En la Universidad Internacional Vanguard, los pasillos tenían jerarquías no oficiales, pero todos sabían quién estaba en la cima.
Hana Laurent caminaba como si la universidad le perteneciera.
Y quizás sí. O al menos, eso parecía.
Vestía con elegancia deportiva, con sudaderas que le quedaban como si fueran alta costura.
Cabello recogido en una coleta perfecta. Audífonos blancos. Mirada de “no me hables si no has entrenado como mínimo dos horas hoy”.
Los chicos la miraban pasar como si fuera un eclipse: bella, poderosa e inalcanzable.
Las chicas la admiraban, algunas la envidiaban, otras simplemente deseaban ser como ella.
Nadie sabía mucho de su vida personal. No posteaba selfies, no se quedaba en fiestas, no tenía drama. Solo victorias.
Era la capitana del equipo de voleibol, la número uno de su clase, y la mejor en ignorar hombres con cara de modelo y cerebro de chicle.
Salvo por uno.
El único que parecía inmune a su indiferencia.
—¡¿Te juro que no fue mi culpa?! —gritó una chica riendo, mientras trataba de arreglar su cabello frente a sus amigas—. ¡Ese idiota me guiñó un ojo y me tropecé!
En el centro del tumulto del comedor, con una sonrisa de medio lado y una mochila colgando de un solo hombro, estaba Travis Blake.
Tenía el cabello revuelto de forma perfectamente estudiada, la camiseta del equipo de básquet arrugada (pero provocadora) y la lengua afilada lista para repartir sarcasmo gratis.
—Gracias por tu participación en el show de hoy —le dijo a la chica—. Mañana hay más.
Las risas no se hicieron esperar.
Los de primer semestre lo idolatraban.
Las de tercero lo deseaban.
Los profesores… lo toleraban con resignación.
Travis Blake tenía la popularidad de un rockstar, el ego de un campeón y la agenda sentimental de un desastre anunciado.
—¿Cuántas van esta semana? —le preguntó Diego, su roomie, mientras le lanzaba una manzana.
—¿De lunes a jueves? Tres. ¿Contando la del gimnasio? Cuatro. —atrapó la manzana sin mirar—. Pero solo una me dejó en visto.
—¿Y eso te molesta?
Travis sonrió.
—Nah. Me intriga.
Porque esa que lo dejó en visto no era cualquier chica.
Era Hana Laurent.
La única que lo había ignorado tan rotundamente como si fuera una mosca.
Hana y Travis.
La diosa y el diablo.
Ella, con el control perfecto de su vida.
Él, con el caos bajo la manga y una sonrisa irresistible.
Lo único que tenían en común era el podio.
Ambos estaban en la cima.
Ambos eran imbatibles.
Y ahora, el destino —o un comité universitario con sentido del humor— acababa de ponerlos a trabajar juntos.
La Sala Ejecutiva del Edificio D era como sacada de una revista de arquitectura minimalista.
Muebles blancos, paredes de cristal, una cafetera moderna que parecía una nave espacial, y un aroma a aire acondicionado costoso flotando en el ambiente.
Hana Laurent fue la primera en llegar. Obvio.
Estaba sentada con la espalda recta, sus documentos acomodados en orden alfabético y una botella de agua de vidrio a un lado. Revisaba una hoja de ruta preliminar que había preparado. Porque claro, ella no improvisaba. Ella dominaba.
Miró el reloj. 16:59.
Un minuto más y…
—¡¿Dónde está el maldito Edificio D?! —se escuchó desde el pasillo.
Hana cerró los ojos.
No.
No puede ser.
La puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared como si alguien estuviera filmando una comedia universitaria de bajo presupuesto.
—¿Era necesario? —dijo Hana sin levantar la vista.
—¿Yo qué? ¡Es culpa de la puerta! Está mal diseñada —respondió Travis, entrando con paso triunfal, auriculares colgando del cuello y una carpeta arrugada bajo el brazo.
Hana levantó la vista lentamente.
Él sonrió como si acabara de ganar una apuesta.
—Hola, princesa Laurent. Qué placer verte… sin una red de por medio.
—Si tu plan es ser gracioso toda la reunión, te aviso que olvidaste el “gracioso” en casa.
Travis dejó caer su mochila en el suelo, se dejó caer en la silla frente a ella —con el descaro de quien cree que el mundo es su sofá— y se estiró como si acabara de salir de la cama.
—¿Sabes qué me encanta de ti? —dijo, señalándola con su lapicero—. Que siempre estás a un sarcasmo de distancia de lanzarme una carpeta por la cabeza. Me mantiene alerta.
—Qué bueno que al menos algo te mantenga alerta. Porque claramente la higiene no lo está logrando.
—Auch. —Travis llevó una mano al pecho—. Y eso que vine bañado.
—¿Hoy?
—Bueno… anoche. Cuenta, ¿no?
Antes de que Hana pudiera responder con un comentario igual de afilado, la coordinadora del evento entró, una mujer en sus cuarentas con gafas grandes, actitud zen y un termo de té de jazmín.
—¡Ah, qué bien! Ya están aquí. —Miró a Travis—. Llegaste con solo… cinco minutos de retraso. Un récord.
—Estoy creciendo como persona —sonrió él.
—Ajá. —La mujer dejó unos papeles sobre la mesa—. Ustedes dos fueron seleccionados porque son líderes naturales, competitivos y, según las encuestas, “imbatibles”. Lo que también significa: imposibles de controlar. Así que… van a tener que controlarse mutuamente. ¿Alguna objeción?
Hana alzó una ceja.
Travis levantó la mano.
—¿Puedo solicitar una silla a prueba de sarcasmo?
Hana chasqueó la lengua, pero por un segundo —solo uno—, una pequeña sonrisa se asomó en la comisura de sus labios.
Y Travis lo notó.
Oh, vaya que lo notó.
La reunión avanzó entre ideas, ataques sutiles y papelitos con anotaciones que Travis dibujaba y dejaba frente a ella (“¿tú dibujada como una reina malvada montando un dragón?”).
—Esa nariz es una ofensa. —murmuró Hana, mirando uno de sus garabatos.
—¿La mía o la del dragón?
—Ambas.
—Anotado.
Cuando la reunión terminó, la coordinadora los miró con aire divertido.
—No sé si van a planear la mejor Semana del Deporte… o a terminar casados.
—¿Hay opción C? —preguntó Hana.
—¿Matarlo y esconder el cuerpo? —propuso Travis—. Soy flexible.
Ambos se quedaron mirándose.
Una batalla estaba por comenzar.