CAPÍTULO 55.

2480 Palabras

El consultorio tiene ese aroma al desinfectante y a ese aire frío que se mete por la nariz, los huesos y permanece, recordándome que sigo en un hospital, aunque mi cuerpo grita que ya no quiere estar aquí. La luz blanca cae sobre mí desde una lámpara en el techo y me hace sentir expuesta, como si no hubiera rincón donde ocultarme. Me siento en la camilla de examen, derecha, los pies colgando, intentando aparentar calma, mientras el doctor palpaba con cuidado mis costillas en una revisión que espero sea la última. Cada presión de sus dedos era un eco del accidente. Cierro los ojos por un instante; puedo recordar todavía la sacudida del impacto, el dolor inicial que me robó el aliento. Ahora, en cambio, solo hay una punzada muy leve, un recordatorio insistente de lo que ya no está roto, per

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