CAPITULO 31

1266 Palabras
HABITACIÓN 214. LUZ TIBIA, OLORES A ANTISÉPTICO Y FLORES FRESCAS. Hana parpadeó lentamente. Sus ojos aún estaban pesados, pero reconocía ese techo blanco sin personalidad: hospital. Intentó moverse, pero un leve pinchazo en la cara le hizo fruncir el ceño. —Auch… Tenía la nariz vendada y un poco inflamada. Lo recordaba: el golpe, Astrid, el partido… y después, nada. —Travis… —susurró. —¿Dijiste mi nombre o fue mi ego alucinando otra vez? —respondió una voz ronca, familiar y tan irritantemente encantadora desde el sillón al lado de la cama. Travis Blake, despeinado, con la chaqueta arrugada y las ojeras marcadas, se levantó de golpe al verla consciente. Dejó caer el celular sobre la mesita de noche y se acercó a ella con una mezcla entre alivio y furia suave en los ojos. —¡Estás despierta! ¿Qué parte de “descansa” no entendiste, mujer? ¡Casi me da un infarto! Hana lo miró con dificultad. —No grites, me duele la cara, idiota. Travis sonrió. Esa era ella. —Tranquila, princesa boxeadora. No quedó chueca —bromeó, señalando su nariz—. Te hicieron una cirugía menor para acomodarla. Ya te dijeron que vas a estar bien, pero tienes que descansar unos días. Ella soltó un suspiro. —¿Perdimos? —¿A quién le importa eso ahora? —A mí —replicó ella, apenas audible. Travis le tomó la mano con cuidado, suave, como si fuera de porcelana. —No perdiste. Todo el maldito gimnasio se levantó contigo. La manera en que peleaste ese partido fue… jodidamente épica, Hana. Ni siquiera Astrid con sus bíceps de Hulk pudo con eso. Ella sonrió levemente, sus ojos más claros que nunca. —¿Lloraste? Travis arqueó una ceja. —¿Yo? Por favor, Blake no llora. Solo… me puse sentimental mientras gritaba “¡que le rompan la madre a la amazona esa!”. Ambos rieron. Bueno, ella intentó reír, pero el dolor en la cara se lo impidió. —Auch… no me hagas reír. —Entonces no me provoques —dijo Travis, acercándose un poco más—. ¿Te puedo confesar algo? Hana lo miró con curiosidad. —Depende. —Cuando te desmayaste en mis brazos… pensé que me iba a volver loco. Me asustaste como no tienes idea. Y ahí entendí algo importante. —¿Qué cosa? Travis bajó la mirada un segundo, tragó saliva, y luego volvió a alzarla con toda su intensidad clavada en ella. —No quiero volver a verte caer. No así. No si puedo evitarlo. Quiero cuidarte, Hana. Aunque me mandes al demonio todos los días. Hana lo observó en silencio. Su corazón latía más fuerte que antes del partido. Y aunque sus labios no dijeron nada, su mano apretó la de Travis con más fuerza. Él sonrió. —Bien. Supongo que eso es un "tal vez". EXTERIOR – HOSPITAL UNIVERSITARIO – MEDIODÍA. El sol brillaba con descaro mientras Hana salía por las puertas automáticas, enfundada en unos jeans holgados, sudadera beige y unas enormes gafas oscuras que intentaban disimular la ligera hinchazón de su rostro. Aun así, su porte de diosa olímpica seguía intacto. Más bien, ahora parecía una diosa en recuperación con flow callejero. Justo frente a la banqueta, un taxi esperaba con el motor encendido. Apoyado contra la puerta trasera, Travis Blake, jeans rotos, camiseta negra, gafas oscuras y una sonrisa tan amplia como su ego, la esperaba con un café en la mano y un comentario cargado de sarcasmo amoroso listo para disparar. —Vaya, eres el mapache más hermoso que jamás he visto en mi vida. —dijo al verla—. Y eso que he visto varios documentales. Hana se detuvo en seco. —¿Quieres que te rompa el otro lado de la cara para hacer juego conmigo? Travis levantó las manos como si se rindiera. —¡No, no! Si hasta estoy considerando cambiar la portada de mi celular por una foto tuya con hielo en la nariz. Ícono, baby. Hana rodó los ojos, pero no pudo evitar que una sonrisa se le escapara. —Idiota. —Pero tu idiota favorito —respondió, abriendo la puerta del taxi como todo un caballero de la universidad del sarcasmo. Ella subió con cuidado, y Travis se sentó a su lado. Cuando el taxi arrancó, él le pasó el café. —Es descafeinado con leche de almendra. Te lo juro por mis triples dobles. —Gracias… —dijo ella, tomando el vaso caliente con ambas manos—. No tenías que venir. —¿Y perderme la oportunidad de burlarme de ti toda la semana por haberte desmayado dramáticamente en mis brazos? Jamás. Ella le dio un codazo suave. —Estúpido. —Mapachita —replicó él, mirándola de reojo. Ella se acomodó en el asiento, mirando por la ventana mientras su corazón, en silencio, se le apretaba con un extraño calor que no tenía nada que ver con la fiebre postoperatoria. INTERIOR – PENTHOUSE DE HANA – TARDE. El ascensor se abrió directamente al vestíbulo privado del penthouse. Travis no podía disimular su sorpresa mientras seguía a Hana, quien caminaba delante con paso seguro, arrastrando una pequeña maleta y con las gafas de sol aún puestas. —¿Este es tu… piso? —preguntó, mirando a su alrededor. Techos altos, ventanales de piso a techo, arte moderno, una cocina de revista y un piano de cola en la esquina. —Sí, ¿esperabas un iglú? —No sé… un departamento con roommate, pizza fría y una montaña de ropa en el sillón… algo más... humano. Hana soltó una carcajada, entrando por fin a su sala. —Bienvenido al reino de los caprichos de papá. Travis silbó mientras se quitaba la chaqueta. —Entonces, ¿tu papá es millonario o es Jeff Bezos con botox? —Más bien un magnate con esposa nueva cada dos años y un complejo de culpa muy rentable —dijo con indiferencia, dejando las llaves en la barra de la cocina. Travis se paseó por el lugar como si estuviera en un museo. —Demonios, esto es… otro nivel. ¿Tienes un chef privado también? —No, pero tengo microondas —respondió ella secamente—. Y sé preparar ramen sin quemar la casa. ¿Impresionante, no? Él se recargó en el respaldo de uno de los sillones de terciopelo blanco. —Y yo que pensaba que vivía bien porque tengo un refri mini lleno de Gatorade… —¿Quieres agua o algo? —preguntó ella, abriendo el refrigerador que parecía más una joya futurista. —Solo si me la sirves en una copa de cristal tallado, mi lady. Hana puso los ojos en blanco, pero le lanzó una botella fría sin mirarlo. Travis la atrapó al vuelo. —Gracias, princesa heredera. —No te acostumbres —contestó ella con una media sonrisa, quitándose por fin las gafas. Su nariz tenía una leve curita y algo de moretón, pero Travis no se fijó en eso. La miró como si fuera la dueña del mundo. —¿Sabes qué es lo peor? —dijo él, girando la botella entre las manos—. Que este lugar es increíble, pero tú lo haces ver aún más jodidamente cool. Ella se quedó en silencio un segundo. Luego, sin mirarlo, caminó hacia el pasillo. —Voy a cambiarme. No toques nada. —¿Y si lo hago? —Tienes cinco segundos para correr antes de que te lance por la ventana. Travis sonrió. —Te reto a que lo intentes, Mapachita.
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