Capitulo 5

1940 Palabras
Como todos los días Ana se levanto no sin antes darle gracias al creador por un día mas de vida, se baño y se preparo para ir a trabajar. Cuando llego a la cafetería se coloco su delantal y gorro, que la distinguían como trabajadora del lugar, mientras Anita atendía unos clientes entro un joven con un ramo de flores blancas. —Anita, aquí preguntan por ti —comunico la cajera. —¿Quién? —pregunto Anita, viendo el ramo de flores que estaba sobre el mostrador. —El… —dijo la muchacha, señalando al mensajero. —¿Usted es Anita? Firme aquí por favor —Comunico el joven entregándole un lápiz y una hoja. Anita asintió, luego le entrego el papel al mensajero ya firmado y le agradeció amablemente y el joven se retiro, después tomo el ramo y vio que traía una nota, la tomo y leyó. ¡Con haber conseguido sacarte una sonrisa me conformo! Atentamente: Thomás S. Ana no pudo evitar sonreír. El estaba poniendo su mundo de cabeza con tantos detalles, cosa que nunca sucedió con sus ex novios. Estaba sirviendo un cappuccino cuando escucho abrirse la puerta de entrada. —Buenas tardes —Saludo Thomás. Ana inmediatamente reconoció la voz y se dio la vuelta. —Buenas tardes —respondió ella, terminando de entregar el café al cliente. —Quiero un expresso para llevar —pidió el rubio. —A la orden, enseguida te lo preparo —dijo yéndose a la maquina de hacer café. —¿A que hora sales? —pregunto el rubio sentándose en una sillas. —Dentro de unos veinte minutos ¿Por qué? —quiso saber, luego le entrego el envase con café. —Te puedo llevar a donde sea que vallas —inquirió sonriendo. Thomás termino se convencer a Anita de llevarla al restaurante, en el transcurso le pregunto si le gustaron las flores. Ana asintió sonriendo agradecida. —Anita saldré de viaje de negocios por unos días, pero vendré para nuestra cena —expreso tomando la mano de la castaña. —Esta bien no te preocupes, no tienes por que darme explicaciones —aclaro desviando la mirada. Thomás se detuvo al estar el semáforo en rojo, tomo suavemente el mentón de la chica y lo giro hacia el, mantuvo la mirado durante unos segundos luego agrego: —Me gustas mucho, me encantas desde el primer día que te vi, hay algo en ti que me atrae como un imán y no lo puedo evitar sentir —exclamo el chico dándole un beso en la comisura de los labios. Inmediatamente Ana se ruborizo, abrió la boca, pero no supo que decir. —No tienes que decir nada, solo quería que lo supieras —dijo Thomás soltando las mano de Anita e iniciando la marcha del vehículo. Ana se despidió de Thomas dándole un abrazo y deseándole bien viaje, el chico le dijo que se preparara para la sorpresa del sábado. Entro al restaurante y fue directo al baño a cambiarse, en ese momento entro Diana con una sonrisa de oreja a oreja. —¡Hola! —saludo Ana atreves del espejo. —Hola cariño —contesto sonriendo—. Mira lo que me regalo mi novio —dijo agitando una caja de chocolate y una rosa roja. —¡Que delicioso! —expreso Anita—, pero no fuiste la única que recibió un obsequio —dijo, terminando de hacerse un moño en el pelo. —¿A que te refieres? —pregunto su amiga. Anita le conto que Thomas le envió un gran ramo de flores blancas muy bonitas; en ese momento se escucho a Gema llamar a Diana, ambas amigas salieron del baño Ana al gran salón y Diana donde la llamaban. Cuando llego a la oficina se encontró a don Federico, Gema entro cerrando la puerta detrás de si. —Diana tenemos un reporte de un cliente, quejándose que no le habías entregado su tarjeta bancaria —hablo Gema seriamente. —¿Que no le entregue la tarjeta? Eso es imposible —respondió alarmada— siempre atiendo amablemente a los cliente y siempre me aseguro de entregarle su tarjeta junto con el tiquete. —Gema, tráeme una taza de café por favor mientras hablo con la señorita Rivera —dijo don Federico, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. —Enseguida se lo traigo —dijo con una sonrisa. Gema salió de la oficina. Diana se sumergió en sus pensamientos, llegando a la conclusión que eso era obra de su jefe, por no acceder a lo que el quería. Al instante la joven empezó a alterarse; como podía este señor ser tan mala persona. Se congelo cuando este se aproximo hacia ella. —Señorita Rivera —sonrió llevándose una mano a su cabello— ¿Se encuentra bien? Diana titubeo tensando todo su cuerpo. Era la primera vez que la llamaba por su apellido. —Ehh… si —susurro. —¡Que hermoso cabello! —exclamo. La morena al instante se sujeto el cabello en un moño. —gracias . —¡Que bonitos aretes! Algún obsequio de su novio —inquirió su jefe. Ella asintió con timidez. —Te quedan maravillosos —murmuro con una sonrisa seductora. Ante esos comentario, Diana se encontró horrorizada. Su jefe le estaba coqueteando descaradamente. —con permiso don Federico, tengo que seguir trabajando —dijo Diana pasándole por un lado para salir de la oficina, cuando le escucho hablarle. —Creo que todavía no entiendes quien es el que manda aquí —comento don Federico con una sonrisa arrogante. —¿De que habla? —pregunto. —Pues veras, aquí trabajan las personas que yo quiero y me sirvan, las que no las despido —hablo su jefe. Diana se paralizo por completo, sintió como el alma le llegaba a los pies. Su jefe se giro y observo como la joven se quedaba inmóvil ante el. —Así que un cliente se quejo por que no le entregaste la tarjeta de crédito ¿Qué crees que pasaría si se enteran los dueños del restaurante? —pregunto don Federico observándola. Diana abrió los ojos como plato. Don Federico era el gerente del restaurante uno de los mejores en la ciudad, ese puesto lo había conseguido a base de mentiras y actos fraudulentos. —Usted y yo sabemos que eso es falso, pero quiero que sepa de lo que soy capas de hacer para conseguir lo que quiero —expuso el viejo. Sus manos temblaban, por un instante pensó que sus piernas le flaqueaban. Su corazón se había acelerado, en su interior algo le decía que ese hombre era peligroso, tenia que alejarse lo mas que pudiera de el. Diana se auto controlo, no podía mostrar el pánico que le causaba ese hombre. Se giro despacio dándole una sonrisa de labios cerrados. —¿Qué es lo que quiere de mi? —Pregunto con temor. —¿Qué es lo que quiero? Usted bien lo sabe —reitero sonriendo sarcásticamente. Le dio una mirada a Diana y noto como las facciones de la mujer cambiaban, apretaba los dientes, cerraba los puños, estaba rígida. Don Federico conocía esos tipos de comportamiento, era sinónimo de que estaba llevando al limite a la joven, solo tenia que presionarla mas para que cediera. —Eres una joven muy hermosa —exclamo don Federico, caminando alrededor de ella como un león apunto de devorar a su presa. Diana seguía inmóvil. —Tendrías todo lo que quisieras y de paso un buen momento —propuso el hombre. Diana apenas pudo mirarlo con los ojos llenos de lagrimas, mientras decía en su interior, no voy a llorar. Don Federico se detuvo, lamiéndose los labios disfrutando del terror que le producía a la muchacha. Diana era hermosa, unos ojos color avellana, piel canela; pelo n***o lacio que le llegaba hasta las caderas, era muy atractiva. —¿Ha pisado usted alguna vez la cárcel? Diana trago grueso ocultando las muchas ansias que tenia de echarse a llorar, al escuchar esa pregunta. —No —dijo con voz apunto de quebrarse. —Pues yo le diré lo que le pasa a las personas que van a parar haya —dijo don Federico acariciándose el mentón. —son excluidas, aisladas y castigadas. Sufren de violencia de genero, cualquier mal comportamiento son severamente castigadas —expuso don Federico sonriendo con ironía—, pero no te preocupes, si cooperas nada de eso pasara. Ha esas alturas Diana ya estaba perdiendo el equilibrio físico y mental. Como su jefe pudo decir semejante calumnia acerca de su persona, era de esperarse de una rata como el. Con los puños apretados y las lagrimas a punto de salir, Diana Rivera pudo levantar su cabeza y demostrar ser lo que era: Una mujer fuerte. —¿Por qué me dice todo eso señor? —Finalmente dijo Diana con una voz firme y clara, disipando todo rastro de temor. Don Federico titubeo, no se esperaba ese cambio de actitud tan de repente, esperaba terminara aceptando su propuesta. —Creí que era importante que lo supiera, mas una persona que esta acusada de robo de una tarjeta de uno de los hombres mas importante de la ciudad —informo don Federico, pero luego se arrepintió de dar esa respuesta. —No soy ninguna ladrona, si es lo que me esta queriendo decir —aclaro Diana—. Mientras no haya prueba contundente que me acusen, sigo siendo inocente —afirmo ella—. Al contrario soy yo la que lo podría acusar de acosa laboral —amenazo viéndolo directo a los ojos. Don Federico palideció, no esperaba esa reacción de la morena, el asunto se le estaba saliendo de las manos. —Solo… Dejo las palabras suspendidas en el aire al escuchar las palabras de Gema. —Aquí tiene su taza —anuncio Gema desde la puerta. Diana jamás había sentido tanta emoción al ver a Gema, era su salvación. Gema se acerco a donde estaba su jefe y lo miro con desconfianza. Ella sentía la tensión en el aire, podría jurar que algo estaba sucediendo en aquella oficina y por mucho que fuera su jefe no iba a permitir que hiciera de las suyas. —Hable con el jefe de seguridad para que revisaran las cámaras de ayer —explico Gema—, y que el reporte de lo que encuentren me lo traigan a la oficina, así sabremos que paso realmente con la tarjeta—anuncio entregándole la taza de café a su jefe. Don Federico maldijo entre dientes. —Eso le decía a la señorita Rivera, que revisaríamos las cámaras por que no permitiríamos que fuera acusada de algo que ella no cometió —argumento dándose la vuelta para sentarse en su silla de escritorio. A Diana le dio rabia su sarcasmo. —Diana te puedes retirar a trabajar, vete tranquila que yo me encargo del asunto —dijo Gema—, luego te informare que salió en las grabaciones de la cámara —comunico ella. —Esta bien, con permiso—dijo Diana en un hilo de voz. Ella salió de la oficina, aun llevaba un mal sabor de boca por lo sucedido con su jefe, necesitaba una solución urgente, iba por los pasillos cuando se encontró con su amiga. —¿Cómo te fue? Solucionaron el asunto —pregunto Anita. —Gema solicito revisar las cámaras de seguridad —informo. Sino fuera por Gema el asunto no se resolvería, a pesar de ser antipática no le gustaban las injusticia. Diana abrazo a su amiga y luego se echo a llorar amargamente.
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