CAPÍTULO 1
El arte de morir por un latte
Emilia Rivas tenía una teoría: el universo no odia a todo el mundo por igual, guarda sus mejores golpes para los lunes por la mañana.
Llevaba tres noches sin dormir terminando una propuesta de diseño para una marca de zapatos que, sinceramente, no merecía su talento. Tenía las ojeras de un mapache con insomnio, el pelo recogido en un moño que desafiaba las leyes de la estética y, lo más importante, sostenía en su mano derecha un Venti Latte con doble carga de expreso y leche de soja. Ese vaso no era solo un café; era el combustible que mantenía su sistema nervioso central alejado del colapso total.
—Solo un bloque más, Emilia. Cruzas la calle, entregas el portafolio y luego puedes entrar en coma inducido —se susurró a sí misma mientras llegaba a la esquina de la Quinta con la principal.
El semáforo peatonal cambió a verde. Un hombrecito blanco, brillante y seguro, le daba permiso para conquistar el asfalto. Emilia dio el primer paso. Luego el segundo y cuando estaba en la mitad de camino algo sucede.
el aire se rasgó.
El chirrido de unos neumáticos de alto rendimiento contra el pavimento caliente sonó como un grito de guerra. Un destello de metal n***o mate y cromo se materializó en su visión periférica. Emilia no tuvo tiempo de saltar. Solo tuvo tiempo de apretar los párpados y pensar: “Si muero hoy, espero que mi seguro de vida cubra la limpieza de mi cadáver”.
El coche frenó en seco. La suspensión delantera se hundió y volvió a subir con una elegancia insultante. El parachoques de aquel Mercedes-AMG se detuvo exactamente a dos centímetros de su rodilla izquierda.
El silencio que siguió fue denso, roto solo por el sonido rítmico del líquido goteando.
Emilia abrió un ojo. Su latte, que había salido volando por la inercia, no había caído al suelo. Había aterrizado —con una puntería casi poética— directamente sobre el capó del coche. El líquido marrón se deslizaba perezosamente por la pintura negra mate, dejando una estela de espuma blanca que parecía una burla.
La ventanilla del conductor descendió con la lentitud de una guillotina subiendo.
—¿Es algún tipo de performance artística o simplemente olvidaste cómo usar tus ojos esta mañana?
La voz era como terciopelo sobre cristales rotos. Emilia levantó la mirada y se encontró con el rostro de Alexander Volkov. No sabía quién era él en ese momento, solo sabía que era el dueño de la mandíbula más arrogante que había visto en su vida. Tenía unos ojos grises, como el cielo antes de una tormenta eléctrica, y vestía un traje que probablemente costaba más que el alquiler de su apartamento por tres años.
Emilia sintió que la sangre le subía a las mejillas, pero no por vergüenza. Era furia pura, destilada y sin filtrar.
—¿Mis ojos? —Emilia se inclinó hacia la ventanilla, apoyando las manos en la puerta del coche—. ¡El semáforo estaba en verde para mí, pedazo de analfabeto vial! Casi me conviertes en un adhesivo para tu parachoques.
Alexander no se inmutó. No pidió disculpas. Ni siquiera parpadeó. Se limitó a mirar la mancha de café en su capó y luego regresó sus ojos a ella con un desprecio clínico.
—El semáforo es una sugerencia técnica cuando el sol deslumbra. Lo que no es una sugerencia es el hecho de que acabas de arruinar un acabado de pintura personalizado con... —hizo una pausa, olfateando el aire con disgusto— ... ¿Eso es soja?
—Es soja y es mi desayuno. El cual ahora está decorando tu ego con ruedas —escupió Emilia—. ¿Sabes cuánto cuesta un latte en esta zona? Siete dólares. Siete dólares que vas a pagarme ahora mismo, junto con una disculpa de rodillas.
Alexander soltó una risa seca, un sonido corto que no llegó a sus ojos.
—Tienes valor, ratoncito. Te daré eso —sacó una billetera de piel de cocodrilo, extrajo un billete de cien dólares y lo dejó caer por la ventanilla. El billete revoloteó hasta el suelo, quedando atrapado bajo un charco de café—. Cómprate un café nuevo y unas clases de supervivencia urbana. Ahora, quita tus manos de mi puerta. La grasa de tus dedos está contaminando el valor de reventa.
Emilia miró el billete en el suelo. Miró al hombre. Su cerebro, que solía ser brillante, tomó una decisión impulsiva en menos de un milisegundo.
—¿Grasa de mis dedos? —Emilia sonrió. Fue una sonrisa pequeña, peligrosa, la clase de sonrisa que precede a las catástrofes naturales—. Oh, no has visto nada todavía, James Bond de oferta.
En un movimiento rápido, Emilia se pasó la mano por el capó, arrastrando el resto del latte pegajoso y extendiéndolo por todo el parabrisas delantero con un gesto teatral.
—Ahora sí está personalizado. Que tengas un buen día, Alex —ni siquiera sabía su nombre, pero "Alex" sonaba lo suficientemente informal para irritarlo.
Alexander se quedó petrificado detrás del cristal manchado. Por primera vez, la máscara de hielo se agrietó y una chispa de auténtica incredulidad brilló en su mirada. Nadie le tocaba el coche. Nadie le respondía. Y nadie, absolutamente nadie, lo dejaba con la palabra en la boca.
Emilia se dio la vuelta y se alejó caminando con la espalda recta y el corazón martilleando contra sus costillas, dejando atrás al hombre más peligroso de la ciudad y un billete de cien dólares flotando en un charco de leche de soja.
No sabía que acababa de firmar la declaración de guerra más divertida —y destructiva— de su vida.
Lo que Alexander pensó en ese momento:
"Voy a encontrarla. Voy a destruirla. Y luego voy a hacer que me pida perdón en tres idiomas diferentes."
Lo que Emilia pensó en ese momento:
"Mierda, ese era mi último café y no recogí los cien dólares."