Mis ojos son cuchillos que se mueven en un parpadeo de Marian, a su cómplice, y luego a la figura inmóvil de Grecia, atada como un cordero sacrificial en el centro de esta pocilga. El aire, ya pesado con el moho y el hedor a decadencia, se había vuelto tangible, un gel espeso que me asfixia. La impotencia es un sabor metálico en mi boca, más amargo que la rabia. Marian tiene mi arma, y la sostiene con la familiaridad de alguien que ha vivido demasiadas veces en la sombra de la violencia. La culata se ajusta a su palma huesuda, y el cañón apunta a Prisca, tendida en ese asqueroso colchón. Su cómplice, el matón sin nombre, mantiene su propia arma firme sobre mí. La ecuación es simple y brutal. Si me muevo, Prisca moría. Si espero, las posibilidades de que los tres salgamos ilesos se acercan

