El mismo día Toscana, Firenze Giuseppe Desde muy pequeño entendí lo que equivalía buscar venganza: era sangre, muerte y oscuridad, pero, sobre todo, era una parte de ti rompiéndose sin remedio. Algo que no volvía a su lugar jamás. Por eso necesitaba detener a Ludovica, hacerle entender lo que provocaría su odio por Pietro, porque no solo lo mataría a él, también mataría algo dentro de ella. Ya no sería la misma mujer que conocía, sino una sombra arrastrando su propia condena, cargando su muerte como un grillete clavado en el alma. Absurdo. Irónico, viniendo de mí. Pero yo ya estaba condenado. Vivía en mi propio infierno, con el corazón endurecido, anestesiado a fuerza de sangre y culpas. Y, aun así, me había enamorado. Ludovica creía que la única forma de ser libre era enviando a Piet

