La universidad amaneció distinta.
Banderines con los colores de los equipos ondeaban entre árboles, el sonido de los parlantes de bienvenida ya retumbaba en el patio central, y los estudiantes se aglomeraban en cada rincón como si esperaran un concierto de Taylor Swift mezclado con los Juegos Olímpicos.
La Semana del Deporte Universitario había comenzado.
Y ahí estaban ellos.
Hana Laurent, impecable como siempre. Llevaba el uniforme de su equipo de voleibol: shorts negros ajustados, rodilleras, la camiseta blanca con el número 7 y su apellido grabado en la espalda. Su cabello recogido en una coleta alta, los labios apenas rosados, y una expresión de "no se metan conmigo, mortales". Al caminar, las chicas la saludaban con admiración… y los chicos con cara de "me acabo de enamorar otra vez".
Travis Blake, por su parte, llegó como siempre: robándose todas las miradas. Su camiseta sin mangas dejaba ver sus brazos marcados, llevaba una banda negra en la cabeza, y su sonrisa arrogante estaba en modo máximo. El balón de básquet en una mano, su grupo de fans en modo ataque. Pero había algo distinto en su mirada... como si buscara entre la multitud solo a una persona.
Y entonces la vio.
Hana ya estaba en el estrado, revisando la lista del cronograma. Al sentir la mirada de Travis, alzó los ojos. Se encontraron.
—¿Listo para tu discurso, Blake? —le preguntó al bajar él del escenario de práctica.
—Siempre. Pero no prometo no improvisar —dijo con una sonrisa de medio lado.
—No lo hagas. O juro que te clavo un balón en la cara en medio del juego.
—Mmm, eso suena tentador.
El micrófono principal se encendió.
Un estudiante del comité anunció:
—¡Con ustedes, los capitanes del evento! ¡Un aplauso para Travis Blake y Hana Laurent!
La ovación fue ensordecedora. Ambos subieron al estrado.
Hana, seria.
Travis, confiado.
—Buenos días a todos —comenzó Hana, tomando la palabra con seguridad—. Nos enorgullece darles la bienvenida a una semana llena de deporte, trabajo en equipo, rivalidad sana… y mucha pasión universitaria.
Travis se acercó al micrófono.
—Y si alguno de ustedes piensa que puede vencer al equipo de básquet este año… bueno, suerte con eso. Porque vamos por todo —dijo con una sonrisa traviesa que hizo gritar a la mitad del público.
—Modestia, como siempre —murmuró Hana entre dientes.
—Lo intento, pero me sale mal —susurró él de vuelta.
Los vítores, los aplausos, el ambiente… todo era una locura.
La jornada deportiva apenas comenzaba.
Y entre partidos, miradas cruzadas, fans enloquecidos y una rivalidad con Elijah Brooks a punto de explotar, esta semana prometía ser legendaria.
La duela vibraba con cada pisada.
El gimnasio de la universidad estaba a reventar. Gente en las gradas, pancartas con frases como “#TeamHana”, tambores, porras, gritos… y hasta un grupo de chicos con camisetas que decían “¿Casada? No importa, Hana”.
Era el partido inaugural del torneo.
Y la Universidad Laurent (sí, le habían apodado así por Hana, en broma… o no tanto) se enfrentaba a la poderosa escuadra de Arizona Westfield College, las campeonas del año anterior.
Hana estiraba los brazos con una concentración inquebrantable. Su coleta se movía con cada giro, su uniforme ceñido resaltaba la figura atlética y elegante de quien ha entrenado años para este momento.
—Laurent, te toca capitanear el grito —dijo la entrenadora.
—Claro, profe.
Se giró hacia su equipo, se agachó un poco, apretó el puño y gritó:
—¡ESTA CANCHA ES NUESTRA, ¿SOMOS CLAN O NO?!
—¡¡CLAAAAAN!! —gritaron todas, encendidas.
Las porristas vibraban al ritmo del tambor. Entre la multitud, Travis Blake acababa de llegar con su lata de bebida energética en mano. Iba con Diego y los chicos, y aunque intentaba hacerse el distraído, su mirada no se despegaba de la cancha.
—Bro… estás babeando —dijo Diego, burlón.
—Cállate.
El silbato sonó.
¡Comenzó el partido!
El saque fue feroz. Las chicas de Arizona tenían fuerza y altura, pero el equipo de Hana no se quedaba atrás. Desde el primer momento, ella lideró con precisión quirúrgica: bloqueos, remates, fintas, coordinación.
En el segundo set, con el marcador empatado, Hana saltó a rematar un balón imposible. El tiempo pareció ralentizarse. Su cuerpo se arqueó en el aire como una maldita diosa griega y cayó con un ¡PUM! que hizo vibrar el tablero de puntos.
¡PUNTO!
El estadio estalló.
Travis tragó saliva.
—No sabía que el vóley podía ser tan... artístico —dijo.
—Sí, sí. “Artístico”. Le estás viendo el alma, seguro —respondió Diego con sarcasmo.
El partido se volvió una batalla. Las rivales eran agresivas, pero Hana no bajó el ritmo. En el último set, con el marcador 24-23, todo se decidió en un solo punto.
Saque.
Recepción.
Pase.
Hana en el aire. Remate.
¡PUNTO FINAL!
La universidad entera estalló en gritos. Hana cayó de rodillas, sonriendo, las chicas la rodearon y comenzaron a abrazarse, gritando como si hubieran ganado la Copa del Mundo. Porque para ellas, lo era.
Travis aplaudió desde las gradas.
Pero sus ojos no dejaban de seguirla.
Y ella, justo antes de irse al vestidor, giró apenas el rostro y lo miró de reojo.
Solo un segundo.
Pero bastó.
El gimnasio olía a linimento, sudor y competencia.
La cancha de básquet brillaba bajo las luces. Las gradas estaban reventando de gente, y si alguien pensaba que el partido de voleibol había sido una locura… no estaban preparados para el show de Travis Blake.
—¡¡¡TRAVIIISSSS!!! —gritaban al unísono las chicas del campus, algunas con pancartas que decían:
“Cásate conmigo, #24”
“Soy tu rebote, papi”
“Dame una falta personal, por favor”
Y eso era solo su club de fans local.
Porque del otro lado, en la zona visitante, las fans de la Universidad de Texas East (el equipo rival) no se quedaban atrás. Sí, las fans rivales también venían por él.
Un grupo de chicas con crop tops rojos tenía un cartel que decía:
“El MVP de mi corazón es Travis Blake, aunque nos ganes”
—Este tipo es internacional, wey —le susurró Diego a otro compañero—. Tiene club de fans en dos códigos postales al mismo tiempo.
Travis estaba en el centro de la cancha, girando el balón en su dedo, relajado.
Llevaba su camiseta negra del equipo local, los brazos al descubierto, las piernas firmes, la mirada centrada y arrogante como si supiera que todo el maldito mundo había venido a verlo jugar.
Cuando el árbitro llamó a los equipos al centro, Travis lanzó una sonrisa de medio lado a su oponente.
—¿Listos para perder con estilo? —le dijo al capitán rival.
—Cierra la boca, Blake. Esta vez no te vas invicto.
—Aww, qué tierno. Tienen esperanza.
El silbato sonó.
Y entonces… comenzó el espectáculo.
Travis era rápido. Elegante. Agresivo. Cada bote del balón hacía retumbar el piso. Cada jugada, cada pase sin mirar, cada salto, cada clavada… era como ver a un dios griego en sneakers.
La grada explotaba. Las chicas gritaban su nombre como si fueran parte de un ritual de invocación.
—¡TRAVIS! ¡TRAVIS! ¡TRAVIS!
Desde un costado de las gradas, Hana observaba todo con los brazos cruzados, impasible. Su equipo estaba a su alrededor, algunas babeando, otras murmurando cosas sobre su trasero. Ella… solo lo miraba.
—Ese tipo es demasiado seguro de sí mismo —dijo una compañera.
—No lo admires tanto —respondió Hana con una sonrisa leve y un tono helado—. Solo es un chico que sabe botar un balón. Nada más.
Pero por dentro… por dentro, cada clavada la hacía sentir algo que no quería admitir.
“No es mi tipo… no es mi tipo…”, se repetía mentalmente.
Pero el muy idiota acababa de lanzarse en un giro triple antes de clavar el balón y señalarla directamente a ella, como si dijera:
"Ese punto fue para ti, diosa del hielo."
Ella solo desvió la mirada… con una sonrisa contenida.
El partido terminó 87-79.
Travis fue el MVP.
Y su ego... ahora tenía alas.
Al salir de la cancha, se quitó la camiseta empapada de sudor.
Las gradas gritaron.
Una chica se desmayó.
Una madre de familia aplaudió por accidente.
La entrenadora de atletismo murmuró un “Dios santo” en voz baja.
Y Hana… bueno, ella se giró y se fue.
Pero algo en sus mejillas parecía más cálido que antes.