El mismo día Toscana, Firenze Ludovica Giuseppe me había lanzado una bomba que destrozaba los últimos años de mi vida, todo lo que creía conocer sobre la muerte de mi padre, entonces no era tan simple aceptar sus palabras como si fueran una verdad incuestionable. Al contrario, me resultaba insoportable siquiera contemplar la posibilidad de que el hombre en quien mi padre confió hubiera sido quien lo traicionó… quien había provocado su desgracia. Sentía que me habían arrancado de golpe de una realidad que ahora entendía: nunca había existido ese Pietro preocupado, leal, fiel, el amigo incondicional, más bien había sido una mentira cuidadosamente construida, y en su lugar quedaba un monstruo cruel y despiadado que se había aprovechado de mi familia… de mí. Y el desengaño dolía peor que

