Capítulo 2: El inicio de otro infierno

1262 Palabras
Cuando Aurelio Strozzi se enteró de la muerte de su yerno, no dudó en preparar todo para viajar a Rusia. Solo que no para presentar sus respetos ni mucho menos para saber cómo estaba su hija, porque eso era lo que menos le importaba. Con Josefine viuda, tenía la posibilidad de intercambiarla con alguien más para obtener ventajas en sus negocios. Por eso, cuando llegó con la expresión de odio absoluto, Josefine comenzó a temblar tal como cuando era una niña. —Padre… ¿qué haces aquí? —¿Te atreves a cuestionarme el estar aquí? Ha muerto mi yerno, ¿dónde más podría estar? Pero Josefine lo supo en cuanto su padre le sonrió. No estaba ahí por la muerte de Josefine, sino que había ido por ella. La lectura del testamento no fue muy interesante para nadie, excepto para Aurelio, quien saltó de la emoción al oír que todo era para la esposa de Josefine y la fortuna no era poca. Su hija no solo le daría otra opción de negocio, sino que además le entregaría una cuantiosa fortuna. En cuanto terminaron con el trámite legal, Aurelio colocó frente a su hija un documento donde lo nombraba administrador de todas las propiedades y el dinero que Josefine le dejó, no por amor, sino por falta de interés en arreglar ese mínimo detalle. Sin embargo, ese dinero para ella representaba mucho más que solo lo monetario. Era su salida de esa vida, era irse lejos de su padre y formar su propia vida, estudiar algo, viajar, hacer lo que fuera. Por lo que, en cuanto se dio cuenta de lo que su padre quería, por primera vez en su vida, dijo lo que en verdad pensaba. —No lo haré —esas tres palabras le pegaron a Aurelio peor que una bofetada. Su expresión ladina cambió a una de furia total y no dudó en hacer lo que hizo siempre con Josefine. Sus dedos se anclaron a su cabello con fuerza y la acercó a su rostro, mirándola con absoluto odio. —¿Qué dijiste? —Que no lo haré. No le daré poder sobre lo que es mío. —¡Claro que lo harás! —¡Claro que no, padre! —Josefine logró soltarse y colocó el escritorio como escudo—. Al fin soy libre, ya me vendiste a Josefine y la vida quiso que enviudara para ser libre y feliz. Ese dinero me dará libertad de hacer lo que quiera en donde se me pegue la gana… ¡No te daré un peso! El golpe con el dorso de la mano llegó más que esperado por Josefine, porque al final esa era la manera que tenían todos los hombres de ese mundo para solucionar las cosas, para ordenar a sus mujeres a que hicieran lo que querían. Esposas, hijas, sobrinas, nietas… todas sometidas de la misma manera. Por eso quería irse lejos, para no tener que seguir encadenada a aquel mundo tan miserable. Pero una cosa es querer y otra muy distinta es poder, al menos para ella. —Lo que quieres es irte de puta por el mundo, gastarte el dinero de Josefine en estupideces… —No, lo que quiero es vivir lejos de un hombre como tú. Ya me casaste, te dieron lo que querías y me aseguré de que no te lo quitarán. Ahora, déjame ir y nunca más tendrás que ver a la hija que te quitó al amor de tu vida. —¡Ni lo sueñes! Todavía eres joven y puedo sacar algún partido, a pesar de que sigues siendo la misma mujer insignificante de siempre. —¿Qué… qué quieres decir? —preguntó ella con el terror en sus ojos y Aurelio se rio con un tono tan siniestro, que Josefine tembló como nunca. —Ya tengo dos candidatos para yerno, hijos de hombres poderosos que darán lo que necesito, vías expeditas y seguras para mis cargamentos. —¡Antes prefiero morir que casarme con otro monstruo! —gritó Josefine y tomó un abrecartas. Antes de que pudiera lastimarse, Aurelio la sometió, se lo quitó y le pegó tan duro con una figura, que la aturdió. En solo un par de horas armó todo el viaje de regreso a Italia, con Josefine como su rehén, porque no se podía ver de otra manera. Cuando Josefine abrió los ojos, se encontró en su antiguo hogar, en su antigua habitación, pero con nada de lo que solía tener ahí. Habían quitado hasta las cortinas y tres hombres estaban en su cuarto, vigilándola como halcones a su presa. Se sentó en la cama asustada e intentó pegarse al respaldo, pero uno de los hombres la tomó del brazo con fuerza y la sacó de ahí sin piedad. —Su padre dijo que en cuento despertara, la llevara con él, para que conozca a su prometido. Josefine intentó zafarse, pero otro hombre se unió para llevarla cual cordero al matadero. En el camino le explicaron que Aurelio tuvo que buscar a otro esposo para ella, porque los otros dos candidatos terminaron muertos en su ley. Uno en una entrega de mercancía y el otro por una redada quién sabe de qué organismo. —Aunque era mejor cualquier de los otros, porque el que le consiguió lo conocen como El Inframundo. Ya se imaginará por qué. En la medida que se acercaban al despacho, Josefine solo quería correr y escapar del destino que le esperaba en la oficina de su padre. Pero la tenían tan firmemente agarrada, que no sabía cómo. Cuando llegaron a la puerta, Josefine vio su oportunidad. Le dio una patada en la pierna a uno de los hombres y al otro lo mordió en el brazo con que la sujetaba. Intentó correr hacia la salida, pero solo alcanzó avanzar un par de metros, porque una mano le haló el cabello con fuerza, arrancándole lágrimas de sus ojos. Cayó de rodillas y fue arrastrada solo unos centímetros antes de que una detonación la congelara. Abrió los ojos asustada cuando el cuerpo del hombre que la tenía prisionera cayó a su lado y pronto comenzó a volver un charco rojo. Miró al hombre frente a ella, un hombre joven con ojos azules, tan hermosos como fríos y solo se quedó estática, muerta de miedo y rogando que el cielo se apiadara de ella, para que se la llevara antes de convertirse en la esposa de un hombre como él. Los ojos del hombre se dirigieron al otro ser rastrero que la llevaba y le dijo. —Solo yo puedo castigar a mi futura esposa. No la toques —advirtió cuando el guardia de su padre intentó levantarla. Nadie dijo nada. Para Josefine no era ni un alivio ni menos un acto romántico. Y para el hombre era algo sumamente natural, después de todo no era la primera vez que mataba con tal de tener a Josefine, había esperado demasiado para hacerla su esposa y no iba a dejar que nada ni nadie se interpusiera en la mujer que tenía tiempo deseando hacer suya. Se acercó a ella y, en lugar de tirar de su brazo como todos solían hacer, le ofreció su mano, sin dejar de verla con intensidad. Josefine dudó, pero algo la atrajo y tomó la mano del hombre, que la ayudó a ponerse de pie y con voz ronca, como una salida precisamente del inframundo, le dijo. —Scott Forsberg, tu nuevo esposo. Y en ese momento Josefine supo que estaba perdida otra vez, porque de un infierno, había caído en otro.
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