Capítulo 1 POV Lucien
Cuando pienso en esa noche, en la luz pálida de la luna filtrándose entre los árboles y el peso de cientos de ojos sobre mí, me doy cuenta de cuán joven e imprudente era.
No me detuve a pensar en las consecuencias de mis actos.
No me pregunté si la Diosa tenía un propósito para su decisión.
No me cuestioné si el rechazo era lo correcto.
Solo me dejé llevar por la ira, por la humillación y por el orgullo de un Alfa que creía que podía desafiar al destino.
La noche de la ceremonia, la manada se reunió en el claro sagrado, el mismo que durante generaciones había sido testigo de uniones bendecidas por la Diosa de la Luna. Era mi momento. El momento en que se proclamaría el nombre de mi pareja predestinada.
Mi lobo estaba inquieto, una sensación extraña reptando por mis venas. No supe leer las señales. Creí que era ansiedad, el ansia de conocer el nombre de la mujer que compartiría mi vida, mi manada, mi poder.
La voz del chamán se alzó por encima del fuego ceremonial. Su cántico sagrado invocó la voluntad de la Diosa.
El viento cambió.
Un escalofrío me recorrió la columna.
Sentí el tirón en mi pecho. El vínculo.
Era real. Estaba ahí. La conexión con mi pareja estaba formándose antes de que su nombre fuera pronunciado.
Pero cuando las palabras del chamán cruzaron el aire, se sintieron como un castigo.
—Astrid Vauclair.
El claro quedó en silencio.
La realidad me golpeó como una garra al pecho. Astrid Vauclair. Una omega. Hija de traidores.
La rabia se encendió en mí como una llamarada.
—No —murmuré, sintiendo cómo mi control se desmoronaba.
Mi mirada buscó a la mujer que la Diosa había osado poner en mi camino.
Astrid estaba al otro lado del círculo, inmóvil, su cuerpo delgado temblando con fuerza. Sus ojos oscuros estaban abiertos de par en par, reflejando el mismo horror que yo sentía.
—¡No! —rugí, dejando que mi energía alfa envolviera el claro.
Vi cómo se estremeció ante mi voz, pero no me importó. Mi destino, mi futuro, todo lo que había construido, todo se desmoronaba por culpa de ella.
La manada comenzó a murmurar. Algunos reían por lo bajo, otros susurraban con incredulidad. Selene Blackwood, la mujer con la que ya planeaba tomar como Luna, estaba a mi lado, con una sonrisa satisfecha en los labios.
La furia ardía en mi interior. No podía permitir que este lazo existiera.
Me moví entre la multitud, caminando hacia ella con pasos firmes. Mi presencia bastó para que bajara la mirada, sus hombros encogiéndose instintivamente. Mi lobo rugió en mi interior, rechazándola con cada fibra de mi ser.
—Yo Lucian Blackthorne te rechazo Astrid Vauclair como mi compañera predestinada.
El aire pareció congelarse a nuestro alrededor. Una sentencia. Una maldición.
Ella inhaló bruscamente, sus labios entreabiertos en un intento de hablar, pero no hubo palabras. Solo un leve jadeo cuando la magia del vínculo comenzó a fracturarse.
Pero yo no había terminado.
—No eres digna de ser mi Luna —continué, asegurándome de que cada alma presente lo escuchara—. Desde este momento, serás la esclava de la manada.
Las risas explotaron en el claro.
Vi el horror reflejado en su rostro. Astrid Vauclair, la hija de supuestos traidores, la despreciable omega con la que la Diosa había osado atarme, estaba rota frente a mí.
Mi lobo gruñó en mi interior, inquieto. Algo dentro de mí se estremeció, pero lo ignoré.
—Acepta el rechazo —le ordené con voz baja, afilada como un cuchillo.
Ella no respondió. Solo temblaba, sus rodillas cediendo hasta que se derrumbó en la tierra fría.
Los murmullos se intensificaron. Nadie en la manada iba a defenderla. Nadie iba a oponerse a mi decisión. Era el Alfa. Mi palabra era ley.
Pero ella debía decirlo. Tenía que aceptar el rechazo.
—Astrid—mi voz se tornó más cruel—. Dilo.
Silencio, un segundo, dos. Hasta que, con la voz rota, apenas un murmullo ahogado, susurró las palabras que sellaron su destino.
—Yo Astrid Vauclair acepto tu rechazo Lucian Blackthorne.
El vínculo se rompió. Sentí el vacío en mi pecho. Un abismo n***o que se abría donde antes había algo vivo pero, no me permití vacilar, no dejé que esa sensación se filtrara en mis pensamientos. Era el Alfa, esto debía hacerse.
Volteé la cara con desprecio y di media vuelta. Selene deslizó su mano por mi brazo, su voz suave y melosa en mi oído.
—Hiciste lo correcto, mi amor. No puedes dejar que la Diosa arruine el futuro de esta manada.
No respondí. Solo me alejé, sin mirar atrás.
Astrid Vauclair había sido mi compañera predestinada, pero ahora no era más que una esclava, entregada a la voluntad de la manada.
Me repetí esas palabras una y otra vez mientras mis pasos me alejaban del claro, convencido de que lo que había hecho era lo correcto, que la Diosa se había equivocado al emparejarme con ella. Me negaba a creer que el destino, que la mismísima luna que guiaba a nuestra especie, pudiera haberme atado a alguien como ella. Una omega débil. Una hija de traidores. Un error.
Y sin embargo, mientras me internaba en la oscuridad del bosque, el eco de sus palabras resonó en mi mente.
Lucian Blackthorne… acepto tu rechazo.
Había algo en su voz que me perturbaba, algo que se filtró a través del muro de indiferencia que intentaba levantar. No era solo miedo, ni siquiera sumisión. Era un vacío, como si, en el momento en que pronunció su aceptación, hubiera dejado de existir.
Sacudí la cabeza con furia, gruñendo en lo bajo. No importaba. No podía permitirme debilidad. No podía detenerme a pensar en una omega insignificante cuando mi manada y mi legado requerían que me enfocara en lo que realmente importaba.
Nunca pensé en lo que ocurriría después.
No imaginé lo que le harían.
Ni me pregunté si, al rechazarla esa noche, me estaba condenando a mí mismo para siempre.
Porque en mi mente joven y arrogante, en mi orgullo inquebrantable, no había espacio para el remordimiento. No me di cuenta de que al darle la espalda, no solo la estaba abandonando…
La estaba entregando al infierno.