CAPITULO 16

1480 Palabras
Era lunes, mediodía, y la cafetería universitaria estaba llena. El bullicio de platos, charlas y risas flotaba en el aire junto al aroma de café y pan tostado. Hana Laurent estaba sentada en su lugar habitual, mesa junto a la ventana, rodeada de sus amigas. Vestía su uniforme de diario: falda plisada gris, camisa blanca perfectamente metida, corbata negra suelta y una chaqueta que le daba ese aire de “sí, soy una diosa, y además llegué puntual”. Sus botas negras brillaban bajo la mesa y su cabello caía suelto, ondulado, como si no supiera —o sí supiera demasiado bien— que llamaba la atención de todos los mortales en un radio de veinte metros. —Ahí viene... —susurró Lucía, dándole un codazo a una de las chicas. —¿Quién? —El... Él. Y entonces, como salido de un comercial de ropa interior con presupuesto de Hollywood, apareció Travis Blake. Jeans negros, camiseta blanca arremangada justo lo suficiente para mostrar esos brazos criminales, tenis perfectamente sucios, y una mochila colgada despreocupadamente. Pero lo mejor era la cara: esa mezcla de “me importa todo un carajo” y “sé exactamente lo que estoy haciendo”. Lo vieron entrar. Lo vieron escanear el lugar. Y luego fingir sorpresa cuando encontró una mesa… justo junto a la de Hana. —¿Esa no es Selene? —murmuró Lucía, mirando hacia una mesa más al fondo. —Y no la peló —dijo otra con una sonrisa—. Interesante... Travis dejó su mochila sobre la silla, se estiró como si hubiera jugado un partido de básquet en el infierno y se sentó casual… casualísimo. Desde el otro extremo del comedor, Diego, Sam y Rafa lo observaban tras unas gafas de sol y gorras mal puestas como si fueran agentes del FBI versión barata. —Ya se sentó. ¿Crees que le diga algo? —murmuró Sam, tragando una papa. —Shh. Está por iniciar el contacto visual —dijo Diego con voz grave. Mientras tanto, Travis abrió su botella de agua. Bebió. Miró hacia la mesa de Hana. Ella no lo vio. O eso parecía. Pero Lucía sí. Le lanzó una mirada de “¿vas a hacer algo o vas a mirar como un cactus por los siglos?” Y Travis, como si de pronto se le ocurriera de la nada, se giró. —Laurent —dijo con esa voz suya de “me acabo de despertar sexy sin querer”. Hana alzó la mirada, calmada. Sorprendida, pero no tanto. —¿Blake? —Qué coincidencia verte aquí… —dijo él, como si no hubiera planeado hasta la ruta de evacuación del lugar. —Sí. Es la cafetería… de nuestra universidad… en horario de comida —respondió ella, volviendo a su bandeja sin más. Travis sonrió. —Wow. Qué suerte la mía entonces. Lucía soltó una risita. Las demás disimularon su interés… mal. —¿Vas a seguir ahí mirándome o vas a comer? —preguntó Hana sin mirarlo. —¿Eso fue una invitación a sentarme contigo? —respondió él. Ella levantó la ceja, sin contestar, pero dio un golpecito con el pie a la silla vacía junto a ella. Travis no necesitó más. Tomó su charola y se sentó. Desde la otra mesa, sus amigos celebraron en silencio como si acabaran de ver anotar el triple final de un mundial. —¡Fase Uno cumplida! —susurró Rafa. —A este paso se casa el jueves —agregó Sam. —¿Qué sigue? —preguntó Diego. Y Travis, mientras fingía abrir su yogur sin nervios, pensaba exactamente lo mismo. Hana no levantó la vista, pero estaba completamente consciente de que Travis Blake se acababa de sentar junto a ella. Lo sentía. El calor, la arrogancia, el perfume masculino caro… el ego flotando en el aire. Una cucharada más de su parfait y podría ignorarlo. Fácil. ¿Cierto? —¿No vas a preguntarme por qué estoy aquí? —dijo él, metiéndose una papa frita con toda la confianza del mundo. —Ya lo dijiste, coincidencia —respondió ella sin mirarlo—. Casual, como la caída de un meteorito en plena cafetería. Travis soltó una risita. —Entonces me creíste. —No. Solo no me importa. Él se giró para mirarla. —Eso suena a que sí te importa… solo no quieres admitirlo. Ella levantó la vista. Ojos afilados, labios serios. —¿Siempre eres así de molesto o hoy estás esforzándote por destacar? Travis sonrió. —Hoy me bañé. —¿Te aplaudo o te doy una medalla? —Prefiero un trofeo… con tu número escrito al reverso. Hana dejó la cuchara en la bandeja. —Blake, esto no es una cita. Solo compartimos espacio. Como las plantas y el dióxido de carbono. —Entonces soy tu oxígeno. Qué poético. —Eres más bien el dióxido. Las amigas de Hana se ahogaban intentando no soltar carcajadas. Lucía, claramente, estaba grabando con el celular disimuladamente bajo la mesa. Travis se inclinó hacia ella. No demasiado. Solo lo justo para que su voz sonara más grave, más íntima. —Solo digo… si alguna vez te cansas de los tipos aburridos que memorizan poemas, yo soy bueno en otro tipo de versos. —¿Ah, sí? —dijo Hana, alzando una ceja. —Versos como… “tu falda plisada me arruina la concentración”. Las chicas explotaron en un grito unísono de “¡TRAVIS!”, mientras Hana lo miraba entre escandalizada y divertida. —Tienes un problema —murmuró ella. —Sí… y se sienta justo frente a mí con ese peinado de diosa griega y una mirada que podría matar a un ejército. Hana se levantó. —Tengo clase. —¿Vas a dejarme solo? —No, vas a quedarte contigo mismo. Suerte con eso. Se dio media vuelta y caminó como solo una Laurent podía hacerlo: con clase, poder, y ese aroma a rosas y superioridad que se le quedaba impregnado a todo lo que tocaba. Travis se quedó mirándola irse, apoyado en el respaldo con esa sonrisa torcida y peligrosa. —Bro… —dijo Sam, apareciendo a su lado—. ¿Eso fue bien o mal? Travis se metió otra papa frita. —Eso fue fuego. Estoy jodidamente vivo. La tarde cayó sobre el campus como una manta dorada, y en el dormitorio 214 del edificio de varones, cuatro mentes brillantes (o al menos entusiastas) estaban reunidas frente a una pizarra improvisada hecha con cartón de pizza y plumones secos. Travis estaba de pie, con los brazos cruzados, mirando fijamente el “plan” que acababan de garabatear. —¿Entonces nuestra estrategia es... fingir que no me importa mientras en realidad me importa demasiado? —resumió Travis, con ceja arqueada. —Exacto —dijo Sam, apuntando con su plumón como si estuviera en Shark Tank. —Nada de perseguirla. Tienes que parecer relajado, misterioso… el tipo que no manda mensajes, pero cuando lo hace, boom, ella no puede dejar de pensar en ti. —Bro, eso suena a gaslighting romántico —dijo Rafa, dándole un trago a la Coca-Cola—. Pero me gusta. —Y además —agregó Diego, metido en su papel de general del ejército—, tienes que verte como si tuvieras opciones, aunque solo estés pensando en ella 24/7. Lo llaman valor de mercado. —¿Opciones como la del club de atletismo que se le pegó hoy como chicle? —preguntó Sam con una sonrisa torcida. Travis hizo una mueca. —Eso fue solo... distracción táctica. —A Hana no le pareció muy táctico, bro. —Diego levantó el celular—. ¿Quieres ver lo que subió Lucía a sus historias? Click. Una historia con zoom dramático a Travis y la rubia del equipo de atletismo. Sticker de “👀” y la canción de “Toxic” de fondo. Clásico. —Mierda —murmuró Travis—. Estoy quedando como un imbécil, ¿no? —Sí, pero un imbécil bueno en deportes, así que tienes puntos —bromeó Rafa. Travis resopló, se dejó caer sobre la cama con los brazos abiertos y cubrió su rostro con una almohada. —Estoy en la mierda. Diego se tiró a su lado. —Mira, bro. Esto no es física cuántica. Solo tienes que lograr que ella quiera verte… sin parecer desesperado. Paso uno: contacto casual fuera del trabajo. —¿Cómo? —Averigua en qué clase está mañana. Entra tarde, finge que no sabías que ella estaba ahí, y siéntate junto. Simple. —Eso es acoso académico, Diego. —Eso es amor en el siglo XXI, Travis. Todos rieron. Travis se incorporó con una sonrisa lenta, peligrosa. —Entonces… ¿es hora de jugar? —Es hora de aplicar la jugada perfecta, bro.
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