El motor ruge con un sonido gutural que vibra en la chapa del auto blindado, pero el silencio dentro es más ensordecedor que el propio motor. El velocímetro marca una velocidad imprudente en las calles de este vecindario olvidado, y aunque la camioneta de Azrael es un tanque sobre ruedas, mi estómago se revuelve con la memoria vívida de nuestro último accidente. —Azrael —digo con un tono de voz apenas audible, pero cargada de la autoridad que, incluso en estas circunstancias, no puede despojarme—. Baja la velocidad. Por favor. No quiero tener otro accidente. Siento la tensión en el aire, una capa palpable de su furia y mi miedo. Él no responde de inmediato. Mis ojos se posan en sus manos, firmemente aferradas al volante de cuero. Veo cómo sus nudillos, blancos por la presión, se curvan c

