El sonido de la regadera rebotaba contra las paredes de mármol oscuro del vestidor masculino.
El vapor lo envolvía todo, creando una neblina espesa y cálida, como si el aire mismo se rindiera ante la temperatura de ese cuerpo.
Travis Blake tenía los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás y el agua cayendo en cascada por su cabello mojado, bajando lentamente por su cuello, resbalando por sus hombros anchos y definidos.
En su celular, apoyado sobre un banco, sonaba una lista de reproducción de R&B lento y sensual.
La voz grave de The Weeknd acariciaba el ambiente, envolviéndolo en un aura casi criminal de sensualidad:
“I’m tryna put you in the worst mood, ah…”
Su pecho subía y bajaba con tranquilidad, la respiración acompasada con el ritmo de la música.
El jabón recorría su abdomen como si también supiera que estaba tocando propiedad sagrada.
Lento.
Preciso.
Hipnotizante.
El agua corría por los surcos de sus músculos, marcando cada línea, cada sombra. Su mano se deslizó por su nuca, empujando el cabello hacia atrás con un suspiro.
Sabía que estaba solo.
O al menos, eso creía.
Caminó hasta la pared del fondo, dejando que el agua golpeara su espalda. Se estiró, dejando expuesta la perfecta curva de su espalda baja, el torso tan esculpido que parecía diseñado en un laboratorio de pecados.
Abrió los ojos con lentitud, sonriendo apenas.
No por vanidad. Por seguridad.
Sabía lo que era.
Sabía lo que tenía.
Y sabía cómo usarlo.
—Lo bueno de ser un dios… —murmuró para sí mismo, dejando que el agua siguiera cayendo como un aplauso lento sobre su piel caliente—. Es que puedes darte un break de ser humilde de vez en cuando.
La canción cambió. Una más lenta, más grave, más indecente.
“Earned it…”
Travis cerró el grifo, el vapor aún abrazándolo como si el aire se negara a soltarlo.
Agarró la toalla y se la enrolló a la cintura, el cabello empapado cayendo sobre su frente.
Se miró al espejo con media sonrisa y se inclinó para susurrarse con cinismo:
—Laurent no está lista para esto.
Y con eso, salió del vestidor.
Listo para su cita con el caos.
La cafetería nueva del campus era todo lo que Hana aprobaba:
Mesas de madera pulida, luz cálida, silencio decente y café decente. No perfecto —como el de su penthouse—, pero lo suficientemente digno para una reunión.
Sentada junto a la ventana, con su carpeta organizada, su laptop abierta y su café al lado, Hana Laurent parecía la imagen de la disciplina universitaria.
Perfecta.
Imperturbable.
Inalcanzable.
Hasta que ocurrió.
—Suspiro ahogado, esquina izquierda, voz femenina—.
—Dios… ¿ya lo vieron?
Hana no levantó la mirada.
Solo apretó la mandíbula.
Ya sabía quién era.
Un segundo después, lo escuchó:
Las risas tontas, los murmullos acelerados, los tacones tambaleándose para disimular emoción…
Y entonces, la voz más arrogante del universo:
—¿Qué tal? ¿Hay espacio para una estrella sudada y recién bañada?
Hana cerró los ojos. Contó hasta tres.
Tres. Malditos. Segundos.
Cuando los abrió, ahí estaba.
Travis Blake.
Camiseta blanca medio húmeda, el cabello mojado cayéndole sobre la frente, con olor a jabón caro y pecado.
El muy idiota se había bañado, claro. Pero no se había secado del todo.
Su cuello brillaba. Su mandíbula tenía gotitas de agua que caían con toda la intención del mundo.
Y ese olor...
No era desodorante común.
Era una maldita emboscada.
Hana alzó la mirada sin mover un solo músculo de la cara.
—Llegas tarde —dijo.
Travis le guiñó un ojo mientras dejaba su mochila en la silla frente a ella.
—Llegué justo cuando tenía que llegar. Lo bueno se hace esperar.
—¿Y tú qué eres? ¿El postre?
—No. Soy el plato fuerte. Y tú me estás subestimando, Laurent. —Se sentó con ese aire de "me vale todo" y sacó su libreta doblada y un bolígrafo con un dinosaurio mordido en la punta—. Bueno, ¿por dónde empezamos? ¿Por la parte donde me ignoras o por la parte donde admites que te alegras de verme?
—¿Sabes cuál es mi parte favorita? —Hana entrecerró los ojos, bebiendo un sorbo de su café sin despegarle la mirada—. Esa en la que cierras la boca y trabajas.
Travis la observó en silencio por un segundo. Luego sonrió.
—Estás hermosa cuando amenazas, ¿te lo han dicho?
—Solo una vez. Al sujeto lo atropelló un scooter eléctrico minutos después.
—¿Sospechoso?
—Accidente… creo.
Se quedaron en silencio.
La tensión flotaba entre ellos como una cuerda tensa a punto de romperse.
Él se estiró hacia adelante, su antebrazo marcado descansando sobre la mesa.
Ella bajó la mirada justo por medio segundo.
Solo uno.
Pero él lo notó.
—Lo sabías, ¿verdad? —susurró él con una sonrisa ladina.
—¿Qué cosa?
—Que me ibas a mirar.
Hana le sostuvo la mirada.
—No. Solo estaba evaluando cuánto ego cabe en una camiseta mojada.
—La respuesta es: mucho.
Y entonces ambos sonrieron.
No porque se gustaran.
Sino porque sabían que esto iba a ser un juego peligroso.
—Muy bien —dijo Hana, enderezando su postura—. Empecemos.
Extendió un par de hojas con el cronograma impreso, destacando en negritas y subrayados de colores. Todo estructurado al milímetro. Ella funcionaba con precisión quirúrgica, y si iba a sobrevivir a Travis Blake, lo haría con orden.
—Día uno: inauguración. —Pasó la hoja hacia él—. Necesitamos desfile de equipos, música, maestro de ceremonias, apertura formal y discurso del director.
—¿Podemos tener animadoras con pompones y humo artificial? —preguntó Travis, levantando la ceja.
Hana lo miró como si acabara de proponer una coreografía de reguetón en misa.
—¿Quieres una explosión de glitter también?
—Ahora que lo dices… suena tentador.
Ella bufó.
—Lo anotaremos como “propuesta absurda número uno”. Seguimos.
—¿Y si lo anotamos como “inserte la única idea divertida del día”?
—No. Porque no vinimos a divertirnos, Blake. Vinimos a trabajar.
Él la observó en silencio, con esa expresión que mezclaba burla con curiosidad. Luego se inclinó hacia el centro de la mesa.
—Sabes, me preocupas.
—¿Yo?
—Sí. Me preocupa que seas tan eficiente que olvides que también tienes derecho a respirar, reír, comer chocolate… o mirar a tipos atractivos en silencio mientras haces planes deportivos.
—Travis…
—Sí, soy yo el tipo atractivo. Lo sé. No hace falta agradecer.
Hana negó con la cabeza, aunque una risa le tembló peligrosamente en los labios.
Pero no caería.
No hoy.
—Bien. Tenemos que dividir tareas. —Cambió de tema, estirando una hoja nueva—. Yo puedo encargarme del cronograma, los presupuestos, las reservaciones de salones y los formularios de inscripción.
—Ajá… y yo, ¿me encargo de qué? ¿Repartir volantes con mi cara?
—Estaba pensando en los uniformes, las playlists, la logística de sonido y r************* .
Travis se quedó pensativo.
—Mmm… o sea, lo divertido.
—Y lo importante.
—Vale. Pero necesito una condición.
—¿Qué?
—Que el día del evento… uses algo que no sea n***o o beige.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Un color, Laurent. Algo que no grite “mujer que podría matarme con una carpeta Excel”.
—Y tú, ¿puedes intentar no llegar como si hubieras rodado por el gimnasio con una pelota bajo el brazo?
—Solo si prometes no matarme antes de que esto funcione.
Hana lo miró… y por un momento, algo brilló en sus ojos.
—Está bien. Acepto tu desafío. Si todo sale bien… usaré color.
—Y yo… camisa planchada.
—No prometas milagros.
Ambos bajaron la vista al mismo tiempo, alcanzando la misma hoja. Sus dedos se tocaron por accidente.
Fue solo un segundo.
Un simple roce.
Pero el aire se volvió denso.
El tiempo se estiró.
Y nadie dijo nada.
Hasta que Travis, con voz baja y mirada fija en la hoja, murmuró:
—Esto va a ser interesante, ¿verdad?
Hana no apartó la mano. Ni la mirada.
—Mucho más de lo que crees.