*** ARACELLY *** —Ara, qué bueno que llega —me saluda Emilia cuando bajo del carro. —¿Qué ocurre? Me dejaste preocupada cuando me hablaste. Mi amiga se suelta en llanto, por lo que la abrazo—. Yo tengo que pedirle me perdone. —¿Perdonarte?, ¿por qué? —Véalo usted misma. Emilia toma mi mano, llevándome a una habitación. Allí me señala la pantalla de una computadora y quedo en shock. Literalmente, es la confesión del infeliz que desgració a mi sobrina y que, para colmo, es el hijo de las personas que la rescataron. —Sabes lo que esto significa, ¿verdad? —pregunto sin dejar de mirar los mensajes. —Lo sé, yo acabo de enterarme accidentalmente, y no podía callar. Su sobrina merece justicia y, así sea mi hijo, ese sin vergüenza debe pagar todo lo que le hizo. —¿Dónde está? —En Colombia

