego con una sonrisa traviesa—. ¿Ella tampoco se impresionó?
Las tres chicas rieron.
Pero la risa tenía filo.
—No sé, no hablamos de basura en la mesa.
—Auch —murmuró Sam.
Travis solo sonrió, como si todo le resbalara.
Pero por dentro… cada palabra caía como gota de ácido.
—Tranquilas, no muerdo —dijo, levantando las manos—. A menos que me lo pidan.
—Con razón a Hana no le interesas —disparó la castaña, directo y sin anestesia.
El nombre fue dicho. Finalmente.
Travis se congeló solo un segundo. Luego soltó una carcajada baja, con los ojos brillando.
—¿Quién dijo que me interesa?
Otra mirada en grupo.
—Claro, campeón. Sigue creyéndolo.
Las chicas se dirigieron a una de las mesas, dejando un rastro de perfume, risas contenidas y cuchillas flotando en el aire.
Rafa silbó bajito.
—Bro… te comieron vivo.
—Nah —dijo Travis, encogiéndose de hombros, aunque sus nudillos apretaban el taco con fuerza—. Solo calentaron el partido.
Diego se rió.
—¿Partido o guerra?
—Lo que sea… yo no pienso perder.
La partida de billar aún seguía caliente cuando la puerta del salón volvió a abrirse. Esta vez, no entraron risas… sino un murmullo arrastrado desde el pasillo.
Travis levantó la vista por inercia.
Y ahí estaba ella.
Selene Vázquez, capitana del grupo de atletismo.
Piernas de acero, mirada felina y una sonrisa de esas que nacen sabiendo que van a romper corazones. Entró flanqueada por su grupo de chicas como una reina que se sabe adorada. Su cabello castaño oscuro caía liso hasta media espalda, y la camiseta deportiva ajustada marcaba abdominales dignos de portada.
—Se puso interesante —murmuró Sam, en voz tan baja que solo Travis y Diego lo escucharon.
Selene clavó los ojos en Travis, sin ocultar que lo había notado desde el primer segundo.
Como si él fuera la única razón por la que entró.
Y caminó directo hacia ellos.
—Vaya, vaya… si no es el MVP de la universidad —dijo Selene, deteniéndose junto a la mesa de billar. Su tono era dulce, pero tenía filo.
—¿Y tú? ¿No deberías estar corriendo en círculos por ahí? —respondió Travis, apoyando un brazo en el borde de la mesa con su clásica sonrisa ladina.
Selene sonrió. Ese tipo de sonrisa que no dejaba claro si iba a coquetear… o a devorarlo.
—Hoy no vine a correr. Vine a jugar. —Le quitó el taco de billar a Rafa con una fluidez encantadora—. ¿Me dejas hacer una tirada?
—Depende —dijo Travis, siguiéndole el juego—. ¿Vas a hacer trampa?
—¿Y si sí?
—Entonces me encantas.
Las amigas de Selene rieron bajito. Diego, Sam y Rafa se intercambiaron miradas de “¿y ahora qué demonios pasa aquí?”.
Selene se inclinó hacia la mesa, su cuerpo perfectamente calculado, su perfume envolviéndolo todo. Apuntó… y encestó con un golpe limpio.
—Touché —dijo Travis, visiblemente sorprendido.
Ella se incorporó lentamente.
—Siempre doy en el blanco —susurró, y luego le guiñó un ojo antes de volverse a su grupito.
—¡Santo Dios! —exclamó Sam cuando ella se alejó—. ¿Qué fue eso?
—Eso, hermano… —dijo Diego, mirando a Travis—. Eso fue el principio del caos.
Travis no respondió.
Pero su mirada seguía clavada en Selene.
Y por un instante, ni siquiera recordó que horas antes había pensado en Hana.
Apenas Selene y su séquito se alejaron de la mesa de billar, tres chicas en otra esquina del lugar se miraron entre sí con ojos brillando.
—¿Viste eso? —dijo la castaña, aún con la mandíbula desencajada.
—Lo vi, lo escuché, lo olí y lo procesé —respondió la de rizos, ya sacando el celular—. Y esto no puede quedarse en nosotras.
—Código Rojo —agregó la tercera, ya escribiendo un mensaje grupal con dedos que parecían flotar sobre la pantalla.
En el penthouse, Hana estaba recostada en el sofá, con una mascarilla facial, un jugo detox y un libro abierto en el regazo. Sonó su teléfono.
Chat grupal – “Las Reinas de la Red”
Lucía: ¿Estás sentada?
Vale: Porque lo que te vamos a contar merece asiento, agua y alma fría.
Rebe: Selene acaba de lanzarse como pantera sobre cierto jugador de básquet.
Hana frunció el ceño. Se incorporó ligeramente.
Hana: ¿Selene?
Lucía: SÍ. EN. EL. BILLAR.
Vale: Taco de billar, ojos coquetos, sonrisita… y Travis NO se quitó.
Rebe: ¡Encestó! Y no solo la bola. Encestó su mirada en su alma.
Lucía: Vamos, reina. ¿Tú lo dejas ir así como así?
Hana dejó el celular a un lado por un momento, exhalando profundamente.
—No me agrada —murmuró, más para sí misma que para ellas.
Volvió a mirar el mensaje.
Hana: Gracias por el reporte.
Lucía: ¿Solo eso?
Rebe: ¡Dinos algo!
Hana: Lo que hagan otros no me afecta. Buen intento, chicas.
Vale: ...ok. Pero te conocemos.
Hana dejó el teléfono boca abajo esta vez. Pero su pierna… su pierna no paraba de moverse.
Y en la pantalla, el chat seguía vibrando con emojis, memes y gritos escritos.