—¡Tenía una maldita pistola! —dice Franco una vez que ya hemos salido del sitio donde está ubicada la bodega, el corazón me va a mil y estoy segura que el de Franco está igual. Ver a Javier después de lo que pasó fue sorprendente, pero él tenía una maldita arma. Si yo quería venir otra vez, primero tendría que conseguirme un arma. —Necesito un arma —digo. —¿Qué? —pregunta sorprendido Franco. —No pensé que Javier podría tener un arma, y ahora lo sé, no puedo venir aquí un día sin nada —digo, Franco estaciona el auto. —Tamara, dijimos que solo echariamos un vistazo —dice, yo asiento. —Nosotros dos, pero yo lo haré sola —digo, Franco niega. —No, por ningún motivo, yo le daré esta dirección a mi padre, deja que ellos se encarguen —dice. Me quedo callada, y me siento de la misma fo

