CAPÍTULO 2

398 Palabras
UNA SEMANA DESPUÉS... Una semana aquí en México, hemos pasado maravillosamente mi tía y yo. Hoy viajamos a Cancún, y estoy dichosa, disfrutando de este paraíso. Podría quedarme aquí para siempre. Estamos cenando en el hotel, y de repente mi tía recibe una llamada. —¿Cómo?, ¿y hay alguien que pueda solucionar eso? —Suspira—. Está bien, me encargo. Viajo mañana —finaliza y se escucha algo preocupada cuando corta la llamada—. Mi niña, perdón, se me acaba de presentar un problema mayor en la oficina y tendré que interrumpir nuestras vacaciones —me dice apenada. —Tía, lo entiendo, no te preocupes —le respondo, dándole una sonrisa que ella me devuelve. Al día siguiente, regresamos al D.F. Mi tía se va a la oficina, y yo me quedo en casa. A eso de las seis de la tarde, ella me envía un mensaje: “Lau, quería invitarte a cenar en el restaurante de la primera noche. Pero el chofer tuvo una emergencia y además estoy llena de trabajo, ¿Te molesta si te envío un taxi?”. De inmediato le respondo: “Ay, tía, no te preocupes. Entiendo que debes estar muy ocupada, yo puedo tomar un taxi acá afuera... Recuerdo perfectamente el lugar, allá nos vemos”. Sin esperar respuesta, me arreglo, salgo y tomo el taxi en la avenida, le indico al taxista el nombre del restaurante y pone en marcha el carro. Unos metros más adelante, caigo en cuenta de que olvidé mi celular, pero bueno, ya no puedo hacer nada. No recuerdo bien la ruta hacia el restaurante, pero sé que el recorrido no dura más de veinte minutos. Lo peor es que, tras treinta minutos, empiezo a notar unas calles solas y extrañas—. Disculpe, ¿este camino hacia dónde va?— pregunto inquieta. —Tranquila, “güerita”, es que hay mucho tráfico en la avenida principal y por eso tuve que tomar este atajo —explica el hombre. Asiento, aunque los nervios ya están naciendo en mi interior. Al dar vuelta en la siguiente esquina, se detiene bruscamente y se sube otro tipo. Yo grito, pero este de inmediato me cubre la boca con un trapo. Solo puedo llorar, patalear y temblar como gelatina. —¡Cállate! —ordena, mientras pone la punta de su arma en mi abdomen.
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