Cuando la puerta principal se abrió para los recién casados, Josefine quiso dar el primer paso, pero Scott se apresuró y la tomó entre sus brazos. Ella no ocultó su sorpresa ni reprimió el gritito que salió de sus labios.
—¡¿Qué haces?! —preguntó nerviosa y él solo respondió.
—Cumpliendo con la tradición de entrar con la novia en brazos a su nuevo hogar.
—Creí que las tradiciones te importaban un comino —él le dedicó esa sonrisa de medio lado que la desarmaba de una manera extraña y le susurró al oído.
—Solo las que me alejan de mi mujer y aquellas que no le agradan —los ojos de Josefine se perdieron en los de Scott—. Y veo por tu expresión que esta te gusta, aunque no tanto como a mí.
Ella no respondió nada, no encontró una palabra que pudiera decir.
Scott siguió caminando con ella en sus brazos hasta el cuarto que compartirían como matrimonio. Una vez adentro, ella se quedó maravillada de los colores, sus preferidos, sin saber que él mandó a cambiar todo días antes para agradarla.
Scott la dejó al lado de la cama, cerró la puerta para que nadie los molestara y cuando caminó hacia ella, su expresión fría cambió a una cálida que la envolvió enseguida. Él se deshizo de la chaqueta y comenzó a desabotonar su camisa, lo que puso nerviosa a Josefine.
—¿Qué… qué estás haciendo?
—Quitarme la ropa, preciosa, ¿no es eso lo que hace un esposo en su noche de bodas? —Josefine esperaba lo peor, que intentara hacer lo mismo que Yuri la noche que murió, pero en lugar de eso, Scott la sorprendió con un gesto íntimo, casi reverente.
Se arrodilló frente a ella y le quitó los zapatos. Masajeó sus pies para aliviar el dolor de ir con tacones por tantas horas y luego se incorporó sin dejar de verla a los ojos. Josefine creyó que quería besarla, pero las manos de su esposo se fueron directo a su peinado.
—Imagino que debe dolerte la cabeza con todas estas cosas en ella —le dijo con dulzura, mientras quitaba las horquillas que sujetaban su cabello. La obligó a girarse para terminar con el resto, mientras Josefine no sabía qué sentir.
—Un poco… —respondió ella finalmente, mirándolo a los ojos otra vez y sin dejar de temblar.
—¿Por qué tiemblas? ¿Acaso tienes miedo de lo que pueda hacerte?
—No tiene caso tener miedo, si de todas maneras es obvio que tomarás lo que quieras de mí —le dijo con una mezcla de temor y valentía—. ¿No fue para eso que te casaste conmigo? ¿Para cobrar la deuda que mi padre tenga contigo y obligarme a… a satisfacerte en todo lo que quieras? —Scott se detuvo y se apartó un poco de ella, pero sin perder aquella cercanía que le permitía oler su aroma y sentir su cuerpo tembloroso.
—No sé quién te dijo todas esas cosas, pero no soy un monstruo para ti, nunca he tenido que obligar a una mujer para que me satisfaga… y tú no serás la primera, preciosa.
Scott se acercó para besarla, porque quería repetir las sensaciones que le causó en la iglesia, pero Josefine lo tomó como una manera de forzarla a tener intimidad y lo abofeteó con fuerza, tras lo cual se lleva las manos a la boca.
Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, Josefine intentó escapar del posible castigo, a pesar de que su idea era sacar a Scott de sus cabales para que la liquidara de una vez. Pero antes de que se moviera, el hombre la tomó por las muñecas, la empujó a la cama y terminó sobre ella, evidentemente molesto.
—¿Por qué hiciste eso? ¿Tienes idea de las consecuencias de golpearme, mujer? Nunca alguien se atrevió a hacer algo como esto —Josefine pensó en disculparse, pero terminó haciendo todo lo contrario para provocarlo aún más.
—Porque no pienso permitir que abuses de mí —respondió con fiereza y desafío—. No voy a permitir que me humillen y maltraten de nuevo. Así que, si eso es lo que quieres hacer conmigo, prefiero que me mates de una vez y le mandas mi cuerpo a mi padre por tu venganza, aunque dudo que le produzca algo el verme muerta. Lo celebraría.
Scott apretó la mandíbula por la rabia que sintió ante las palabras de Josefine, sus ojos se oscurecieron como los de un depredador a punto de liquidar a su presa, y ella estaba dispuesta a ser despedazada.
Pero no sucedió nada de eso.
Scott la abrazó y se movió para quedar a su lado, atrayéndola a su torso desnudo y acariciando su cabello con una dulzura que Josefine jamás esperó sentir de nadie.
—Ya te lo dije. No sé con qué tipo de animales viviste antes de mí, pero yo no soy como ellos, no contigo. Esta es mi casa y este será siempre tu refugio, yo seré tu protector —Josefine lo vio como un animalito perdido en el bosque, Scott siguió—. Eres mi mujer, mi deber es protegerte y no permitiré que nadie te ponga un dedo encima, aunque eso me cueste la vida, ¿oíste?
Josefine buscó sus ojos y las lágrimas se asomaron sin que lo pudiera evitar. Bajó la guardia inevitablemente y se refugió en ese abrazo que le daba un calor que nunca había sentido. El frío de su corazón comenzó a alejarse poco a poco, con la esperanza de que estaría segura con Scott.
Pero no quería confiar del todo, porque no podía pasar de nuevo por todo el dolor al que la sometieron, así que solo guardó silencio unos minutos. Cuando se sintió preparada para enfrentarlo, se sentó en la cama y lo miró a los ojos.
—¿Es un trato, entonces? ¿No vas a lastimarme ni obligarme a nada que no quiera?
—No, nunca. Ni tampoco dejaré que otros lo hagan, creo que eso debió quedarte claro cuando maté al guardia de tu padre.
Josefine pasó saliva y asintió levemente. Se puso de pie, Scott la imitó y dudosa, ella le preguntó.
—¿Me dejarás dormir en otra habitación? —esperaba que él le dijera que sí, tal como Yuri había aceptado de mala gana luego del fracaso que fue casarse con ella.
Pero la expresión de Scott cambió en un segundo.
—No. Si me casé fue para tener a mi mujer conmigo, y eso incluye dormir en la misma cama.
Josefine miró la cama, perfecta y enorme, y luego volvió a mirar a su esposo.
—¿Quieres decir que, a cambio de tu protección y de que seas un buen esposo, tengo que acostarme contigo?
—Sí.
Josefine sintió que una especie de agujero se abría a sus pies. Hacía unos minutos Scott le prometía que no la obligaría a nada, que no lo necesitaba, pero ahora ahí estaba, diciéndole que para tener una buena vida tenía que dormir con él.
Y no sabía si quería decir que sí o resistirse, porque algo en él la atraía. Y eso le parecía demasiado peligroso, incluso para alguien que quería desesperadamente morir antes de revivir el dolor del pasado.