Capítulo 3 POV Astrid

1120 Palabras
La primera vez que abusaron de mí y me robaron la virginidad lloré, pero pronto aprendí que cada lágrima era una invitación a algo peor. Porque para ellos soy un ser sin valor, solo una sombra en los pasillos de Lunarcrest. Una cosa sin nombre, sin destino, sin futuro. Me llaman "perra sin dueño", y cada vez que la frase se desliza de sus labios, es como si algo dentro de mí muriera un poco más. No queda mucho ya. Solo carne y hueso. Solo piel cubierta de moretones. Camino con la cabeza baja, evitando el contacto visual. Aprendí que la atención es peligrosa. Que hablar es una sentencia de muerte, que llorar solo los divierte. Si me ven, si se acuerdan de que existo, significa que alguien tendrá ganas de apostarle a mi desgracia. —¿Cuánto crees que aguante sin gritar esta vez? —¿Quién la hará sangrar de nuevo? Ríen. Siempre ríen. Para ellos, soy un juego. Una distracción pasajera así que aprendí a no resistirme. No porque quiera vivir, sino porque es peor cuando lo hago. Un golpe se convierte en tres, una patada en abuso íntimo. La ira no tiene límites cuando se sienten desafiados. Ellos tienen todo el poder. Yo no tengo nada. Al principio, intentaba escapar. Me aferraba a la esperanza como una idiota, imaginando que tal vez alguien notaría mi ausencia, que alguien me buscaría. Pero ya no tengo ilusiones. No queda nadie que me reclame. Nadie que me extrañe. Estoy sola. Y lo peor no es el dolor físico. No. Es lo que viene después. —Di gracias, perra sin dueño. Mi voz se quiebra. Cada sílaba me envenena. Me duele más que los puños, más que las patadas. Pero lo digo. Siempre lo digo. Porque si no lo hago, encontrarán otra forma de hacérmelo pagar. —Gracias. —Así me gusta —dice uno de ellos, pateándome en las costillas—. Mírenla, aprendiendo su lugar. —Apostemos algo diferente esta vez —sugiere otro—. ¿Crees que aguante tres a la vez esta ves sin llorar? —Siempre llora. —No esta vez —interviene otro con una sonrisa cruel—. Si llora sumaremos otro para que seamos 4. Se acercan, me rodean. Yo me quedo inmóvil. No porque quiera, sino porque no hay nada que pueda hacer. El primero me golpea en la mejilla. El sabor metálico de la sangre llena mi boca. Contengo el gemido. No debo llorar. No debo reaccionar. Pero el siguiente golpe llega rápido, y luego otro. Mi cuerpo se siente como una bolsa de carne sin fuerza. Cada golpe se hunde en mis huesos, como si trataran de partirme desde adentro. Mi piel arde con cada latigazo de dolor, mi costado se hunde con las patadas. Respiro hondo, pero el aire no llega. Mi pecho sube y baja en un intento desesperado por no ahogarme en mi propia agonía. Entonces las manos llegan, dedos ásperos recorren mi piel herida, trazando con crueldad los moretones que han marcado en mí. Siento sus palmas calientes sobre mi carne destrozada, presionando, explorando cada centímetro con una intensidad que me hace estremecer de repulsión. Sus manos se deslizan, se aferran, se clavan en mi cuerpo como garras. No solo me tocan, me invaden. Dentro de mí, algo se revuelve, una sensación punzante que me retuerce las entrañas. Los siento moverse, empujar, reclamar lo que no les pertenece. El dolor se mezcla con la náusea, una mezcla asfixiante que me deja atrapada en un abismo sin escapatoria. Cada movimiento me quema, cada roce es un recordatorio de que ya no soy dueña de mí misma. —Sigue sin llorar —alguien se burla—. Tal vez no sea tan débil después de todo. No es fortaleza. Es resignación. Es saber que esto no terminará rápido. La bilis me sube a la garganta, pero trago el asco y la desesperación. No me daré el lujo de vomitar, porque eso solo haría que las cosas fueran peores. Cuando se aburren, me dejan. Mi respiración es un eco roto en la celda. No puedo moverme. No quiero. Si cierro los ojos lo suficiente, quizá me disuelva en la nada. Los golpes y el abuso de esta noche fueron peor. Me usaron hasta que casi no pude respirar, hasta que cada fibra de mi ser gritaba por el alivio del olvido. Cerré los ojos y esperé. Esperé a que mi corazón se detuviera, a que la oscuridad me reclamara. Pero entonces sentí algo diferente. Unas manos suaves, no las de un verdugo. No las de un monstruo. Eran cálidas. Firmes. Me levantaron con cuidado, como si mi cuerpo roto fuera algo frágil. Quise abrir los ojos, pero no pude. Solo escuché una voz, baja y grave. —Astrid, no te rindas Mis labios apenas se separan. No sé si quiero responder o si simplemente intento respirar. Pero la persona que me sostiene se inclina, su aliento rozando mi oído. —Ellos no te han vencido. No aún. Un escalofrío me recorre el cuerpo. No sé si es miedo o esperanza. Tal vez ambas cosas. Pero cuando finalmente abro los ojos, la oscuridad sigue allí. Y en ella, una sombra diferente a las demás. Pero entonces sentí algo diferente. Unas manos suaves, no las de un verdugo. No las de un monstruo. Eran cálidas. Firmes. Me levantaron con cuidado, como si mi cuerpo roto fuera algo frágil. Quise abrir los ojos, pero no pude. Solo escuché una voz, baja y grave. —Astrid, no te rindas. Con un esfuerzo casi sobrehumano, mis párpados tiemblan. La negrura sigue allí, pesada, absoluta, pero en medio de ella, una sombra se recorta contra la penumbra. No como las otras, que acechan con crueldad y desprecio. Esta es diferente. Su presencia no aplasta, no atormenta. No trae dolor. La figura se mueve apenas, y siento que mis sentidos intentan despertar, aferrarse a cada pequeño detalle que me confirme que no estoy sola. Un roce sobre mi frente, la presión de una palma contra mi espalda, el eco de una respiración que no es la mía. —Estás a salvo. —La voz regresa, más baja esta vez, más cercana. Pero ¿qué significa estar a salvo cuando todo lo que conoces ha sido destruido? Mis ojos finalmente logran enfocarse, apenas una fracción de segundo. La sombra tiene un rostro. No puedo distinguirlo del todo, pero hay algo en su expresión que me atrapa. Firmeza. Determinación. Y en lo más profundo, una emoción que no sé si me permito reconocer. Mi pecho se contrae, mis costillas protestan, y el aire que finalmente logro inhalar es tan doloroso como necesario. Viva, todavía estoy viva.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR