Josefine terminó sentada en la oficina de su padre, con Scott mirándola como si fuera una presa y su padre viéndola como lo que le parecía, un cambio justo para sus planes.
De pronto, la puerta de abrió y la figura de una mujer joven, hermosa, vestida con elegancia y sonrisa cálida apareció.
—Disculpa, padre… no sabía que estabas ocupado —Josefine se giró y ella exclamó con sorpresa fingida—. ¡Padre, no me dijiste que mi hermana estaba aquí!
Brianna corrió a abrazar a Josefine, pero tal como toda su vida, aquel gesto no le significó ninguna emoción a la chica, porque su hermana siempre fue mezquina y cruel con ella. Tras ver a Scott, la chica cambió su actitud y se acercó con cierta timidez.
—Buenos días, señor. Mi nombre es Brianna, soy la hermana mayor de Josefine.
Extendió la mano para saludarlo, pero Scott solo la miró con desdén y se puso de pie. Aurelio hizo lo mismo, nervioso de que su hija mayor, su tesoro, pudiera gustarle más a Scott.
—Señor Forsberg, ella es mi hija mayor, mi piedra preciosa y que está prometida en matrimonio a un joven francés…
—No me interesa. Vine por una esposa y no me iré con las manos vacías —Josefine tembló, aquel tono de voz tan grave la hacía vibrar y ya no sabía si de miedo u otra cosa.
Solo sabía que su hermana también era una opción y que eso del compromiso era mentira. Su padre jamás la hubiese forzado a casarse con nadie, menos con un hombre cualquiera que no conociera a la perfección.
Pero ella era su última salida y decidió jugarse incluso la vida, con tal de no casarse con Scott.
—Creo que ella sería mejor esposa que yo —dijo con la voz temblorosa—. Yo no soy una buena mujer para nadie. Mi esposo, Yuri, siempre se quejó de lo inútil que era. De mi apariencia aburrida y de que nunca lo satisfice en la cama.
—¡Cállate! —gritó Aurelio, pero Josefine no lo hizo. De cierta manera, la presencia de Scott le daba algo de valentía para que su padre no la tocara.
—¡Es la verdad padre! ¡Solo vean! —se levantó las mangas de la blusa, en donde las marcas del cinturón de Yuri aún eran visibles sobre su blanca piel—. Este castigo fue porque no quise acostarme con él, porque estaba borracho y yo no quería…
—¡Te dije que te callaras…!
—Está muerto —dijo Scott y Josefine lo vio a los ojos—. Yo estoy vivo y te quiero a ti como esposa. Después del matrimonio con Moguilévich, no debería importarte contraer matrimonio otra vez. Cásate conmigo, no te arrepentirás.
Los ojos de Josefine se llenaron de lágrimas y negó, se acercó a su hermana que la miraba con horror y le suplicó.
—Sácame de aquí… yo ya me casé una vez para beneficiar a papá, ¡es hora de que lo hagas tú también! ¡Ya es hora de que también seas la moneda de cambio de esta familia!
Josefine miró a todos lados, pero antes de que encontrara algo para terminar su sufrimiento, Aurelio la tomó por los brazos y la sentenció.
—Te casarás con el señor Forsberg porque ya no tienes nada. Todos tus bienes quedaron congelados en cuanto dejaste Rusia y si te quedas, serás peor que una sirvienta.
—¡Ya viví así por dos años! ¡No me importa!
—Puede ser que vivieras en el infierno con Yuri, por eso tienes miedo de casarte conmigo… pero te prometo que no te trataré como él lo hizo, no llores más —y esas palabras solo la llevaron a mirar a Scott, que la veía con los ojos entornados y una expresión indescifrable.
Se dejó caer de rodillas, se cubrió el rostro y luego solo se abandonó en el llanto desconsolado, porque no le creía una sola palabra.
La presencia de Scott gritaba peligro hasta en su respiración, ¿por qué sería diferente a Yuri? Estaba tan herida, tenía tanto miedo, que solo podía pensar en que la muerte se la llevara lo antes posible y acabar con todo.
Dos mujeres del servicio entraron tras la orden de Aurelio, la levantaron y la llevaron a su cuarto.
—Quiero seguridad para ella día y noche —advirtió Scott antes de marcharse y miró a Aurelio—. Nadie puede tocarle un pelo, es mía ahora y no me gusta que toquen lo que me pertenece. Y esa advertencia va para ti también.
—No se preocupe, señor Forsberg, nadie lastimará a Josefine.
—La boda será en cuatro días, enviaré un equipo para que la prepare, ya todo está listo. Tu único trabajo ahora es mantenerla con vida y que nadie la lastime. Si tiene un solo rasguño, el infame se muere y tú perderás una mano.
La advertencia dejó callado a Aurelio, quien solo asintió y luego caminó directo al cuarto de Josefine. La encontró sentada en un sofá, al lado de la ventana y mirando a la nada. Una escena conmovedora para cualquiera, menos para él por supuesto.
—Te casas en cuatro días. Espero que no hagas un escándalo y que ni se te ocurra intentar hacer una estupidez.
—Ya para qué… —respondió con el vacío en su voz—. Es obvio que no puedo hacer nada para escapar de ese nuevo demonio que has impuesto en mi vida.
—Inframundo, eso es lo que te toca y tómalo como el castigo final por haber venido al mundo a costa de la vida de tu madre.
Josefine no podía estar más rota, pero aun así se quebró más con las palabras de su padre. Ella no pidió venir al mundo, ¿por qué su padre la culpaba de la muerte de su madre?
Pero ya nada de eso le importaba, lo único que tenía en mente era que en cuatro días comenzaría una nueva etapa de esclavitud en su vida, una que la dejaría a merced de un hombre despiadado como Scott Forsberg. La manera en que mató sin asco al guardia de su padre que la sostenía por el cabello la tenía aterrada, porque si era así de violento, ¿qué le esperaba a ella?
Los días pasaron y llegó la boda que la uniría con su nuevo esposo.
El equipo que Scott mandó para que la prepararan hicieron un trabajo hermoso, que la dejó con la boca abierta por su propia apariencia. No habían maquillado ni hecho un peinado exagerado. Solo lo justo y necesario para resaltar su belleza. El vestido era digno de una princesa, muy diferente al que usó con Yuri, que más parecía un vestido para una fiesta cualquiera.
Su padre no tuvo ni siquiera la delicadeza de ir a buscarla y, antes de que saliera a la iglesia para la boda, uno de los asistentes de Scott se acercó con el teléfono en la mano.
—El señor le quiere hablar —ella tomó el aparato y respondió con nerviosismo.
—¿Sí, señor Forsberg?
“Llámame por mi nombre, esposa. No soy tu señor.”
—Lo siento…
“No te disculpes. Solo quiero saber, ¿quieres que tu padre te entregue en el altar o prefieres hacerlo sola?”, Josefine se quedó sorprendida, porque era la primera vez que alguien le preguntaba qué quería ella.
Y la respuesta fue sin dudar.
—Quiero caminar sola.
“Bien, así será. Pásame a mi asistente.”
Lo que hablaron, ella no lo supo, pero se imaginó de qué se trataba. Tras dejar por última vez su cuarto, Josefine no vio a su padre ni una sola vez hasta que se subió al auto que la llevaría a la iglesia.
Y, por una extraña razón, más que miedo a lo que sucedería, sentía alivio. Solo tenía que decir una mala palabra, responder lo indebido y su esposo no tardaría en explotar en una cólera extrema que lo llevara a acabar con su triste existencia.
Y ese era el mejor plan para terminar con su sufrimiento de una vez por todas.