BLAKE ASHFORD La segunda audiencia terminó como suelen terminar las guerras que aún no tienen dueño: en tablas. Empates disfrazados de aplazamientos. El cliente salió con la respiración medio salvada, la prensa con titulares tibios, y yo con la mandíbula tensa. Moisés me había plantado cara de nuevo, y aunque no lo admitiría frente a nadie, lo respetaba por eso. Ese hijo de puta sabía jugar. Pero lo que más me jodía no era él. Era ella. Gigi. El camino de regreso a mi penthouse fue un desierto de pensamientos repetidos. El chofer me preguntó algo sobre la ruta; no respondí. Solo quería llegar, soltar la corbata, encender un whisky y dejar que la ciudad se callara bajo mis ventanas. Al entrar, el aire familiar del apartamento me recibió con ese silencio pulcro que siempre busco. Ningú

