Scott estaba parado en el altar con el mismo rostro frío de siempre, nadie podía definir si estaba feliz o no por casarse con la hija despreciada de Strozzi.
Dentro de los invitados había quienes «sabían cosas» y les revelaban a sus compañeros de asiento que Strozzi se interpuso en asuntos de Forsberg, lo que llevó al mafioso a buscar a su hija para castigarla. Otros decían que Strozzi mató al padre del novio hace nueve años. Y, siguiendo esa misma línea, los chismes eran susurros que iban llegando a la novia que estaba tras la enorme puerta de madera.
—Sea lo que sea… mientras más me odie, es mejor para mí. Así me mata de una vez y mi sufrimiento en esta vida se terminará.
Cerró los ojos, se aferró al ramo de novia y cuando la música comenzó a oírse, se preparó para caminar por el pasillo, sola y sin apartar la mirada de su futuro esposo, a modo de desafío.
Todas las miradas se posaron en ella, pero Josefine iba tan entregada a su destino que ignoró completamente la gente a su alrededor. Caminó como una diosa lista para unir su vida a un demonio y caer al infierno. Sus ojos no dejaron de ver a Scott ni un segundo y los de él tampoco apartaron la mirada de ella.
Lo que sintió, lo que pensó… nadie se enteró si ese día Scott se emocionó al ver a Josefine caminando hacia el altar. Y eso solo aumentó las teorías acerca de aquella unión tan precipitada para la reciente viuda.
Cuando Josefine llegó al altar, le dio la mano para que subiera y en toda la ceremonia no dejaron de mirarse a los ojos, casi sin parpadear, como si fuera una competencia entre los dos. Hasta que la pregunta salió de los labios del sacerdote.
—Scott Nils Forsberg, ¿aceptas por esposa a Josefine Laurette Strozzi?
—Sí, acepto —respondió sin expresar nada.
—Josefine Laurette Strozzi, ¿aceptas por esposo a Scott Nils Forberg?
—Sí, acepto —la expresión de su voz fue desafiante, como si aquellas dos palabras fueran una advertencia más que una respuesta.
Scott se permitió sonreír de medio lado y miró al sacerdote, que dictó la sentencia.
—Por el poder que Dios me ha dado, los declaro marido y mujer. Señor Forsberg, puede besar a su esposa.
Josefine lo miró nerviosa, pero cuando Scott la rodeó por la cintura para acercarla a su cuerpo, una corriente de peligro y algo más la recorrió. Sus labios se entreabrieron para poder respirar y Scott aprovechó eso para besarla delante de todos como quien devora el alimento prohibido de su vida.
Cuando se separó de ella, su mirada intensa no dejó de verla hasta que comenzaron a caminar hacia la salida. Ahora, su mano derecha era un garfio que la mantenía pegada a él, y su mirada una clara advertencia de que nadie se acercara.
El traslado a la boda fue en silencio, pero a Scott no le pasó desapercibido que ella no dejó de jugar con el ramo, mientras sus manos temblaban sin control.
Cuando llegaron al lugar en donde sería la fiesta, todo estaba listo para el festejo. Josefine no dijo nada, solo se dejó llevar por su esposo hasta la mesa, en donde estaban los platillos que a ella más le gustaban. Sin embargo, tenía tantas emociones que la abrumaban en ese momento, que no quería comer nada.
Los empleados pasaban ofreciendo comida para los novios, pero ella se negaba a comer lo que fuera. Hasta que, en un punto, su estómago comenzó a rugir de hambre. Scott, molesto por la situación, tomó su propio plato y lo puso delante de ella.
—Come —le ordenó.
—No quiero —respondió Josefine con sequedad y sin dejar de mirar a cualquier lado menos a su esposo.
Scott no estaba acostumbrado a que le dijeran que no, por lo que insistió esta vez con un tono más peligroso.
—Come o me veré en la obligación de darte yo mismo en la boca —Josefine lo miró con los ojos abiertos por la sorpresa.
—¿Me harías pasar por esa vergüenza delante de todos? Y dime, ¿me golpearás para obligarme a comer?
—No sé a qué tipo de animales estás acostumbrada, pero te aseguro que puedo hacer que comas sin recurrir a la violencia. Si cooperas, no tendrás que pasar por ninguna humillación y tu estómago dejará de hacer ese ruido extraño.
Josefine lo miró, tratando de definir si eso era sarcasmo, amenaza o amabilidad, o una mezcla extraña de todo eso. Pero el hambre estaba haciendo mella en su cuerpo y la comida se veía realmente deliciosa. Estiró la mano para tomar uno de los platos frente a ella, pero Scott no la dejó. Tomó un cubierto y sacó de su propio plato, le ofreció la comida a Josefine y, ante ese gesto tan lejano de toda orden, Josefine abrió la boca para aceptar lo que su esposo le ofrecía.
Con un gesto de la mano, Scott pidió otro plato y siguió compartiendo con ella los manjares que estaban dedicados exclusivamente para agasajar a su esposa. Los invitados especulaban que era para asegurarse de que los Strozzi no intentarían matarlo por llevarse a la pequeña hija de Aurelio.
Y dejemos que sigan pensando eso.
Pasado un tiempo, ella ya no quiso comer más y Scott se puso de pie, le ofreció su mano y Josefine esta vez dudó menos en aceptarla. Caminaron al centro del lugar y ante un gesto de Scott, la música comenzó a sonar. Su mano volvió a rodear la cintura de su esposa, ella lo vio con vergüenza y miedo, antes de susurrarle.
—Scott… yo no sé bailar.
—Entonces, tu esposo deberá enseñarte a bailar.
La levantó con cuidado por la cintura y comenzó a moverse, guiándola de tal manera que Josefine comenzó a moverse con la gracia de una bailarina nata. Los invitados alabaron su destreza y, por primera vez, Scott la vio sonreír de verdad, con sus mejillas rosadas y un brillo especial en sus ojos.
Cuando la pieza terminó, Aurelio se acercó a ellos para pedir el segundo baile con su hija. La tensión en el cuerpo de Josefine no le pasó desapercibida a su esposo, por lo que la respuesta seca de Scott no se hizo esperar frente a todos.
—No.
—Pero, es la tradición, señor Forsberg…
—Y a mí las tradiciones me importan un comino. No dejaré que mi mujer baile con nadie más que no sea conmigo.
«Mi mujer», esas palabras vehementes se quedaron en la mente de Josefine, ancladas como una declaración de posesión.
Siguieron bailando, hasta que cuando el sol estaba bajando, Scott la tomó de la mano y caminó con ella por un lugar discreto, alejado de las miradas curiosas. Un auto oscuro esperaba por ellos, Scott la ayudó a subir y cuando estuvieron en la privacidad del vehículo, ella preguntó.
—¿A dónde vamos?
—A tu nuevo hogar, esposa.
Josefine sintió que el miedo la atacaba nuevamente.
Ya había pasado por la «noche de bodas» con Yuri, en donde ella no pudo cumplir como esposa porque era una chiquilla de dieciocho años recién cumplidos, aterrada y sin tener idea de qué podía ofrecerle a un hombre de más experiencia.
Y ahora… ahora sería lo mismo, solo que esta vez no iba a pelear. Solo quería hacer lo que fuera para que Scott se molestara lo suficiente con ella y se quedara viudo.
Pero los planes de su esposo eran muy diferentes, y no tenían nada que ver con quedarse viudo, todo lo contrario…