El sol apenas se filtraba por las cortinas del penthouse cuando Hana abrió los ojos. No había sido una noche de sueño profundo, pero al menos Zack le había dado un par de horas seguidas de descanso. Se incorporó con cuidado, para no despertarlo, y lo miró un momento. Su pequeño pecho subía y bajaba con cada respiración, los puños cerrados como si estuviera listo para pelear con el mundo. Desde la sala llegaba el sonido del televisor a volumen bajo. Diego ya estaba despierto, café en mano, viendo las noticias. —Buenos días, mamá leona —dijo sin apartar la vista de la pantalla. —Buenos días… —respondió Hana, cubriéndose con una bata y caminando hacia él—. ¿Dormiste? —Lo suficiente. El sofá y yo hicimos las paces anoche. Hana sonrió levemente, pero su mirada se desvió al teléfono sobre l

