Las puertas de madera se abrieron de golpe. Travis Blake y Diego Ortega entraron arrastrando, literal, a las tres culpables del video. Las chicas intentaban soltar sus brazos, alegando que podían caminar solas, pero Travis no las soltó ni un segundo. —¡Aquí están! —gruñó, fulminando con la mirada al rector y al director de carrera, que ya estaban esperándolos—. Las responsables de la transmisión. El rector Lancaster, un hombre de unos sesenta años, severo y de cejas gruesas, se levantó de su asiento con lentitud, con la expresión de quien acaba de ver estallar una bomba. —¿Es cierto? —preguntó en tono grave. —¡Fue solo un juego! —gritó la rubia—. ¡No era para tanto! —¿Un juego? —replicó Diego, cruzándose de brazos—. ¿Meterse a los vestidores de mujeres, robarle la ropa a una chica, gr

