El aire se sentía denso, cargado de una pesadez que me hundía con cada respiración. Había regresado antes de lo esperado. No pude concentrarme en nada más desde que escuché la noticia. Astrid estaba muerta. La información me había golpeado como un puño en el estómago, dejándome sin aire, sin pensamiento, sin dirección. Me dijeron que se había quitado la vida. Que su cuerpo ya no tenía que cargar el peso de mi rechazo, de mi condena, de la humillación que yo mismo le impuse. La parte racional en mí debería haber sentido alivio. Si estaba muerta, ya no tenía por qué atormentarme, pero no me sentí aliviado.
Me sentí vacío. Como si algo dentro de mí hubiera sido arrancado con brutalidad, dejando solo un agujero sangrante en su lugar. Mi lobo rugía con desesperación dentro de mí, aullando un dolor que ni siquiera yo podía poner en palabras. Apreté los dientes con fuerza, necesitaba salir de ahí e irme. Así que regresé a casa. No era común que lo hiciera tan temprano. Solía encontrar excusas para quedarme hasta tarde en cualquier otro lugar, cualquier sitio donde no tuviera que ver a Selene más de lo necesario. Desde lo de Astrid, apenas podía mirarla aun y que Selene era mi compañera elegida. La opción correcta.
Pero cada vez que la tocaba, cada vez que su piel rozaba la mía, algo dentro de mí se revolvía con repulsión. Me decía que era mi deber, que tenía que corregir en lo que la Diosa de la Luna se había equivocado y que debía cumplir con mi rol. Pero mi lobo ya no quería tocarla.
A veces tenía que forzarme. Forzar a mi lobo a aceptarla. A no rechazarla, a fingir que no me daba asco la sensación de su piel contra la mía, cuando lo único que podía pensar era en el tacto de otra. En el tacto de Astrid, pero, ahora Astrid estaba muerta y Selene…
Selene seguía aquí. Empujé la puerta de la casa con más fuerza de la necesaria y entré. El lugar estaba oscuro, pero desde la cocina se filtraba luz y el ruido.
Me detuve escuchando los susurros las risillas contenidas.
Entreabrí la puerta de la cocina sin hacer ruido, y lo que vi me dejó helado.
Selene estaba de espaldas a mí, apenas cubierta con una bata de seda. Entre sus brazos, inclinado sobre ella con una sonrisa de satisfacción, estaba Damon, mi Beta.
Sentí mi pulso ralentizarse. No por calma, sino por la forma en que mi cuerpo reaccionaba cuando estaba a segundos de ceder al instinto asesino.
—No puedo creer que lo hicimos —susurró Selene, riéndose suavemente mientras apoyaba la cabeza contra el pecho de Damon—. No solo logramos que rechazara a su verdadera compañera, sino que ahora está muerta.
Damon deslizó una mano por su vientre con algo parecido a posesión.
—Y pronto tú y yo tendremos lo que nos corresponde.
—Lucian nunca se enterará de nada hasta que sea muy tarde. Se creyó todo, absolutamente todo.
Mi respiración se volvió un hilo contenido de furia.
¿Todo?
Damon besó su cuello, murmurando contra su piel.
—Eres mía. Siempre seras mía. La compañera que la Diosa eligió para mí.
Selene sonrió, con una malicia que jamás había visto en ella.
—Es gracioso como los Vauclair lo descubrieron y por eso tuviste que acusarlos de traicionar a la manada.
El mundo dejó de moverse. Un zumbido explotó en mis oídos, ahogando momentáneamente todo a mi alrededor. Mis músculos se tensaron hasta el punto de doler, mi visión se tornó roja.
—Los padres de la estúpida de Astrid solo descubrieron por error lo nuestro. No me quedó de otra que acusarlos.
Los Vauclair nunca traicionaron a la manada. Mi mente era un torbellino de recuerdos, de piezas de un rompecabezas roto que nunca terminé de armar. Astrid sufrió por algo que jamás sucedió. Selene sonrió aún más.
—Lo que más disfruto es que los hombres leales a ti fueron los que se encargaron de torturar y abusar repetidamente de Astrid. Es gracioso como la verdadera Luna de la manada fue reducida a una puta sin valor solo por un arrebato de ira de su compañero.
Damon rio bajo, con orgullo.
—Debe haber sido divertido ver cómo la destrozaban. — agrego Selene
—Oh, lo fue. Ella pensó que al menos la dejarían en paz después de que Lucian la rechazó. Pobrecita, de verdad creyó que eso era lo peor que podía pasarle hubieras visto cuando la tomaban de a dos a la vez.
Selene se apartó ligeramente y tomó el rostro de Damon entre sus manos, con una ternura que nunca había tenido conmigo.
—Me hiciste muy feliz.
Damon le sonrió.
—Pronto Lucian no será un problema. Nadie lo verá venir.
—Y cuando todo acabe, todos sabrán que el hijo que llevo en mi vientre es tuyo.
No me di cuenta de que estaba en movimiento hasta que Selene levantó la vista y me vio.
El color se le drenó del rostro al instante y Damon se tensó, su cuerpo poniéndose en guardia pero, no fue suficiente, me lancé sobre él sin pensarlo, y lo último que escuché fue su grito de sorpresa antes de que mi puño lo estrellara contra la pared. Algo crujió. No me importó. No me importó que suplicara, que intentara pelear. No me importó porque yo no era humano, era un alfa y acababa de descubrir la peor de las traiciones. Cuando el cuerpo de Damon se desplomó sin vida, dirigí mi mirada a Selene, se arrastró por el suelo, con el pánico pintado en sus ojos.
—¡Lucian, por favor…!
Mi respiración era pesada, mi lobo rugía dentro de mí. Ella destruyó a Astrid, mi compañera y se rio de su sufrimiento.
—¡Y pensar que fui tan estúpido de elegirte sobre mi compañera! —escupí, acercándome paso a paso.
Selene sacudió la cabeza frenéticamente.
—¡No me mates!
Sonreí.
—Pensé que te hacía feliz ver a Astrid sufrir. ¿Qué se siente saber que ahora serás tú?
Selene lloró. Pero no tuve piedad, la furia seguía latiendo en mi pecho como un monstruo sin control. Pero no terminé ahí, todavía me quedaba algo más por hacer. Quería recuperar el cuerpo de Astrid hacer una ceremonia, limpiar su nombre y el de su familia. Enterrarla como la luna de la manada.
Pero su cuerpo no existía. Me quedé inmóvil cuando me lo dijeron Cuando Killian, uno gamma, me explicó con su voz tensa que su compañera Phoebe había ordenado quemarlo porque era una esclava. Porque ni siquiera en la muerte tuvo derecho a ser enterrada y eso termino de quebrar mi mente y junto a ella, lo hizo mi lobo porque era mi culpa. Yo la condené, la destruí. Pero una cosa era segura mi venganza contra quienes la lastimaron en vida apenas comenzaría.